Un nuevo e histérico despotismo antihumanista (nacido en el entorno urbanita de los cada vez más estúpidos dueños de mascotas) está inoculando su pensamiento preñado de moralina en nuestra bienpensante sociedad obligando a sus no creyentes a acatarlo sin rechistar si no quieren ser lapidados por una opinión pública adicta al bienqueda: el animalismo, el cual pretende básicamente otorgar los mismos derechos a los animales que a las personas y en cuyo extremismo no duda en criminalizar a cazadores y toreros a la par que beatificar al toro de la Vega o al perro Excalibur (los seguidores de este nuevo credo, hipócritas ellos, son “curiosamente” menos escrupulosos con cucarachas, gallinas y ratas, aunque de acuerdo a sus disparatadas teorías no habría ninguna razón objetiva para ello).

 

Veamos. Hasta donde alcanzo, el concepto de derecho descansa sobre el de libertad. Si ciertamente los animales “aspirasen” a tener derechos, habría que presuponer que son libres, para lo que tendrían que ser también conscientes e inteligentes, pudiendo entonces establecer entre sí relaciones jurídicas como sujetos y objetos de derecho sin que para nada interviniésemos nosotros. Pero lo cierto es que no lo hacen (¿ustedes saben de alguna oveja que haya llevado a juicio a un lobo por atacar un rebaño?), qué casualidad. Y no lo hacen porque, stricto sensu, solo las personas pueden tener derechos. Desde el momento en que es el ser humano el que tiene que intervenir para otorgar éstos a los animales, las muy endebles tesis animalistas se derrumban como un castillo de naipes.

 

Hombre, que todos sabemos que el mundo real funciona de manera diferente a como pregonan estos advenedizos empachados por tanto chuche psicodélico y películas del Walt Disney (es sabido que las digestiones pesadas provocan una leve hipoxia en el cerebro que dificulta la cópula de la sinapsis) que, para más inri, casi nunca han pisado el campo. Si reconociéramos y equiparáramos el derecho a la vida (el derecho por antonomasia) de una persona con el de una oveja, no ya es que no podríamos comer su carne, es que tampoco podríamos (si fuese necesario) sacrificarla para trasplantar una válvula cardíaca e intentar salvar de esta manera a una persona. Item más. Si los mismos animales se reconociesen entre ellos dicho derecho y, por seguir con el ejemplo, los lobos tuviesen prohibido cazar a las ovejas, como es congénito a su especie y natural dentro de la red trófica, ¿no significaría ello la muerte por inanición de un montón de carnívoros? Rizando el rizo, ¿y si en un naufragio únicamente quedara una plaza libre en un bote salvavidas para un hombre o para un perro?, ¿echaríamos a suertes quién se salva?

 

He ahí bien claro el problema de la sofistería animalista, que sus postulados están construidos sobre una concepción antinatural de la propia naturaleza, la cual no se ha basado jamás ni nunca podrá basarse en el respeto a la vida. La cruda naturaleza real y la idílica que ellos perciben no se parece ni por el forro.

Seamos sinceros: la única razón por la que muchos creen que los animales deben ser reconocidos como sujetos de derecho es la empatía y no otra cosa. Es decir, que salvo que seamos unos insensibles o unos sádicos, nos disgusta verlos sufrir. Por eso, al igual que queda claro que es del todo imposible que un perro o un gato tengan nuestros mismos derechos, ello no significa en ningún caso que maltratarlos sea correcto, pues la crueldad gratuita es reprobable desde cualquier punto de vista moral.

 

El día que los animales puedan responsabilizarse de sus actos sin que medien los seres humanos, entonces tendrán derechos igual que nosotros. Mientras tanto, estos nuevos inquisidores ya pueden seguir soñando con Bambi y los conejos de Pascua. Y que así sea por muchos años, porque cuando se empieza a tratar a los animales como personas, se acaba por tratar a las personas como animales.

 

RICARDO HERRERAS