El pasado martes 4 de junio conocimos que el más alto tribunal de la Nación, el Tribunal Supremo, ha dictado medidas cautelares -hasta que dicte sentencia sobre el fondo del asunto-, para evitar que se cumpla la enésima amenaza del Presidente del Gobierno (ahora en funciones) de profanar la sepultura en la que reposan los restos mortales del general Franco, jefe del Estado español desde el 1 de octubre de 1939 hasta su fallecimiento (de muerte natural) el 20 de noviembre de 1975, en mi opinión –y la de muchos– el mejor gobernante que ha tenido España en al menos los últimos dos siglos. Una decisión muy celebrada por todos los que todavía no estamos abducidos por el pensamiento único socialdemócrata/marxista y conservamos en la memoria los insuperables logros alcanzados en ese inigualable periodo de nuestra historia y que, por el lado de los que no piensan igual, no ha suscitado ninguna manifestación destacable de rechazo, y aún menos de alarma social, salvo la media docena de adláteres, palmeros y socios del que en estos tiempos estercola en el palacio de La Moncloa.

 

Desde el mismo instante de su asalto al poder, con la ayuda de comunistas, golpistas y terroristas, el inmundo Sánchez expresó su intención, por ahora repetidamente frustrada, de exhumar los restos mortales del Generalísimo, en contra de los deseos de su familia, de la sepultura en la que yacen pacíficamente desde hace décadas y trasladarlos a donde a él le parece más oportuno, en este caso el cementerio de Mingorrubio, en El Pardo (Madrid), de nuevo en contra de la voluntad manifestada por su familia para el supuesto, no deseado por ellos, de que finalmente la Justicia permita al gobierno cumplir su avieso propósito. Se puso así de manifiesto un caso obvio de manual de psiquiatría, una obsesión enfermiza e insensata contra un cadáver, lo que simple y llanamente es un ejemplo de necrofilia, al menos en la acepción primera del diccionario de la RAE y –quien sabe– hasta puede que en la segunda; un intento patético de humillación “post-morten” al que les venció en la Guerra, después en la Paz y, ya fallecido, en los primeros años de la llamada Transición (hasta que en 2011 llegó otro canalla, Rodríguez Zapatero, a dinamitarlo definitivamente todo con la infausta Ley de Mentira Histórica, con la complacencia, por cierto, del PP y de casi todos sus simpatizantes).

 

Solo con que fuera eso, un simple caso de necrofilia (o de necrofobia, no soy psiquiatra), ya sería repugnante, pero –desgraciadamente- la maniobra es de mucho más calado.

 

Por un lado, al profanar los restos mortales del Caudillo están profanando la memoria de todos los españoles que entre julio de 1936 y noviembre de 1975 dieron lo mejor de sí mismos, en muchos casos la propia vida, para hacer de España una nación prospera, unida, grande y libre y para conseguir el bienestar y el progreso de los españoles. No me refiero solo a los que combatieron en la Guerra, ni a los que entre 1936 y 1939 fueron perseguidos, encarcelados, agredidos o asesinados, ni a las viudas, huérfanos, padres y hermanos de los muertos, de los mutilados y de los que quedaron con secuelas psicológicas para toda su vida. Me refiero también a las decenas de miles de honrados servidores públicos, desde ministros de los sucesivos gobiernos hasta el último conserje de cualquier organismo público, alcaldes, concejales, gobernadores civiles, militares, directivos y trabajadores de empresas públicas, maestros, jueces, fiscales, empleados de la sanidad pública y muchos otros, personas comunes que, en muchos casos sin ideología definida, se empeñaron a base de esfuerzo y de sacrificio en sacar a España de la ruina y de la postración. Y me refiero también a los millones de españoles que decidieron olvidar, perdonar, mirar hacia el futuro y poner el bien común por delante de su interés personal, trabajando como mulas para convertir una piltrafa en una nación que, en 1975, estaba entre las diez primeras del mundo en numerosos aspectos. Y por supuesto, a los descendientes de todos ellos, muchos de los cuales ya han fallecido. Al violar el descanso eterno del general Franco no solo pretenden humillarle a él, están humillando a varias generaciones de españoles. Después de Franco vendrán sus padres, abuelos o bisabuelos.

 

En segundo lugar, y como corolario directo de lo anterior, están lanzando un torpedo a la línea de flotación de la Monarquía que padecemos. El actual Rey de España, aunque sea bisnieto de Alfonso XIII, no reina por ser bisnieto de quien es, reina porque Franco decidió instaurar una nueva monarquía, no restaurar la existente hasta abril de 1931, en la persona de Juan Carlos de Borbón y Borbón. Si, en el falso argumentario de los profanadores de tumbas, todo lo que hizo Franco, todo lo que nace de una decisión de Franco, es ilegítimo y reprobable, también lo es la monarquía. Después de Franco vendrá el Rey, y posiblemente se lo merezca, pues tanto él como su padre asisten impávidos a esta tropelía, sin decir una palabra.

 

Y, por último pero no menos importante, con el pretendido asalto ilegal a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos para exhumar a Franco, sin permiso de la única autoridad eclesiástica que podría darlo, el Prior (en ausencia del Abad), encienden de nuevo la mecha del anticlericalismo, de la persecución a la Iglesia católica, a la que vinculan –también– con el “franquismo”, de la humillación a todos los católicos que creemos fervientemente que un templo es un lugar sagrado y por tanto es inviolable. No solo les escuece la presencia en el Valle de los Caídos de los restos mortales del Generalísimo, les trastorna la misma existencia del Valle, les solivianta especialmente la monumental Cruz, símbolo de perdón y de reconciliación, que protege e ilumina a España desde el valle de Cuelgamuros como un dique contra el ateísmo, el vaciamiento moral y a alienación de las personas. Después de Franco vendrá la Cruz, todas las cruces.

 

Millones de españoles, de todas las edades y condición, son herederos de un modo u otro, les guste o no, del franquismo. Muchos son hijos, nietos o bisnietos de las personas que, como ya he dicho, bajo la dirección de Franco salvaron a España de su desaparición y la hicieron grande de nuevo. Otros pertenecen a familias que han progresado (y en algunos casos mucho) gracias al franquismo, personas cuyos abuelos en 1936 vivían en condiciones casi infrahumanas en cualquier pueblo perdido de la geografía española, que probablemente no sabían leer ni escribir y cuya esperanza de vida al nacer no llegaba a los 50 años, que –desgraciadamente- eran pobres de solemnidad y que hoy disfrutan de una desahogada situación económica y una prominente posición social gracias a Franco. La lista es interminable, no pongo nombres por vergüenza ajena.

 

Pues bien, salvo la familia Martinez Bordiú – Franco, que ha resistido heroicamente durante un larguísimo año las presiones ilícitas de todo un Estado, y salvo media docena de personas o entidades valientes y clarividentes que han entendido las consecuencias de la pretensión de Sánchez (Comunidad Benedictina del Valle, FNFF, Asociación para la defensa del Valle de los Caidos, movimiento “El Valle no se toca” y pocos más), el resto de beneficiados no han movido un dedo, como si no fuera con ellos. Algunos porque, después de 20 años de mentiras y patrañas, se han creído la versión oficial de que Franco era un monstruo. Otros por inconsciencia, por ignorancia de las verdaderas consecuencias del acto. Pero muchos por simple cobardía, por “no significarse”, por no salirse de lo “políticamente correcto”, porque piensan que, poniéndose de perfil, protegen mejor su pequeño o gran patrimonio y su estatus social, esos supuestos “conservadores” que solo votan pensando en que no les suban el IRPF y en que les quiten el impuesto de Patrimonio y el de Sucesiones o Donaciones, esos que se llaman a sí mismos “de derechas” (sic) y que les importa un bledo la unidad de España, el aborto, la ideología de género o la ley de Mentira Histórica mientras, claro está, no les toquen la cartera. Esos que son lo que son gracias a Franco, pero que reniegan de él, se avergüenzan de su pasado y el de sus padres y abuelos y se definen como “liberales” o “liberal-conservadores” (agárrate a la silla) sin tener ni idea de lo que significa. Trozos de carne en movimiento que carecen de verdaderos ideales, que los principios y valores que les inculcaron sus padres los tienen arrinconados en el fondo más oscuro de sus armarios y que solo aspiran a ganar un poco más, a trabajar un poco menos, a que les pongan muchos “me gusta” en sus redes sociales y a que todos le tengan por un servil seguidor del Sistema.

 

Todavía estamos a tiempo. Los “últimos de Filipinas” que han plantado cara al ocupa de la Moncloa han conseguido parar los primeros asaltos, han conseguido una victoria parcial importante con el auto del Supremo, pero el ejército enemigo sigue sitiando la fortaleza con todos sus efectivos y, si no se moviliza el resto de la sociedad en contra de esta atrocidad, la plaza caerá. Es cuestión de tiempo. Y cuando caiga esa primera ficha, como en un gran dominó, irán cayendo otras muchas que, a estos burgueses pusilánimes y miedosos, hoy día les parece que son intocables.

Avisados están.