El día 12/03/2019 cayó en nuestras manos un artículo de www.actuall.com titulado: «¿Por qué nadie habla del niño, la verdadera víctima del feminismo radical?». En esto mismo, siendo nuestra costumbre intercambiar noticias de actualidad a través de WhatsApp, la respuesta al citado titular, en palabras de uno de nuestros amigos, Rafael Cerro, gran profesional de la radio en Madrid capital, condensaba una triste y macabra realidad: «¡Porque no votan!». Ese fue su perfecto análisis de lo que ocurre aquí y ahora en España.

Pese a los numerosos tratados internacionales que velan por la salud (física, psíquica y social) de niños y niñas, pese a la abundante legislación nacional que cacarea falsamente y de continuo con eso del «interés superior del menor», aun con la OMS reconociendo la «Alienación Parental (SAP)» en su nueva GUÍA CIE-11, a pesar de existir jurisprudencia comparada sobre el Síndrome de Alienación Parental (SAP) en Brasil y Méjico, como también numerosas sentencias sobre el SAP en nuestro Tribunal Supremo y en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, los niños son enloquecidos en un altísimo porcentaje de custodias exclusivas maternas sin control ni seguimiento alguno, como también mueren a manos de sus madres. Unos quedan huérfanos cuando su madre es asesinada (50 cada año; 0,13 al día), otros si su padre se suicida (un mínimo de 843 hombres suicidados cada año; 2,3 al día), abocados a ello por leyes gubernamentales de género, y los más, decenas de miles de hijos quedan huérfanos de padres vivientes que no pueden ver, ni tocar, ni besar… como tales padres quedan privados de criar y asistir a la niñez e sus hijos. Un robo impune y descarado para el que no hay dinero en este mundo con qué compensarlo, pues los años de la niñez pasan con rapidez en un contexto de litigios judiciales que se enlazan unos con otros y en los que el varón es siempre el perdedor, haga lo que haga y diga lo que diga. Ya que si la ley está mangoneada el resultado siempre va a beneficiar a aquella parte que antes la manoseó. Una vergüenza propia de gente indecente, inmoral y sin escrúpulos es este uso que se viene haciendo de los hijos reducidos a moneda de intercambio, a rehenes con los que conseguir un jugoso botín, un bienestar material a costa de la desdicha y la amargura que se instala en dichos menores, un maltrato emocional en toda regla que acabará transformándolos en «hijos de género», niños y niñas dejados de la mano de Dios, ninguneados por un Estado únicamente entregado por entero a sus santeras.

Los hijos son las víctimas más víctimas, los más damnificados de este holocausto, los grandes olvidados, criaturas perplejas ante el fuego cruzado de sus padres, una absurda pero lucrativa guerra entre sexos cuyo fin es romper la familia, esto es, crear una sociedad de familias maternas monoparentales en las que los hijos son psicológicamente dañados desde el SAP y atendidos por el Estado, una reivindicación del feminismo clásico.

En esta tesitura del combate absurdo entre sexos, los hijos corren un evidente peligro de muerte si despiertan en un útero feminista radical, mala suerte sin duda. Pero si acaso sortean este primer obstáculo, aún será peor, porque les espera un hogar monoparental junto a una madre que puede terminar desarrollando una dependencia de pareja con ese hijo (ver caso Juana Rivas), al que convierte en su confidente o paño de lágrimas, una de las muchas patologías que esperan a esos menores recluidos en hogares insanos. Una incontestable realidad que aconseja con urgencia la custodia compartida como régimen preferente en caso de separación o divorcio.

En palabras de Actuall, «por muy bien que intenten hacerlo esas madres, los menores, huérfanos funcionales de padre, crecerán sin un nutriente imprescindible para su maduración, es decir, los niños y adolescentes necesitan el equilibrio afectivo y psicológico que proporciona el padre, un beneficio imprescindible para que crezcan como personas sanas, no enfermas».Dicho de otra forma, ahora en palabras de la jurista y escritora Maria Calvo, autora de «Padres destronados» y «La masculinidad robada», «los hijos requieren la alteridad sexual para un correcto desarrollo psíquico y afectivo».

El Estado, precisamente porque no votan, porque ni deciden ni opinan, maltrata sistemáticamente a los menores al no establecer ningún mecanismo de protección al objeto de salvaguardar sus derechos…No obstante, la niñez, esa etapa de la vida absolutamente necesaria de ser vivida con normalidad para alcanzar una edad adulta sana, tiene su propia forma de hablar, rotunda, sincera y descarnada, a piel desnuda, de manera inequívoca y por derecho. De ahí que más niños de lo que en un principio pueda imaginar comienzan a suicidarse arrojándose desde la terraza o la ventana de su cuarto. Datos prohibidos que, como tantos otros, lógicamente se ocultan a la opinión pública.

Estos suicidios de menores, cifras que van al alza, debe reconocerse que se muestran como toda una lección de hombría a sus tiernas edades, una luz roja que nadie quiere ver, el modo más perfecto de cortar de raíz tanta amargura, quizás por no poder ver a su padre, quizás por sentirse olvidado y utilizado.

Una denuncia silenciosa y rotunda que señala al culpable de su inevitable desgracia: el Estado español de Género cuyo Derecho de Familia desatiende los «Derechos del Niño». Y es que, la niñez no admite medianías, ni rodeos, porque es un estado de autenticidad. La niñez es incapaz de acceder a ese lenguaje trilero de los políticos que dicen justo lo contrario de lo que piensan y hacen lo opuesto de lo que prometen. No, los niños españoles dejan de vivir si su vida es invivible, precisamente cuando de algún modo presienten que carecen de derechos básicos. Así nos dan una lección de vida y con la que cortan en seco ese maltrato de Estado que padecen, porque son las víctimas más víctimas, porque nadie los atiende desde ningún Ministerio, desde cualesquiera de los tres poderes del Estado, porque sólo sirven como arma arrojadiza, como moneda de cambio o medio de venganza en muchos divorcios bajo el puntual seguimiento y debida conducción a manos de jueces, magistrados y peritas varias cuyo trabajo diario está bajo control por una férrea censura de género.

 José R. Barrios