Mi estimado Eduardo García-Serrano:
 
Leo en un digital local la opinión siempre concisa y al grano de Rocío Monasterio, según la cual el acto de celebración del Orgullo es "contrario" al concepto de "respeto a la persona", añadiendo que esta La . Sin entrar en una elaboración del tema, que podría herir las susceptibilidades de quienes pese a tanto "orgullo" parecen seguir siendo hipersensibles a toda crítica, me limitaré a constatar que Rocío Monasterio tiene toda la razón. 
 
Aparte de que uno - mero españolito de a pie - no sepa a ciencia cierta de qué narices están tan orgullosos los del LGTBI  (cuando tienen que refugiarse en esa sopa de letras para que no se utilicen los calificativos tradicionales que siguen siendo legales y vigentes en el Diccionario de la Real Academia) el debate popular de laxitud para con ese colectivo ignora los derechos de quienes no quieren estar expuestos a las frecuentes escenas de indecencia, vulgaridad y grosería que, lamentablemente, son consubstanciales con todos los desfiles, sean estos en Madrid, Barcelona, Paris o Berlín. 
 
Pienso que el colectivo LGTBI, como contrapartida a esos derechos humanos y sociales por los que lucha y que ya nadie les niega en los países supuestamente civilizados, debe estar sometido a los mismos criterios legales de decencia que se aplican a la comunidad heterosexual, tan abrumadoramente mayoritaria en comparación con la primera. Lo contrario es un agravio comparativo que roza la prevaricación, por parte de las autoridades que permiten los desfiles, y el cohecho, por parte de las que explotan económicamente el "efecto llamada" que congrega a tantos LGTBI en determinadas ciudades. La hipocresía de nuestras autoridades, su codicia y su infinita caradura - teñida de "corrección política" para los imbéciles - no tienen límite ni vergüenza. Pero eso ya lo sabíamos.
 
Reciba un afectuoso saludo.
Joan Cervera Roig