Mi amigo Alejandro Macarrón Larumbe, fundador, director general y ‘alma mater’ de la Fundación Renacimiento Demográfico (www.renacimientodemográfico.org) –que en una labor encomiable lleva años estudiando el grave problema del descenso y envejecimiento de la población y de la baja natalidad, entre otros interesantes asuntos sociodemográficos relacionados con los anteriores– me enviaba hace unos días unos datos puramente estadísticos, es decir, no opinables, que yo desconocía (aunque sospechaba) y que me han producido cierto estupor. Los datos son los siguientes:

  • En 2018 se produjeron en España 15.837 muertes por causas “no naturales” (accidentes, homicidios, suicidios, etc). De esos fallecidos, el 63% eran varones, lo que significa que fallecieron 43 varones de cada 100.000, frente a 25 mujeres de cada 100.000, esto es, la probabilidad de que un varón fallezca por causas “no naturales” es 1,7 veces mayor que la probabilidad de que lo haga una mujer.
  • Si nos fijamos solo en el suicidio, en 2018 se produjeron en España 3.676 suicidios, de los cuales el 75% fueron varones, lo que supone que se suicidaron 12,0 varones por cada 100.000 frente a 3,8 mujeres por cada 100.000: la tasa de suicidios entre los varones TRIPLICA a la de las mujeres. No existen datos para saber cuántos de los 2.759 varones que decidieron quitarse la vida en 2018 lo hicieron porque habían sido falsamente acusados de violencia de género, o porque después de un divorcio traumático no les permitían ver a sus hijos o un juez irresponsable e injusto había decidido dejarles en la indigencia en favor de su ex-mujer e hijos, pero me atrevo a decir que fue un número significativo, aunque ya se ocuparán de ese dato que nunca se conozca.
  • Las muertes por accidente laboral, en el mismo año, fueron 652, de las cuales el 92% fueron varones (5,7 por cada 100.000 varones ocupados), frente a solo un 8% de mujeres (0,6 por cada 100.000 mujeres ocupadas). En consecuencia, el riesgo de que un varón fallezca en accidente laboral multiplica por DIEZ al riesgo de que lo haga una mujer. Sin duda la causa fundamental de este enorme desequilibrio es que los varones realizan los trabajos más penosos, más duros y con mayor riesgo (mineros, pescadores, obreros de la construcción, etc.), aunque las ‘feminazis’ probablemente lo justificarán diciendo que las mujeres son más cuidadosas y más respetuosas con las normas de seguridad en el trabajo, pues ya saben Uds. que para estas fanáticas no hay absolutamente nada que pueda significar, ni remotamente, que la mujer tenga algún tipo de ventaja o privilegio sobre el varón.
  • Considerando todos los accidentes laborales con baja (leves, graves y mortales), en 2018 hubo en España 532.977, de los cuales el 71% fueron hombres (3.546 por cada 100.000 hombres ocupados), mientras que en el caso de las mujeres el ratio es de 1.742 accidentes con baja por cada 100.000 mujeres ocupadas, prácticamente la mitad que en el caso de los hombres. El riesgo de que un varón tenga un accidente laboral es el DOBLE que el que lo tenga una mujer.
  • Algo similar ocurre con los homicidios: en 2017 hubo en España 325 homicidios. De las víctimas, el 64% eran varones (9,0 por millón), mientras que el ratio entre las mujeres es de 4,9 por millón, de modo que la probabilidad de que un varón sea asesinado es casi el DOBLE de que lo sea una mujer. El que esté familiarizado con las estadísticas de delitos en España podrá decir, con razón, que también el 79% de los homicidios son cometidos por varones, dato que no debe servir para justificar que haya mayor proporción de victimas masculinas, pues es obvio que en ese caso las víctimas estarían “pagando” por los delitos de los agresores, aunque todos sean varones. En la misma estadística, publicada por el INE a partir de datos del Mº de Interior y del Mº de Igualdad, es decir, datos oficiales, se indica que los homicidios que clasifican como “en el ámbito intrafamiliar” (i.e. violencia domestica) fueron 120, de los cuales 71 fueron cometidos por varones y 49 por mujeres, cifras similares a las de las víctimas, aunque al contrario: 77 eran mujeres y 43 hombres, lo que demuestra que el discurso machaconamente repetido de que el agresor es siempre el varón y la víctima es siempre la mujer es otra mentira: es verdad que hay mayor proporción de agresores varones (59%) y de victimas mujeres (64%) pero en ambos casos moviéndose en los mismos ordenes de magnitud. El problema de la violencia doméstica o intrafamiliar no es un problema de sexo, y quizás alguno de los 31 hombres asesinados por mujeres en el “ámbito intrafamiliar” en 2017 (frente a la 59 mujeres asesinadas por varones) podría haber salvado la vida si hubiera podido acudir a las conocidas líneas de asistencia por violencia de género (sic) que actualmente están vetadas a los hombres al ser exclusivas para mujeres; y, por cierto, ¿han visto Uds. en alguna TV que hayan informado del asesinato de algún varón a manos de una mujer?, parece que eso no ocurre, ¿verdad?, pues resulta que en el “ámbito intrafamiliar” por cada dos hombres que asesinan a una mujer, una mujer asesina a un hombre (repito, datos oficiales).
  • Por último, en el caso de los fallecidos en accidente de tráfico (1.180 muertos en 2018) el 80% son varones, lo que hace que el riesgo de morir en un accidente de tráfico sea algo más de CUATRO veces más elevado en un varón (4,1 fallecidos por cada 100.000) que en una mujer(1,0 por cada 100.000) y la razón no es que haya un desequilibrio tan elevado entre el número de conductores de cada sexo, pues en España el 42% de los permisos de conducir corresponden a mujeres; la razón viene, más bien, de que hay una mucho mayor proporción de conductores profesionales varones (camioneros, transportistas, repartidores, etc.), que hacen en media muchísimos más kilómetros al año que el resto de conductores (incluidas las mujeres), aunque el hecho de que el varón sea “más agresivo” al volante, y quizás “peor conductor” (en media) sin duda también influye.

Por todo ello, y por muchas otras razones, la esperanza de vida de una niña nacida en España es de 86,1 años mientras que la un niño es solo de 80,6 años (5 años y medio menos). Si miramos hacia atrás, las mujeres nacidas en España en 1990 ya tenían una esperanza de vida de 80,6 años, como hoy los hombres, por lo que nos llevan casi 30 años de ventaja. Además la distancia no solo no se reduce, sino que se va incrementando lentamente: en 1960 la esperanza de vida en las mujeres era de 71,7 años, cinco años más que los hombres (66,7 años), frente a los 5,5 años de 2018.

Hasta aquí los datos estadísticos, incuestionables, aunque las interpretaciones de los mismos puedan ser diferentes. Alejandro Macarrón me señalaba lo que cualquier persona sensata concluiría después de ver estos números, y que yo obviamente comparto: “Es mucho más peligroso nacer varón”.

No me quejo, esto ha sido siempre así, desde la noche de los tiempos, ya que el varón se ha ocupado históricamente de las tareas más peligrosas (enfrentarse a animales salvajes al salir a cazar, salir al mar a pescar, defender el hogar ante los bandoleros, ir a la guerra, etc.), y así ha sido asumido y aceptado generación tras generación, pues –qué duda cabe– el varón ha tenido otras ventajas frente a la mujer, en otros ámbitos, como corresponde a una relación de cooperación y complementariedad, en la que cada uno de los sexos ha desarrollado en mayor medida ciertas capacidades, sin ser ninguno superior al otro, pero si diferentes.

No me quejo, pero si me pregunto: ¿Qué estaría pasando si fuera al revés?; no me puedo ni imaginar que estarían diciendo y haciendo la “progresía” y los ‘lobbys’ feministas. Por ejemplo, si la mujer vive en media 21 años desde que se jubila (a los 65), y el varón solo 15, ¿no sería justo que la mujer cotizara más que el varón para su jubilación, ya que va a estar cobrando pensión, en media, durante 5 años (un 33%) más?. A nadie se le ocurre plantear eso, pero si fuera al revés no tengan duda de que eso sería ya un (artificial) “clamor social”.

Hoy, en cambio, vivimos en un mundo en el que se persigue de modo paranoico la “igualdad”, pero no sólo la igualdad de derechos y oportunidades (e imagino que deberes), algo que nadie en su sano juicio puede objetar, sino la uniformidad, el igualitarismo, la eliminación de cualquier distinción entre sexos y la anulación de cualquier rasgo distintivo de masculinidad o de feminidad (objetivo, por cierto, harto difícil pues lo llevamos escrito en los cromosomas), cayendo muchas veces en el ridículo. Así, todos los que tienen algo que decir o que hacer a ese respecto (gobiernos de toda índole, medios de comunicación, asociaciones, grupos de presión, etc.) solo hablan de proteger a la mujer y solo actúan para proteger a la mujer, pareciendo que el hombre no necesitara protección, ni la mereciera, pues lo tratan como a un ser casi despreciable, que (según ellos) durante milenios ha tenido sometida a la mujer. Es muy loable que se proteja a la mujer, cuanto más mejor, pero con los datos en la mano, el varón merece (y necesita) una protección similar (no estoy diciendo mayor) que la que recibe la mujer, merece tanto respeto como la mujer (no estoy diciendo más) y debe tener la mismas oportunidades, derechos y obligaciones que la mujer, careciendo de toda justificación ética o racional lo que llaman “discriminación positiva” a favor de la mujer, que no es más que una pura y dura discriminación (negativa) contra el varón.

Es cierto que a lo largo de la historia el varón ha prevalecido sobre la mujer, ha disfrutado de más derechos y más oportunidades (y en ciertas sociedades tan admiradas por la progresía no hay que remontarse a la historia, está ocurriendo hoy mismo), pero en España esa indeseable situación prácticamente ha desaparecido, o está en vías de desaparición, como es lógico y de justicia. Lo que no se puede pretender, entre otras muchas razones porque es intrínsecamente injusto, es que los varones de hoy paguemos por los agravios cometidos por los varones de hace décadas (o de hace siglos) contra las mujeres de entonces, como pretenden (“por sus hechos las conoceréis”) las llamadas ‘feministas’, sea cual sea su grado de radicalidad.

En el África subsahariana, en las antiguas colonias europeas, cuando se consiguió terminar con la abominable discriminación de las personas de color en favor de los blancos, se produjo el efecto contrario y se puso en marcha una persecución del hombre blanco que ha supuesto en ciertos países (como Zimbabue, antigua Rhodesia del Sur) la desaparición de la población blanca y en otros países, como Sudáfrica -hasta hace pocas décadas un oasis de desarrollo y modernidad en todo África, aunque mal repartida-, que el blanco esté sufriendo hoy una situación parecida a la que antes sufrieron los negros, vestido de “discriminación positiva” a favor de los negros (¿les suena?), y que también esté “en vías de extinción”. En todas esas sociedades, los blancos de hoy están pagando por los abusos que cometieron sus antepasados. Esas sociedades y esas naciones están destrozadas (Zimbabue) o en proceso de destrucción (Sudáfrica). No permitamos que nos pase algo parecido.