Los andaluces no son gallegos, ni los vascos valencianos ni los catalanes extremeños. Afirmar lo contrario se consideraría un absurdo. De la misma manera lo es confundir a los leoneses con los castellanos, aunque tal imposición sea tolerada por muchos. Suprimir las características propias leonesas que los distinguen de los otros pueblos peninsulares (la lengua, las costumbres o el folklore) para asimilarlos como castellanos, supone una agresión intolerable, en definitiva, un etnocidio.

El vitigudinense Manuel Moreno Blanco es claro en 1977, en su obra ‘La Gudina. Memorias de un nativo’:

¿Pero no es usted castellano?...

No, yo soy de La Gudina y si acaso del reino de León. Soy tan castellano como catalán (…) pienso siendo leonés de La Gudina.

Las provincias leonesas de Zamora y Salamanca se han visto sometidas a un proceso de castellanización, que ya ponía de manifiesto Julio Caro Baroja en su monografía ‘Los Pueblos de España’. Como afirma Juan Pedro Aparicio:

Caro Baroja ha sido quien con carácter científico ha estudiado la identidad regional de los pueblos de España. Nuestro gran antropólogo entiende que el particularismo regional que hoy observamos tiene sus raíces en la Edad Antigua… Caro reconoce que en Zamora, sobre todo, y en menor medida en Salamanca, se hallan rasgos decididamente leoneses: la habitación en la zona de Sanabria, en la Alberca; el trabajo de la mujer en la zona occidental zamorana y salmantina; la covada en Benavente…”

La desidentificación leonesa de zamoranos y salmantinos se ha intensificado desde el inicio de la transición a la democracia. En primer lugar, por la amalgama de dos regiones históricas, la triprovincial leonesa y Castilla la Vieja con sus ocho provincias, en la preautonomía ‘de Castilla y de León’; después, por la creación de la Fundación Villalar. Como afirma Carlos Alberto Camazón en su tesis doctoral de 2015, ‘Ser y pertenecer’. Una etnografía sobre prácticas de identificación etnonacional en Castilla y León.:

Esta institución, especialmente vinculada a las Cortes de Castilla y León, se creó para controlar los procesos de identificación de los ciudadanos de esta COMUNIDAD y para construir unas prácticas de identificación ‘castellana y leonesa’ oficiales, basadas principalmente en una imagen erudita de Castilla y León.”

Este trato descaracterizador a los leoneses a la vez que homogeneizador con los castellanos no tiene equiparación en ninguna otra región española. Tal como afirma Miguel A. Bartolomé en ‘El derecho a la existencia cultural alterna’ para otro ámbito:

este proceso no es accidental, no se debe a ningún pretendido desarrollo o transformación social inevitable, sino a la deliberada acción de una maquinaria estatal [y autonómica] orientada hacia la homogeneización de su población. Y es que el proceso de extinción cultural, o de descaracterización étnica, no es sino la expresión del etnocidio, de la inducción al suicidio cultural. Y esto ha sido históricamente construido a través de la sistemática y escandalosa violación de los derechos humanos de estas culturas, previas y alternas a la que se ha constituido como propietaria del aparato político de la sociedad.”

Considero de la mayor lucidez la obra del zamorano Carlos Cabañas Vázquez, ‘Esto es el País Leonés’, publicada en 1988:

¿Existe entonces una situación de injusticia comparativa para el País Leonés respecto al resto de España?

Creemos que sí, y que ha sido denunciada en la prensa y en libros por diferentes personas del País Leonés y algunos grupos, casi siempre con el nombre de ETNOCIDIO.

La palabra etnocidio no es muy usada y se refiere a la destrucción de todas las raíces y posibilidades de desarrollo cultural de un país, anulando su personalidad y su capacidad de realización económica y política.

Consideraremos, pues, etnocidio la pérdida de manifestaciones culturales, de vías de comunicación entre los habitantes, de puestos de trabajo, de industrias, etc., no siendo reconocidas oficialmente la identidad, cultura y economía de ese país.

(…) Baste como ejemplo (…) la nula difusión de las características culturales, la sustitución de algunas de estas por otras castellanas, el nulo apoyo a los dialectos leoneses, etc. ESTA SITUACIÓN NO SÓLO SE DIO A FINALES DEL FRANQUISMO, SINO QUE CONTINÚA.”

El escritor Juan Pedro Aparicio, en su ensayo ‘Nuestro desamor a España. Cuchillos cachicuernos contra puñales dorados.’ aborda la cuestión y afirma:

nuestra historia, entendida como memoria colectiva, o, en locución de más actualidad, como memoria histórica, ha mostrado con suficiente evidencia a qué aberraciones [se] ha sido capaz de llegar, haciendo de lo malo bueno y de lo bueno malo.

(…) en cuanto miembros de una colectividad nacional, autonómica o lo que sea (…) la memoria siempre nos ha venido desde fuera de nosotros mismos, entregándosenos previa cuidadosa elaboración hecha por aquellos que, dominando el presente, reconstruían el pasado para así asegurarse el dominio del futuro.”

Estos pocos párrafos ponen de manifiesto el calvario que atraviesan los leoneses y la propia Región leonesa triprovincial en las últimas décadas, trayectoria que aún puede corregirse con voluntad política, espíritu democrático y constitucional.

Miguel Ángel Diego Núñez.

Autor del libro ‘Regionalismo y regionalistas del siglo XX (una antología) ’.