Si se le ha pasado por la cabeza quitarse la vida: ¡por favor, no lo haga! 

Sabemos que quiere suicidarse porque su ex se ha quedado con el piso y usted sigue pagando la hipoteca, que también le pasa una pensión compensatoria a ella y una pensión de alimentos a cada uno de sus hijos a los que ni siquiera puede ver. Ya estamos al tanto que también trabaja de sol a sol y no le queda absolutamente nada, que vive de la caridad de amigos, conocidos y de la pensión de jubilación de sus padres, que lo que más le duele es que ella pueda hablarle mal de usted a sus hijos.

¡No, no, espere!: repare sobre todo en el dolor que va a causar a sus padres, personas que le quieren de verdad, abuelos de sus hijos a los que va a inundar de pena y tristeza por el resto de sus días ¿Acaso desea esos abuelos de corazones rotos para sus hijos, unos abuelos destrozados y sin solución? Además, su muerte no servirá absolutamente para nada, porque no aparecerá en ninguna estadística, pasará a ser un muerto invisible; tampoco será noticia, lo más seguro es que únicamente quede reducido a un dato numérico extraviado, perdido, o como mucho inserto en una clasificación confusa que no sirve absolutamente para nada, ya que esto está previsto y de ello se encargan el propio régimen, sus entes y sus medios desinformativos de género.

Su muerte, por si no había reparado en ello, es precisamente el efecto más directo de esta corrupción de Estado, su consecuencia más observable y a la vez la ideal, porque está en la raíz del problema –un molesto oprimido menos que además reivindicaba erre que erre una obviedad: una justicia justa–, y para colmo de los colmos, cada suicidado va y contribuye a la obra con una paga más –la de viudedad–, eso sí, una injusta retribución mensual manchada de sangre, claro que el dinero siempre es lavable cuando se convierte en un fin en sí mismo. Piense que, si no existiese el dinero, el feminismo radical de género se evaporaría en un segundo.

No, no se quite la vida, ¡quieto ahí!, espere unos años y entonces llegará su gran victoria: Mantenga siempre abierta la puerta a tus hijos, trátelos con cariño, nunca les hables mal de su madre, les tocó esa y punto, mala suerte para usted y para ellos; tráguese las lágrimas por tanta injusticia –es lo que hay, nunca olvide que vivimos bajo una Dictadura de Género disfrazada de democracia populista–; aproveche cada segundo con sus hijos para hacerlos felices y llore después a solas en casa; no entre nunca en las mil y una provocaciones que le pondrá ella en sus mismas narices, recuerde siempre en todo momento que son maestras en la provocación, una trampa de la que sacan muchísima rentabilidad, un juego en el que no sabemos jugar y en el que nunca debemos entrar; mantenga a todas horas encendida esa llama de amor hacia sus hijos, pase lo que pase, tenga mucha paciencia, reciba con resignación sus reproches, piense que están siendo adoctrinados, pues son títeres moldeables, bolas de fuego para arrojarlas contra usted con el objeto de amargarle la vida, aun a costa de arruinar la infancia de sus propios hijos, esos años que tan rápido pasan y que son el refugio de paz que todo niño o niño necesita al llegar a la edad adulta para poder ser una persona sana, normalizada, no traumatizada, un bien capital que el Estado debiera proteger y garantizar, pero eso es impensable aquí y ahora, el Estado de Género está en otra cosa, en su Industria de Género.

Si se le ha pasado por la cabeza quitarse la vida, ¡por favor, no lo haga!, porque sus hijos se merecen un padre como usted, aunque de puro sensible, responsable y trabajador haya podido pasársele por la cabeza una tontería como esa del suicidio. Ellos jamás esperarían eso de usted, en absoluto, porque le necesitan, no les falle, por favor, porque ocurre que sólo cuando están a su lado experimentan la paz de un amor incondicional, desinteresado, intenso: amor de padre…ellos, no le quepa la menor duda, captan todo esto del cariño auténtico de momento, intuyen quién les quiere y quién les procura felicidad, no amargura.

Sus hijos le quieren, que sí, hombre, seguro que le adoran, quizás usted no sea el padre perfecto, que por cierto no existe, pero es su padre. Repare en que es ahora, en estos años, cuando más necesita un hijo a un padre y un padre a un hijo, son años irrepetibles, irrecuperables, de gran valor afectivo y humano.

 José R. Barrios