César Félix Sánchez Martínez es profesor de filosofía del Seminario Arquidiocesano de San Jerónimo (Arequipa, Perú). Es miembro de la Sociedad Internacional Santo Tomás de Aquino. Ha escrito diversos artículos en revistas de investigación sobre materias filosóficas e históricas. En esta entrevista nos habla de la inmadurez del hombre actual y de la infantilización de la sociedad.

¿Cómo se puede definir la madurez de una persona?

La tradición clásica, especialmente Platón en República –que, contra lo que dicen algunos como Karl Popper, no es un plan para un estado totalitario, sino una conversación, en ocasiones humorística, sobre cómo ser virtuoso en una sociedad hecha de hombres fallidos – nos presenta al hombre justo como el hombre verdaderamente libre, pues en él lo superior gobierna a lo inferior; a diferencia del hombre tiránico, que es el peor de los esclavos, pues es esclavo de lo peor de sí y por ende es el más miserable e infeliz de los hombres, aunque no lo parezca (583b). 

Estamos ante la eudemonía aristotélica, que es la perfección del hombre: conocer la Verdad y querer el Bien. En ese sentido, toda persona que tienda hacia estos fines será perfecta y, por tanto, madura. Maturus etimológicamente nos remite a “estar a la sazón”, “estar a punto”, “alcanzar la perfección”.

Pero a la madurez humana ha de acompañarle también cierta internalización de los principios morales y un especial desarrollo de la virtud de la fortaleza, en cuanto a su doble faz de perseverancia y paciencia. No es ya la mera bondad sencilla de la infancia, sino implica la capacidad de poder resistir los embates externos e internos y mantenernos en nuestro curso de acción. Usualmente, estos elementos han acabado, por su condición fundamental, en convertirse casi en sinónimos de madurez. Además, es muy necesaria para la vida espiritual, en especial en una época como la nuestra.

¿Por qué hoy en día tenemos individuos cada vez más inmaduros en la sociedad? ¿A qué podemos atribuir los llamados adultescentes o el síndrome de Peter Pan, que parecen estar muy de moda en el Mundo Occidental actual?

En efecto, como usted dice, hay una epidemia de inmadurez en la sociedad: los adultescentes o el famoso síndrome Peter Pan, que presenta como ideal de vida para personas de toda edad el mantenerse en un estado de perpetua adolescencia.

Cabe recordar que la visión de la adolescencia que ahora se maneja es bastante reciente, como lo demuestra el documental Teenage (2014), y surgió a raíz de los graves desequilibrios y crisis posteriores a las dos guerras mundiales en el mundo occidental. Es a partir de ese momento que aparece en Occidente una “cultura juvenil” distinta a la cultura de los padres. Antes, la transición entre la infancia y la adultez era relativamente rápida y se esperaba del joven que, de acuerdo a la prudencia, diese pronto sus primeros pasos como persona madura y responsable. Los desequilibrios fisiológicos-sicológicos que acompañaban a la pubertad y al final de los estudios básicos o del periodo de aprendizaje eran sobrellevados rápidamente y casi sin que el nuevo adulto se percatase.

En el tiempo de nuestros bisabuelos nunca jamás se habría visto como un bien: 1) magnificar los casos patológicos de crisis de identidad y rebeldía adolescentes (con su correlato de inestabilidad psíquica) y convertirlos en la «adolescencia» normal y 2) divinizar y universalizar este falso concepto patológico y convertirlo ya no solo en una nueva “edad” del hombre sino en la edad axial, principal, fundamental; suerte de piedra de toque ante la que la niñez, la adultez y la vejez deben comparecer para saber si en verdad están siendo bien “vividas”.

¿Y cuáles son las causas de esto?

Podemos señalar dos causas principales de este fenómeno, estrechamente vinculadas:

En primer lugar, la apoteosis del hombre-masa. José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1926) -libro profético y más que vigente – realizaba lo que denominaba el “diagrama sicológico del hombre-masa”, esa suerte de arquetipo humano moderno que amenazaría con arruinar la cultura y la sociedad. Hay dos rasgos principales en él: «la libre expansión de sus deseos vitales –por tanto, de su persona –y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Uno y otro rasgo componen la psicología del niño mimado».  Es el mismo “hombre tiránico” de Platón, esclavo de sí mismo.

Hasta hace algún tiempo, las tendencias culturales del hombre-masa eran contrapesadas por la supervivencia de una cultura tradicional basada en la jerarquía y en los trascendentales: la cultura clásica cristiana, que atraía, restringía y elevaba a los sujetos modernos, evitando que se degeneren y “coagulando”, por así decirlo, las tendencias culturales degradantes en ámbitos restringidos de intelectualizados decadentes (los beatniks o los llamados “existencialistas”, en los 50, por ejemplo). Además, la cultura cristiana tradicional protegía instituciones naturales como la familia monógama, la maternidad, la paternidad e incluso la idea misma de educación. 

Cuando la cultura cristiana entra en crisis, nada puede salvar ya a las sociedades occidentales del imperio espiritual del hombre-masa. Sus deseos carnales, asociales y sin límites, acaban convertidos en “derechos”, sus raptos de desorden mental y espiritual en “arte”, sea de vanguardia o de consumo pop. Marcel de Corte advertía ya respecto a una época en que los hombres clamarían por ser más libres, pero a la vez acabarían por ser más parecidos entre sí que en ningún tiempo. Y así llegamos a la realidad actual, donde la fealdad y el desorden han llegado a un nivel inédito en los ámbitos públicos. 

En este punto, es curioso realizar un ejercicio muy fácil. Revise usted cualquier canción popular española de antes de 1975 en youtube y mire los comentarios de las personas: todas, jóvenes, viejos y niños, sostienen al unísono que «esa sí era música» y se manifiestan asqueados unánimemente por la hipersexualización de la música popular y su calidad infrabestial. Sin embargo, el reggeaton y la llamada “música urbana ”siguen vendiendo millones de discos y enriqueciendo a sus perpetradores. La gente está asqueada de esa cultura de masas radicalmente inmadura pero no puede salir de ella.

¿En qué ejemplos concretos se ve todo esto con claridad?

Hay un sinfín de ejemplos cotidianos. Todo proceso de deterioro cultural –que ocurre cuando algún error antropológico alcanza hegemonía – acaba siempre por degenerar. A la juvenolatría de la década de 1970, 1980 y 1990, le ha sucedido una curiosa y muy perversa mezcla de infantilización y sexualización en los ámbitos de la cultura de masas.

La adolescencia patológica se manifiesta por una crisis radical de identidad, una rebeldía violenta contra cualquier amenaza contra el precario y débil yo del sujeto y una tendencia hacia la turpitas, hacia la práctica de vicios concupiscibles como la pereza y la lujuria e irascibles como la ira. Ya podemos ver lo que ocurre cuando la adolescencia patológica no solo se universaliza y normaliza, sino se convierte en un paradigma cultural… En la adolescencia patológica se da una regresión a estados infantiloides acompañada de caricaturas de autonomía y agresividad “adultas”: esa es nuestra sociedad actual. Una sociedad en trance de convertirse en una guerra de todos contra todos entre egoísmos infantiles y por eso cada vez más violentos. Las redes sociales han multiplicado geométricamente esta tendencia perniciosa.

Lamentablemente y, especialmente en Hispanoamérica, donde a todos estos problemas contraculturales, se le une la ignorancia generalizada y ciertos complejos culturales que nos llevan a devorar todo detritus espiritual del Gran País del Norte, que llega por los medios masivos de comunicación como si fuera una garantía de sofisticación, estas tendencias se hacen presentes entre los laicos comprometidos e incluso entre clérigos. Muchas de las batallas virtuales en las que cotidianamente pierden el tiempo centenares de católicos hispánicos en las redes sociales tienen muy poco de doctrinales y acaban siendo verdaderas escenas tragicómicas de teatro del absurdo, donde el narcisismo adolescente patológico, incluso en gentes ya mayores, es lo único que sale en limpio.

Ofendidos hipersensibles y ofensores hiperagresivos a veces conviven en los mismos sujetos.  Viejas y buenas costumbres del cristiano como salvar la intención del oponente, evitar los juicios temerarios y las alusiones personales y perdonar; así como antiguos hábitos viejos de la disputatio como hablar solo de lo que se sabe, ir a lo esencial, representar con honestidad los puntos de vista que se quiere refutar, definir claramente los temas y distinguir siempre entre el juicio universal y de principios y el insulto personal se descartan totalmente, en aras del monstruoso ídolo del yo desbocado. Si a eso le sumamos, por ejemplo, espectáculos como las cataratas de retratos, selfies ambiguos o de franco mal gusto acompañadas a veces incluso de frases de santos sobre la humildad pues la cosa ya toma ribetes grotescos. Lo más triste de todo es que si a las mismas personas que acaban cometiendo estos dislates se les hubiera mostrado actitudes semejantes en otras personas hace diez o quince años, probablemente las habrían censurado con acritud. Ahora están envueltas en este proceso. Esa es la capacidad de magnificación de problemas de  las redes sociales en nuestros días.

¿Qué remedios pueden existir ante esta situación?

Ante todo, habría que rescatar un viejo principio de la recta filosofía ya olvidado: la importancia de los ambientes para estimular la práctica de la virtud. Contrariamente a lo que creen los liberales, ni la virtud ni el vicio son exclusivamente asuntos personales, que deban ser abandonados a la pura subjetividad del individuo. Existen ambientes que ayudan a la virtud y ambientes que la entorpecen. Me explico: ¿es posible estudiar bien viviendo en un basural? Sí, se puede, pero cuesta muchísimo más que estudiar en una biblioteca abovedada decorada con escenas de la vida de santo Tomás, por ejemplo. Hace algún tiempo ocurrió una polémica en mi país respecto al código de vestimenta de una universidad católica local. Los “progres” clamaron al cielo, acusando a la universidad de coactar la libertad de los estudiantes y de practicar una suerte de mojigatería estúpida reñida con el “espíritu científico”. El clamor era el siguiente, más o menos: «Yo puedo ir a la universidad vestido de payaso o desnudo y ser un gran estudiante».  A lo que podría responderse: «Bueno, puede ser que alguien vestido de payaso pueda ser un buen estudiante, pero lo más probable es que acabe convertido en un payaso”. Algo semejante puede decirse con respecto a ambientes deshumanizantes como las discotecas o las playas masificadas. Cuesta creer que hay católicos, que se precian de ser muy fieles e incluso militantes, y que sin embargo no ven ningún problema en ello.

No soy teólogo moral y no me atrevería a señalar una culpa específica en estos asuntos, pero lo que sí sé es que una discoteca, por su oscuridad y ruido, está absolutamente consagrada a aturdir a las personas y siendo que el fin de la vida humana es cognitivo-volitivo, es decir, requiere del uso de las facultades superiores, someterse al aturdimiento de los sentidos y de las facultades voluntariamente y sin necesidad grave es esa especie de suicidio de la razón que los escolásticos llamaban stultitia o estupidez. Algo semejante puede decirse de las playas masificadas. El hombre-masa, lamentablemente preso de los engranajes agotadores del capitalismo tardío o de la misma vida urbana llena de estrés, busca estos aturdimientos y reaccionará con violencia, como un perro al que le arrebatan un hueso, si se le discute, aun teóricamente, la conveniencia de esos ambientes para su perfección.

Asimismo, con la moda: más allá de la necesaria defensa del pudor, el rebelarse contra el pret-a-porter cada vez más adolescente de las vestimentas actuales, ayuda a afianzar la integridad y madurez de las personas. Urge pues usar ropa madura, porque el hábito ayuda al monje. Tenemos la belleza impresionante de la cultura cristiana clásica, hecha precisamente para que los hombres, por la contemplación de los trascendentales, maduren para el cielo. Ahí está la solución.  Si llenamos nuestra alma de cosas grandes y bellas, el vivir las virtudes morales y teologales se hará más fácil. No es puritanismo ni espíritu “amish”, es simple sentido común y mera exigencia de la razón. Saberse heredero de la Cristiandad, que engloba la sabiduría griega y el mensaje evangélico, sosegará el conflicto identitario del adolescente eterno y lo hará maduro.

 

De lo contrario, ¿qué podría pasar?

Nuestro Señor menciona un signo esjatológico en el Evangelio: «Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de muchos se enfriará» (Mt. 24:12). Este pasaje, en mejores tiempos, generaba cierta perplejidad en los exégetas. Pero yo creo que el padre Castellani, en su Evangelio de Jesucristo, acertó al señalar que este enfriamiento de la caridad sería la imposibilidad de la convivencia humana.  Ahora tenemos el dudoso privilegio de ver cómo podría ocurrir: el narcisismo monstruoso del sujeto sin-límites posmoderno, capaz de fornicar, violar, matar, robar o gritar porque lo desea y ese deseo es lo más noble en él, pues es su única posibilidad de trascendencia. De no mediar una restauración, nos espera este abismo. La inmadurez de la cultura de masas actual es el crisol donde crecerá la iniquidad.