El 8 de marzo está institucionalizado desde 1975 por las Naciones Unidas como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Se le llama también Día Internacional de la Mujer, o más genéricamente: Día de la Mujer. He rastreado por qué se celebra ese día, y tengo que llegar a la conclusión que se determinó esa fecha, como podía haber sido el 17 de agosto. Si alguien más siente curiosidad que pruebe a hacer lo mismo y, a lo más que llegará, será a encontrar que un 25 de marzo se quemó una fábrica textil en la que perecieron más mujeres que hombres (supongo que sería porque trabajaban en ella más mujeres que hombres, otra razón no se me ocurre). Ya sé que dicha efemérides no tiene mucha relación directa, pero seguro que quienes la fijaron pensaron que tantas cosas no tienen sentido, que una más importaba poco.

El manifiesto de la convocatoria de la huelga feminista de este año, señala que gracias a la que se celebró en 2018, millones de mujeres en todo el mundo (según las convocantes de esta jornada, que más adelante les diré quiénes son) la secundaron “en todas las ciudades, barrios y pueblos” y con ello consiguieron visibilizar sus “trabajos, demandas y cuerpos (¿?). Se han quedado de piedra, ¿a que sí? Antes de ese día, si vieron mujeres trabajando, demandando igualdad o simplemente andando por la calle, desengáñense. Era sólo un espejismo. Fue en ese día cuando todo ello se hizo visible.

Y como el éxito fue tan rotundo, lo van a repetir este año, porque su intención es desarrollar “propuestas e ideas para pensar en otras vidas y otro mundo”. Como objetivo, reconocerán que, cuando menos, es ambicioso, pero como consiguieron visibilizar tanto el año pasado… ¡Miedo me da qué no conseguirán éste!

Los convocantes de la huelga son “algo” (no lo digo despectivamente, ahora lo explico) llamado Comisión 8M Estatal, que no es otra cosa que “un espacio de trabajo, debate, organización, encuentro y construcción creado por asambleas feministas para construir estrategias que generen cambios que transformen la sociedad en feminista, poniendo la vida y los cuidados en el centro”. Por si en la primera lectura no lo han entendido, les diré que pudiendo ser otra cosa: una asociación, una plataforma, un colectivo… ¡Son un espacio! Seguro que se no se lo esperaban. Pues no se vayan todavía, que hay más. Dicen que ese “espacio de trabajo, debate, organización, encuentro y construcción creado por asambleas feministas” es (agárrense que vienen curvas): ¡una “red horizontal de apoyo mutuo”!

Llegados hasta aquí, seguro que muchos se estarán preguntando quién compone ese “espacio de trabajo”.  Estoy convencido que sus miembros son sólo mujeres, a tenor de cuanto dicen en su Código ético (que lo tienen, no vayan ustedes a pensar que no), porque exclusivamente utilizan el femenino. Si también hubiera hombres seguro que habrían utilizado el desdoblado lenguaje inclusivo del “todas y todos”, o “todos y todas” (que tanto monta, monta tanto).

Si alguna de ustedes estuviera interesada en acudir a ese “espacio”, puede hacerlo, porque se definen a sí mismas como “diversas, tanto en lenguajes, como formas de estar o identidades”, y deduzco que por diversas quieren decir que pueden provenir de “diversos colectivos, afiliaciones y trayectorias militantes”, ya que expresamente indican que no se puede ir a título individual (lo siento). Aun cuando formen parte de un colectivo, la asistencia tampoco la tienen garantizada, porque sólo pueden asistir a alguna comisión específica, y para ello hay que tener en cuenta que sólo admiten un máximo de dos mujeres por territorio (debe haber bofetadas por uno de esos puestos).

Los que no somos mujeres, no estamos invitados. ¡Qué lástima!