Sr. Director:

 

Habiendo tenido noticia del grave problema por el que está pasando un buen amigo, amante de los animales y vegetariano convencido, le hago llegar su historia, contada en forma de fábula, por si usted o algún lector pudieran aconsejarle. Un afectuoso saludo.

 

Fábula de un animalista multicultural y vegetariano (basada en hechos reales)

 

Un hombre era vegetariano y se fue a vivir al campo. Disfrutaba de una gran cantidad de pajarillos, que le alegraban la mañana con  sus alegres trinos, y, durante los meses más cálidos, del anárquico vuelo de las  golondrinas, que con su presencia y desaparición también le informaban del cambio estacional. Una noche lluviosa, al final del invierno, escuchó unos gemidos lastimeros. Salió de su casa y, tras la puerta de acceso a su jardín, vio tres cachorros de gato, llorando de hambre, frío y desamparo.

 

 - Por favor, ayúdanos o moriremos -le dijeron, con su vocecilla quejumbrosa.

 

- ¿Y vuestra madre? -les preguntó el hombre.

 

- ¿Acaso no has visto "Bambi"? Los empleados de un restaurante especializado en caza se la llevaron hace una semana. No sabemos para qué, pero no la hemos vuelto a ver.

 

- ¿Y qué puedo hacer yo?

 

- Tienes un amplio garaje. Si nos dejas entrar en él, y nos proporcionas un mínimo de alimento, alegraremos tu vida; frotaremos nuestros cuerpecillos en las perneras de tu pantalón, y ronronearemos cariñosamente cuando nos acaricies.

 

Profundamente emocionado, el hombre accedió a las súplicas de los gatitos. Para comer les preparaba hamburguesas como las que él consumía, hechas con soja y otros sanos productos vegetales. Una mañana, cuando volvía de tomar un café y comprar el periódico, bajó al garaje y los gatitos, reunidos en asamblea, le dijeron:

 

- Estamos aquí encerrados todo el día, pero tú sales y entras cuando quieres. Necesitamos tomar el sol y el aire, o moriremos de pena.

 

El hombre comprendió el disgusto de os pequeños felinos; instaló una gatera en la puerta del garaje y les enseñó a entrar y salir por ella. Una mañana, volviendo de tomar su café y con el periódico bajo el brazo, vio a uno de los gatitos con un pajarillo muerto en la boca; el cachorro le miraba orgullosamente, con la mitad posterior del pajarillo colgando trágicamente de sus belfos. El hombre, disgustado, reprendió al cachorro:

 

- Pero… ¿Qué has hecho?

 

- Nada. Sigo mi instinto y aprendo a cazar para comer -respondió el gatito, tras soltar el cadáver del pajarillo y comenzar a golpearlo con sus aún tiernas garritas.

 

 - Pero yo ya os proporciono el alimento necesario  -le reconvino el hombre.

 

- La comida que nos das no nos gusta -contestó el gatito-. ¿Acaso tú te crees Dios, para conseguir que el león coma paja como el buey?

 

El hombre recordó que eso estaba en Isaías 65,25. Asombrado al comprobar que sus gatitos, además de hablar, también parecían conocer las Sagradas Escrituras, el hombre decidió comprarles el pienso para gatos más caro que encontró, con un poco de paté para que les agradara más. Pasados unos días, volviendo de su café y con su periódico, vio a otro de los gatitos, jugando con un caracol ya moribundo. Le había roto la concha y estaba comenzando a trocearlo con sus garritas; mientras hacía eso contemplaba al molusco, con una adorable expresión de curiosidad en sus felinos ojillos. El hombre apartó al gatito y terminó con el sufrimiento del caracol, sin preocuparse de su consentimiento y aplicándole la oportuna eutanasia mediante un vigoroso pisotón. Se volvió después hacia el gatito, que le miraba entre divertido y asombrado:

 

- ¿Por qué hacéis esto? –le preguntó-. ¿Tampoco os gusta vuestra nueva comida?

 

- Desde luego que sí, pero no podemos evitar actuar de esta manera, pues sólo seguimos nuestro instinto natural como depredadores. ¿Acaso tú te crees Dios, para ser capaz de apacentar juntos al lobo y al cordero?

 

Otra vez Isaías 65,25, pensó el hombre, mientras el gatito comenzaba a enredarse en sus piernas emitiendo un satisfecho ronroneo; además le miraba con esos ojillos, aún redondeados, todavía inocentes, que tienen los felinos cuando están a medio hacer. El hombre pensó que ese instinto agresivo se debía al sufrimiento que padeció, junto con sus hermanos, cuando se llevaron a su madre y desestructuraron su infantil hogar. Se convenció de que, con el tiempo, aprenderían a respetar a los demás animales.

 

Entró en casa y vio a una pareja de gorriones con aspecto triste y agobiado; estaban en el alféizar de la ventana, golpeando el cristal con su  diminuto pico. Les abrió, y las avecillas comenzaron a quejarse entre sollozos:

 

- Nuestros hijos mueren antes de aprender a volar –le dijeron-. Esos gatos, a los que dejaste vagar libremente por tu jardín, los torturan y matan cuando son aún gurriatos. Por tanto ya no seguiremos viviendo aquí, ni te alegraremos más con nuestros trinos.

 

 - Pero es que esos gatitos iban a morir.

 

- Ahora mueren nuestros hijos y no tenemos consuelo. Comprendemos tus sentimientos, pero entiende tú los nuestros. No eres tú Dios para lograr…

 

-Ya; lo sé: Isaías 65, 25. ¿Es que todos los animales leéis la Biblia? –le interrumpió, algo exasperado.

 

- No sabemos a qué te refieres; sólo utilizamos el sentido común, sin tratar de combatir las leyes de la naturaleza. Tú también deberías hacerlo; así lucharías por cambiarte a ti mismo, en lugar de empeñarte en que el mundo se adapte a tus torpes deseos.

 

Y los gorriones se marcharon, con la tristeza reflejada en sus diminutos ojos. Pero antes de que pudiera cerrar la ventana se posaron en ese mismo alféizar, una pareja de oscuras golondrinas:

 

- Veníamos en tu balcón nuestros nidos a colgar –le dijeron-. Pero iremos a otro jardín, porque hemos visto que tienes gatos y ya hemos hablado de ello con los gorriones.

 

- Esos gatitos son aún muy jóvenes. Aprenderán a respetar a vuestros hijos –respondió el hombre, asombrándose al pensar que los animales también leían a Bécquer.

 

- No, al contrario. Se harán más fuertes, y más rápidos. Serán más peligrosos, pero no modificarán sus costumbres depredadoras –respondieron las gaviotas.

 

 - ¿Y si os estuvierais equivocando?

 

- ¿Y si el equivocado fueras tú? –repreguntaron ellas-. A ti no te afectaría tu error, porque  eres poderoso y puedes protegerte de sus felinos desmanes; nosotros y nuestras crías, por el contrario, tendríamos que convivir con ellos, indefensos como estamos. Tu equivocación nos provocaría terribles consecuencias –y dicho esto, emprendieron el vuelo.

 

El hombre se sintió terriblemente cansado. Mientras meditaba se hizo de noche y decidió irse a la cama, pensando que  por la mañana se sentiría mejor. Pero cuando por fin logró conciliar el sueño le asaltó una terrible pesadilla, en la cual se le apareció un grupo de animales de lo más heterogéneo: perros viejos, polluelos enfermos, ratones de campo cojos, y muchos otros; incluso había un pez, con aspecto tímido y cara de encontrarse fuera de lugar. Todos ellos lloraban desconsoladamente, mientras le maldecían a gritos:

 

- Somos las almas de pobres animales débiles y enfermos; fuimos capturados y muertos para fabricar la comida que les das a tus gatos; encerrados nuestros desechos cuerpos en esas latas con las que los deleitas. Entonces ese pobre hombre vegetariano se despertó, sudoroso y exhausto. Oyó un triste gañido. Salió al patio, abrió la puerta, y se quedó horrorizado; a sus pies divisó un cachorrito de doberman, que con sus orejitas caídas y sus recién abiertos ojillos, henchidos de tristeza, le miró, diciendo:

 

- Ayúdame, por favor. Estoy helado y me muero de hambre.

 

- ¿Dónde está tu madre? -le preguntó el hombre.

 

 - Nuestro dueño vio todas las obligaciones que aparecen en la legislación de animales de compañía; horrorizado, se dio cuenta de que nadie nos querría, ni aún regalados, e intentó ahogarnos. Nuestra madre le atacó para defendernos y escapó con nosotros. A ella la atropelló un camión, y mis hermanos también fueron cayendo en la carretera; sólo yo he conseguido llegar hasta su puerta.  Ayúdame o termina de una vez con mi horrible sufrimiento.

 

El hombre se quedó pensativo. Por primera vez en su vida no sabía qué decisión tomar, porque ahora además de ideales tenía experiencia. Había aprendido que la naturaleza tiene reglas inmutables, y que los actos aparentemente bondadosos pueden conllevar males terribles.  También que la mejor opción no es a menudo el bien, sino el menor mal, y por tanto que antes de intentar cambiar el mundo hay que medir las consecuencias. 

Luis Miguel López Fernández