El contexto al que nos llevado la clase política, en absoluto es un escenario de tolerancia y de respeto a la pluralidad de ideas, sino que muestra un fanatismo que no casa con lo avanzado del calendario, el siglo XXI.

 

La individualidad ha desaparecido y la pertenencia a un grupo reviste a cada ciudadano de los contenidos que carece, además lo dota de armas para combatir, en su mayoría mentiras o verdades a medias, desvirtuadas. Esto sucede porque no nos gobiernan desde políticas constructivas que vayan remendando los mil descosidos del tejido social que ellos mismos vienen ocasionando, no, sino desde políticas que potencian una creciente desigualdad. Es más, estos políticos de ahora, los mismos que viven a costa de un feminismo cada vez más sectario, se mantienen al margen y ponen como escudo protector de su indecente ideario a sus votantes y votantas, criaturas antes asustadas, atemorizadas con el fantasma ese de «la vuelta atrás». Y es que, elmiedo y el odio, cuando se mezclan con el radicalismo, componen un cóctel explosivo cuya receta es harto conocida en los bajos fondos de la alta política, allá en Madrid, la capital de lo que queda de país.

«¡Ni un paso atrás!», vociferan las hordas de la progresía huera contra todo hereje, mientras devoran los cacahuetes que los dirigentes políticos les arrojan desde una improvisada entrevista de calle con un periodista que los sigue micrófono en mano. «¡Ni un paso atrás!», gritan desaforados los camicaces de un ejército de autómatas. Salen de sus cavernas para ladrar a sus vecinos, a gente normal que no piensa como ellos.

 

Visto lo visto, el pretendido avance social que pretenden hacernos creer consiste en que los sobrederechos de las minorías subyuguen a la mayoría. Sobrederechos a modo de regalías que son defendidas por la plebe con una agresividad extrema, muchedumbre -esto hay que reconocerlo tal cuál es- ciertamente aterrorizada por el fantasma ese la vuelta atrás, un ente inmaterial que ellos perciben como una amenaza física y real. De ahí que en estos páramos feministas sectarios, tan alejados de la mano del Señor, a día de hoy asistamos al nacimiento de una nueva religión de inquisidores.

 

José Riqueni Barrios