No acabamos de tocar fondo, la situación política en España se va agravando cada vez más, como enfermo que camina inexorablemente hacia el final de sus días. Pronto llegaremos a esa situación irreversible, sin retorno, si es que no hemos llegado ya. La bola de nieve se ha ido agrandando hasta llegar a una magnitud que nos rebasa y lo más triste de todo es que en el horizonte no se vislumbra ningún líder, ninguna fuerza del tipo que fuere, ningún organismo constitucional, nada que pueda trasmitirnos un poco de esperanza, que tanto necesitamos en estos momentos tan difíciles por los que atraviesa España. ¿Qué se puede esperar hoy del Rey, de los gobiernos, de los partidos políticos, del ejército, de las instituciones en general, de los organismos sociales? ¿Incluso cabe en estos momentos esperar algo del pueblo español? Nada hace prever que esto vaya a cambiar si no es para peor.

Sabido es que los comunistas y socialistas nunca se han distinguido por su patriotismo y acendrado amor a España, lo que nadie podía imaginar es que estuvieran dispuestos a hacer lo que han hecho con tanto descaro y desvergüenza, echándose en brazos de filoterroristas e independentistas, para satisfacer sus ansias de poder, sin tener en cuenta el bien general de España y los españoles. Como última justificación de lo injustificable se nos dice, que utilizar la via del diálogo es una necesidad, para así poder solventar el problema del separatismo catalán y ¿por qué no? pactar con ellos lo que haya que pactar. Tremendo. Es casi imposible que en tan pocas palabras pueda encerrarse tanto engaño y tanta falacia. Lo que se esconde detrás de esta palabrería huera es una claudicación en toda regla, es simplemente tratar de blanquear un asunto que, se mire por donde se mire, hay que ubicarlo dentro de la delincuencia más abominable, que nos está llevando al borde del precipicio. El Sr, Sánchez debiera saber que asuntos así no se resuelve con diálogo, sino actuando con contundencia, porque con los delincuentes no se dialoga, simplemente se les juzga.

Con esto no estoy diciendo que un gobierno no tenga que dialogar, naturalmente que sí, pero ha de hacerlo con quien corresponde y sobre asuntos pertinentes y ahora mismo sobre la mesa hay no pocos asuntos trascendentales que preocupan a la ciudadanía y sobre los que sería necesario hablar. A muchos españoles nos preocupa la firme salvaguarda de la integridad e identidad nacional, que está por encima de las aspiraciones personales y partidistas, nos preocupan otras muchas cuestiones que se dan como definitivamente zanjadas, pero que a la vista de los resultados obtenidos están pidiendo que se sometan a un debate en profundidad. En este orden de cosas sí que habría mucha tela que cortar y estaría muy bien eso del diálogo.

Me estoy refiriendo por supuesto al tema sobre la conveniencia de ilegalizar a aquellos partidos independentistas que tratan de romper a España y de aquellos otros que la odian y reniegan de sus señas de identidad propias que le caracteriza, pero está claro que sobre esta cuestión los gobiernos no quieren hablar. Mejor no decir nada no vaya a ser que se alborote el gallinero, mejor aguantar democráticamente el oprobio y la indignidad, siguiendo con el enemigo dentro de casa a pesar del riesgo que ello comporta.

Un balance objetivo y desapasionado de lo sucedido desde 1978 a esta parte nos obliga igualmente a poner en tela de juicio el tema de las autonomías, que tanto están contribuyendo a la inestabilidad de nuestro Nación y también a su ingobernabilidad, como hemos tenido ocasión de comprobar en el debate de investidura del martes 7 de Enero, en que todo el mundo, incluido el Sr. Sánchez, estuvo pendiente de con qué pie se había levantado el Sr Guitarte, representante de "Teruel existe". Tampoco podemos decir que el régimen autonómico esté contribuyendo a fortalecer los lazos de solidaridad entre los distintos pueblos de España, más bien lo contrario, lo único que se ha logrado ha sido un archipiélago sin un proyecto integrador compartido. Resulta escandaloso constatar, por ejemplo, cómo en algunas regiones de España los campos se mueren de sed, mientras en otras quedan anegados por el exceso de agua que desborda el cauce de los ríos, con lo fácil y beneficioso que sería para todos repartir equitativamente este bien natural según las necesidades, pero no, aquí cada cual va a lo suyo y ¿qué decir en referencia a la injusta distribución de la riqueza nacional?

Es un hecho que hay autonomías ricas, bien abastecidas, con estructuras desarrolladas, en cambio otras se tienen que conformar con lo imprescindible. El hecho de haber nacido en una autonomía u otra, supone tener un nivel de vida diferente, distintas oportunidades, incluso distinto trato fiscal. Por si fuera poco, este lujazo autonómico tiene un coste para el Estado que tenemos que pagar todos los españoles. No pocos expertos y catedráticos piensan que mientras no salgamos del pozo de las autonomías seremos cada vez más pobres.

Nadie como los gobernantes que han pasado por la Moncloa saben lo que cuesta mantener en pie 17 administraciones paralelas, pero ninguno de ellos se ha atrevido a abrir un debate, no digo ya sobre su existencia, sino tan siquiera sobre la conveniencia de reducir sus competencias, porque dan por supuesto que hablar de estas cuestiones no es rentable políticamente y naturalmente nadie se atreve a poner el cascabel al gato. Yo no voy a repetir lo que se dice por ahí, pero me gustaría que se aclarara porqué la mayoría de los políticos no quieren ni oír hablar de estos asuntos, dejándolos sepultados bajo una pesada losa de mutismo, ¿porqué no consultan al pueblo y le dejan hablar sobre éstas y otras cuestiones? ¿Porqué tanto miedo a un referéndum? y luego nos vendrán con la monserga de que es necesario escuchar a todos, incluidos los separatistas y filoterroristas,

Seguramente uno de los presidentes que más se ha prodigado en la idea de que en democracia es absolutamente necesario dialogar con todos y de todo, ha sido precisamente nuestro actual presidente del Gobierno el Sr. Pedro Sánchez, asombrosamente el mismo sujeto que con su ideología de género y con la ley de memoria histórica nos viene dando muestras sobradas de que transpira aromas totalitarios por todos sus costados. Su supuesta pretensión de crear una especie de "Comisión de la verdad" integrada por personas elegidas a dedo, lo dice todo.

Dicha comisión sería la encargada de elaborar una "verdad oficial" sobre los hechos acaecidos en el periodo histórico que va del 1936 al 1978, con graves sanciones para quienes no la acaten. De lo que se trataría es de imponer por Real Decreto una visión oficial de la verdad histórica desde el BOE, con la complicidad naturalmente de los histiriadores secuaces y socios en el gobierno. Después de todo esto y del nombramiento de la ex ministra de Justicia Dolores Delgado como fiscal general del Estado no sabemos qué será capaz de hacer un político de la calaña del Sr. Sánchez, lo que sí sabemos es que no se para en barras y lo que piensa hacer lo hace sin dilación.

Que Dios nos coja confesados es lo más que de momento podemos hacer, pero no quisiera acabar sin decir que no toda la responsabilidad es suya, algo tendremos que ver el resto de los españoles para que las cosas hayan llegado hasta donde ahora nos encontramos. Sí, todos tenemos que ver algo en este asunto, aunque sea por omisión y mutismo, es hora pues de que nos vayamos enterando.

Desde que comenzó la farsa de 1978 ¿qué gobierno o presidente de los que han pasado por la Moncloa no ha favorecido a los independentistas o no han estado envueltos en turbias maniobras? y ¿qué ha hecho el pueblo sino respaldar a políticos que no se lo merecían con su voto hasta el día de hoy? Por eso también él pueblo es responsable de lo que está pasando y sería el momento de recordar las severas palabras de George Orwell, según las cuales:"Un pueblo que elige corruptos, impostores y ladrones , no es víctima es cómplice"

Por mucho que nos duela decirlo, en este periodo histórico tan trascendental para España, la gran mayoría de los españoles no han estado a la altura de las circunstancias y en esas seguimos. Ha faltada madurez política, espíritu crítico y ha sobrado pasotismo, por no decir cobardía. Si después de cuarenta años no conocemos a nuestros políticos y no sabemos de lo que son capaces de hacer, si después de cuarenta años todavía no hemos quedado escarmentados de una partitocracia sectaria, que tantos problemas nos está creando es porque o bien no nos hemos tomado en serio nuestras responsabilidades ciudadanas, ni tampoco nuestros compromisos patrióticos o bien porque estamos siendo víctimas de un clientelismo político visceral que nos lleva a defender a los nuestros tengan o no tengan razón.

En cualquier caso de nada va servir que nos rasguemos las vestiduras por lo que está pasando, que recriminemos a nuestros políticos y les suspendamos en todos en las encuestas, de nada va a servir todo esto, si luego les hacemos el caldo gordo y a la hora de la verdad les apoyamos con nuestro voto. Vamos a ser conscientes y pensar que en el fondo no tenemos sino lo que nos merecemos. Cierto que los políticos llevan mucho tiempo engañándonos, con mesianismos prometeicos que sólo estaban en su imaginación calenturienta, pero también lo es, que ése es el mismo tiempo que nosotros llevamos dejándonos engañar.

Cierto que los partidos van a lo suyo, pero no lo es menos que también nosotros vamos a lo nuestro sin preocuparnos por enderezar el rumbo, como mucho nos conformamos con cambiar de siglas cada cuatro años y cuando ya no podemos soportar a unos nos acordamos de los otros y así en una constante alternancia, sin ser capaces de salir del atolladero de una vez por todas. Es como si tuviéramos miedo y pensáramos que más allá de lo que conocemos no hay otra cosa que no sea una tenebrosa orfandad.

En conclusión, cabe pensar que mientras la ciudadanía permanezca anestesiada y no se decida a dar un paso adelante, lo único que podemos esperar es más de los mismo, es decir seguir con el espectáculo acostumbrado representado por distintos actores. Si no nos gusta lo que está pasando, lo lógico es buscar otra cosa, sin esperar a que alguien lo haga por nosotros porque ese alguien no existe.

Ángel Gutiérrez Sanz