En poco tiempo, la libertad de expresión, cuando ésta se refiera a poner en tela de juicio la Dictadura de Género, se entenderá como un ataque directo a las mujeres, cuando en absoluto lo es, de forma que pasará a ser delito, delito de apología contra el Género.

Y es que, todo aquel que no comulgue con la nueva doctrina de género será excomulgado, quien no se trague esta farsa, estos sapos tamaño elefante, está contra ellas, las que nunca mienten – dixit Carmen Calvo –y se le hará el vacío más absoluto, será tachado de machista peligroso, señalado como macho violento e imprevisible… dado que los disidentes no tienen cabida en una supuesta sociedad en “igualdad”. 

 

El libre hablante, el libre escribiente, sin duda representan la última posición que hay que tomar cuanto antes. Sin embargo, son precisamente ellos los únicos que defienden esa bandera de indudable valor estratégico para la democracia como es la libertad de expresión y pensamiento concretada en la exposición de una hipótesis debidamente argumentada. No es descabellado intuir que del control de los artículos de prensa bien en papel bien digitales, se pasará a combatir las publicaciones literarias. Las opiniones, tanto de unos como de otras, se registrarán y archivarán, en las redes sociales se emplearán filtros informáticos que detectarán palabras clave ofensivas al régimen, vocablos prohibidos: denuncia falsa, SAP, informe amigo, etc.

 

En esto, respecto a los libros incómodos, ya que «no hay nada más fuerte que la verdad» (Pedro Sánchez el “Moncloador”, dixit), hace tan sólo unos meses, las bases feminoides organizaron escraches en el centro de trabajo y llegaron incluso a las puertas del domicilio de una autora, Alicia Rubio, quien publicó un excelente libro repleto de verdades, de ahí que tal obra fuese muy fuerte. No obstante, a día de hoy, la soldadesca mochilera ha dado marcha atrás en estas prácticas fascistas, pues creen que tales algaradas barriobajeras dan publicidad al irreverente escritor o escritora de turno que así vende más libros.

 

En una sociedad española bombardeada de continuo por medios desinformativos de Género y en vías de un creciente adoctrinamiento por imperativo legal, cualquier voz crítica se interpreta como una justificación del horror, una intolerable agresión a toda mujer, cuando en esencia se trata de una crítica necesaria, además localizada en lo poco que queda de democracia, asentada ésta en una de las últimas islas de libertad: la palabra. Palabra como alarma que pretende despertar conciencias secuestradas, mentes teledirigidas y manipuladas desde una absoluta mentira: Que esa “igualdad” que tanto cacarean no es sino una creciente desigualdad entre hombres y mujeres, desigualdad que a nada bueno nos conduce.

 

Una vez más, y al objeto de dejar constancia de eso que queremos expresar, cabe repetir en qué consiste la Industria de Género en España: Se trata de un negocio clientelar que se nutre de Fondos Europeos y del presupuesto nacional, que da trabajo a medio país y que explota el maltrato a la mujer prometiéndole que el feminismo es la solución definitiva cuando no es más que un negocio en su nombre e incluso a costa de sus vidas, muchas de las cuales se ven truncadas por la crispación que en la sociedad crean leyes según sexo. No entendemos que la sociedad se conciba como grupos independientes o caladeros de votos a contentar: a las mujeres se les legisla a la carta, la inmigración ilegal se subvenciona y deja hacer lo que le viene en gana igualmente a la espera de su voto, las personas integrantes del colectivo LGTBI tienen derechos exclusivos que no comparte el resto de la población, en el campo andaluz, el PER (Plan de Empleo Rural) fue el exitoso experimento que dio origen y se trasladó al resto de sectores sociales hasta convertir la acción política en una gestión de diversas clientelas, siendo las mujeres y los inmigrantes los nuevos grupos que ahora están de moda, cuando la sociedad es de personas sin distinción de sexo o procedencia.

 

José R. Barrios