Se ha dado en llamar ola a cada una de las fases o etapas del feminismo.

La primera y segunda ola, concretadas en la lucha de las mujeres por el sufragio universal, la libertad y la igualdad de derechos con respecto al hombre quedan muy atrás, allá en el siglo XIX.

Erin Pizzey, feminista y activista, pionera en la creación de refugios o casas de acogida para mujeres maltratadas, viviendas sostenidas con donaciones privadas, situadas a las afueras de Londres, vivió en persona la transición de la segunda ola, en los años sesenta, a la tercera ola.

Dicho salto entre olas se produce cuando el dinero público llega a los refugios para mujeres, justo en ese momento, en palabras de Pizzey, «las asociaciones sobre violencia doméstica se convierten en una industria millonaria». Tras el movimiento hippie y la lucha contra el apartheid, las feministas de aquellos días paulatinamente fueron adquiriendo el hábito de presionar más y más al gobierno británico para recibir subvenciones, hasta que lo consiguieron. Las primeras partidas presupuestarias llegan en 1974 y Pizzey, en aquellos días, percibe y denuncia públicamente ese modus operandi en Sky News: «Esta máquina tan eficiente de hacer feminismo sabía desde un principio lo que debía hacer para consolidarse como una gran empresa estatal: depurar a aquellas feministas que no estén de acuerdo con la victimización de la mujer y lanzar un mensaje que calará hasta nuestros días, que “el hombre es un ser malvado por naturaleza”, una especie de asesino en potencia».

Nacía así la tercera ola, compuesta por feministas que no estaban, ni aún a día de hoy lo están, por compartir el maná que les llueve del Estado. La culpa de todo la tiene el «heteropatriarcado» «la mujer es un ser desvalido». Con estas dos consignas, en palabras de Pizzey, las feministas dirigentes, convertidas en empresarias del feminismo, estrenaban su «gran negocio y se enganchan a la yugular de cada contribuyente».

En palabras de la profesora María Blanco (Libremercado, 12/02/2018), escritora del libro «Afrodita desenmascarada: una defensa de feminismo liberal» (Deusto), «Ahora, sin embargo, vamos hacia una “cuarta ola” feminista con objetivos espurios: que los hombres lleven tacones o que los niños carezcan de identidad sexual, por ejemplo» y alerta sobre «el peligro que tiene esta “cuarta ola” sobre su influencia en la sociedad civil». Señala, además, que este tipo de movimientos de nuevo cuño vive de «explotar la miseria ajena».

A diferencia de Pizzey, María Blanco no cree que las feministas sólo busquen dinero, «lo que desean es la perpetuación en el poder, y lo peligroso es que esta maquinaria es eficiente. Una vez que se otorga una subvención, es imposible eliminarla, sólo puede ir a más». Nace así el «feminismo disidente», un auténtico lobby que ha degenerado en la más absoluta «victimización de la mujer».

 

En la España de nuestros días, la vice Carmen Calvo, en El Mundo (14/07/2019), aseguraba que «el feminismo se lo ha “currado” el socialismo: “No es de todas, bonita”». En el texto de la noticia también se lee: «La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, ha asegurado que el feminismo se gestó en el seno del socialismo a lo largo de sus años de historia y que, por tanto, el feminismo “no es de todas”. El feminismo “no es de todas, no bonita”, nos lo hemos currado en la genealogía del pensamiento progresista, del pensamiento socialista».

Ésta y otras reflexiones, las hizo la Sra. Calvo durante su conferencia en unas jornadas organizadas por la Fundación Pablo Iglesias y el PSOE.

Conclusión: El nacionalfeminismo español o Industria de Género es un negocio clientelar montado por el PSOE, que así se asegura un caladero de votos rojimorados a cambio de poner en práctica una jurisprudencia de género y de garantizar un cómodo modo de vida, en una de las sucursales de tal Industria de Género, a tales votantas.

José R. Barrios