El impase sociopolítico que España lleva meses padeciendo se debe a que el sistema de la Transición está agotado y los ciudadanos, sin enterarse de ello, persisten en votar a unos muertos políticos que aún cuentan con poder para anestesiarlos a través de la pseudocultura, del consumismo y de las televisiones de la secta. Por ello la ciudadanía sigue sin percatarse de que la fórmula política, social e incluso económica que nos ha traído hasta esta ciénaga ya ha cumplido con más pena que gloria sus posibilidades históricas.

 

Ante tal situación sólo cabe pensar que, o bien estas supervivencias postizas subsisten por la inercia mental y política de una población que no advierte que el régimen en que vive es ya incapaz de superar sus propias dificultades; o bien la oligarquía frentepopulista se sostiene gracias a sucesivos pucherazos electorales que el mandarinato judicial es incapaz de condenar y que están sirviendo para desvirtuar el diagnóstico y la determinación del pueblo. O ambas cosas a la vez.

 

Sea como sea, lo evidente es que estamos ante una fórmula ya agotada, pero que no deja de utilizar sus tramposos mecanismos, ni de exacerbar sus muchas contradicciones. Como la política consiste hoy en manipulación delictiva y juego sucio, y como el descrédito de la vida política y la figura del político corrupto se han generalizado, hemos de admitir que las condiciones para la regeneración ya están maduras.

 

A pesar de que la política se ha convertido en profesión de marrulleros y delincuentes, los ciudadanos siguen tolerándola como una costumbre que hay que soportar acobardados. Los representantes políticos, sus partidos y sus esbirros han quedado sólo como farsantes institucionales, unos ventajeros en manos de las correspondientes oligarquías financieras o doctrinarias, burocratizadas en exceso, invasoras de todas las competencias y ejecutoras de toda división de poderes. Y la participación popular ha quedado reducida a unos irrisorios marmolillos de aspecto humano que se limitan a depositar su voto cada cuatro años o, como ocurre ahora, cuando los enjuagues e intereses de los manipuladores tienen a bien acarrearlos a las urnas.

 

Este archiconocido espectáculo, tan cansino, está en boca de los más despiertos y en el silencio de los felones. Resulta pesado repetir una y otra vez los escándalos cotidianos que se suceden sin que parezca penetrar su trascendencia en la conciencia sociopolítica de la ciudadanía. Nuestra sociedad se halla montada sobre un enredo engañoso cuyas banderas son un relativismo moral y un consumismo imprudente, y cuyas consecuencias no pueden conducir sino al desastre. Carecemos de raíces morales, especulamos más que producimos y nuestra deuda pública se halla tan disparada que el desequilibrio que supone todo ello lleva en sí el riesgo de una crisis total.

 

La necesidad de rigurosas medidas de control, de austeridad ética y económica, todas ellas impopulares y de alto coste social y político vuelven a ser imprescindibles, porque una vez más las políticas de izquierdas no hacen otra cosa que dejar tierra devastada a su paso. Siempre ha sido así y así lo han hecho durante la Transición, propiciando que las decisiones desagradables las tomara una derecha falsaria que, en su inmensa indignidad, ha accedido a representar el bochornoso papel de palanganero, solucionando los estropicios y haciéndose depositaria de las desviaciones ideológicas bolcheviques, que han permanecido inamovibles para conservación del tinglado y desgracia de la decencia.

 

Pero con todo ello la casta está reconociendo su propio fracaso, lo que no impide que trate de sostener su sombrajo con remiendos, chapuzas, decretazos o medidas circunstanciales, procurando que no afecten al fondo de los problemas, aunque, eso sí, a costa de que la amalgama de capitalismo y marxismo cultural salvajes pueda convertirse en un tigre imposible de domesticar, y acabe perdiendo su impunidad.

 

En medio de este lodazal nuestra sociedad va tirando gracias a las habilidades ciudadanas para los subterfugios; las argucias de una mayoría de votantes izquierdosos que de acuerdo con su índole y la de sus mayores saben aprovecharse de las leyes cuando les benefician y acudir a los trucos y a los amigos y a los subsidios cuando vienen mal dadas, pues el caso es irse bandeando en la competencia por la vida. Triquiñuelas que, por otra parte, tienen amplia vigencia en las actividades laborales del común, sean funcionarios, profesionales liberales o manuales, trabajadores agrícolas, etc., para sacar cualquier ventajilla.

 

Son las migajas que les deja la elite, unas minucias de las que se aprovechan mirando a los de arriba, quienes con su desaforada depravación les proporcionan la coartada moral para justificar su olvido de cualquier atisbo de escrúpulo y de ética.

 

Parece obligado, pues, si no queremos acabar todos en el vagón de los sobejos, romper este círculo vicioso. Y como los hampones menores se encuentran cómodos en el río revuelto originado por los grandes hampones, son los espíritus libres quienes han de dar el paso regenerador. No es necesaria una revolución, sino la conciencia de que el cambio, al ser ya imperativo, ha de transformar lo esencial, tanto en la legislación vigente como en la Carta Magna o en la inercia sociocultural y educativa. Cambios concretos, pero imprescindibles para que España pueda abrirse a un nuevo y esperanzador horizonte 

 

Por otra parte, también hay que ser conscientes de que izquierda y derecha son ya en la historia política dos vocablos tramposos y obsoletos. Es erróneo pensar que el ciudadano libre cuenta hoy entre los gobernantes con amigos y enemigos. Sólo existe un enemigo común, que utiliza dos caretas -la del policía bueno y la del policía malo- a conveniencia de los intereses del sistema y según la coyuntura, y con absoluto desprecio hacia el pueblo.

 

Por eso su terminología carece de sentido en la sociedad actual, en la que lo único que debiera importar es el abandono de los tics sectarios y dogmáticos y la recuperación de la libre expresión de las ideas y de la honestidad. España necesita políticos sin etiquetas previas, pero cultivados, prudentes e incluso astutos -amén de ser hombres de carácter-, para lidiar con la mafiosa red sociopolítica y económica de alcance nacional e internacional. Políticos, sobre todo, poseedores de la fuerza incomparable del que no busca ni quiere nada material para sí. Como decía aquél: «No traía sueldo y vivía como un asceta».

 

Aunque es cierto que a la hora de hablar de regeneración hay que tener en cuenta a ese pueblo oprobioso que elige a los ladrones para poder robar él también, la realidad nos grita que son indispensables tanto un giro cultural-antropológico como una radical metamorfosis de los provechos y tendencias dominantes. La sociedad, y dentro de ella la política, precisa, al margen de malhechores, una transformación de los actuales planteamientos si desea subsistir como hasta ahora hemos entendido la cultura occidental.

 

Esta democracia que los instalados procuran seguir vendiéndonos, ni es representativa ni es parlamentaria, es sólo una depravada comedia que trata de personificarse disimulando su pervertido significado a expensas del significante y que se halla manejada por una ominosa fusión de liberalismo especulativo y financiero y de marxismo cultural vendidos tanto al ideario como al capital exteriores.

 

Lo incuestionable es que, a estas alturas y observando los caretos y las actuaciones de quienes la dirigen, la Transición es una fórmula política agotada e inmunda, y si en su putrefacción ha aguantado hasta aquí se ha debido a la ausencia de alternativa. Pero ahora los españoles libres tienen en VOX un referente político, y a través de su cuña parlamentaria puede y debe instrumentarse el modelo que inicie un nuevo proceso constituyente.

 

Los acontecimientos piden a gritos soluciones perentorias. El tiempo, que apremia, es en definitiva lo que de él se sabe hacer. Y VOX -si no nos falla-, representando al español de bien, y junto al resto de organizaciones alternativas difuminadas actualmente en reinos de taifas inoperativos, ha de hacer del tiempo un campo de batalla en el que día tras día vayan venciendo al enemigo y regenerando la piel y la sangre de España.

 

Jesús Aguilar Marina