«Nadie mata a una mujer por ser mujer», éste es el acertado título de un artículo de Tania Evans, Psicóloga Sanitaria en Madrid, para quien «no hay ni sexo ni género para las cicatrices del alma, porque el dolor no entiende de cromosomas. La violencia es ejercida tanto por madres narcisistas como padres, la negligencia y el abandono por depresión o el abuso de sustancias, también».

 

«Nadie mata a una mujer porque “es mujer” –insiste Tania–, ya que lo hará por celos, trastornos de diferente índole, un brote psicótico por no tomar su medicación o (algo que puede ir in crescendo) o porque esta persona en concreto le ha arrebatado todo. Esto último que te digo no es una justificación, sino una explicación».

 

Como siempre, la solución a esta problemática social no está en haber creado un estado represor hacia el varón y el haber puesto en marcha un vasto y basto entramado legal de sobrederechos para la mujeres, lo que acarrea en paralelo y de manera automática infraderechos para los hombres, una proceder manifiestamente inconstitucional desde un Poder Ejecutivo que únicamente ve en ellas una bolsa o caladero clientelar de votantas que debe retener como sea, incluso desde la ilegalidad de una jurisprudencia al dictado de las abogadas feministas de la capital, Madrid, asesoras de las altas cargas del Estados que, a su vez, mantienen bajo las agujas afiladas de su tacones al timorato presidente del Gobierno, un sujeto encogido y acobardado que también teme como una vara verde a esas hordas feministas de guerrilleras mochileras prestas a tomar las calles, las mismas que, como una nueva Normandía, desembarcan de sus lanchas de asalto, léase autobuses subvencionados por el Instituto de la Mujer u otro similar Chiringuito de Género, en las plazas de pueblos y ciudades convertidas ahora en terreno de operaciones bélicas de una nueva mujer que bocata de mortadela en mano y banderita morada grita aquello de «el machismo mata», pero yo vivo de la plata de mi ex que mi nuevo protector y cuidador, el Estado de Género, le roba hasta hacérmela llegar  puntualmente cada mes.

 

La represión al varón y la jurisprudencia según sexo del contribuyente no son la solución, sino el problema. La educación escolar desde la mediación entre iguales y la puesta en marcha de planes sobre educación emocional y en valores si traería una nueva generación de hombres y mujeres dotados de recursos y herramientas para solventar sus conflictos personales. También entraría en esta razonable opción el concurso de la sanidad pública a partir de servicios de psicología complementados con la mediación familiar, también optativa, en los procesos judiciales de divorcio. Entendiendo la custodia compartida como opción preferente y poniendo en marcha urgentemente jurisprudencia específica para frenar el SAP (Síndrome de Alienación Parental) como sí tienen Brasil y Méjico, dada la proliferación de este cáncer de las sociedades “modernas” que trastorna la mente de niños y niñas a manos de un progenitor para que odien al otro progenitor, mayoritariamente a su padre.

 

En este contexto, la Dictadura de Género, como régimen totalitario que es, aprovecha el caos autonómico existente en España, de manera que cada Comunidad Autónoma hace lo que le viene en gana con las escuelas públicas de su demarcación, convirtiéndolas en templos de una nueva religión bautizada como LGTBI. Día tras día, habiéndose convertido en habitual, sacerdotisas de pelo corto colorado entran en las aulas a proclamar esa nueva doctrina de género que también conduce al paraíso de la mano de prácticas hiperprogres: el derecho a la libre masturbación en el hogar paterno sin reproche alguno por parte de los padres, los parabienes de la homosexualidad infantil, el culto al falo que desembocará en una falocracia, el cambio de sexo voluntario en edad escolar, libre y costeado por el Estado de Género.

 

Nadie mata a una mujer por ser mujer, la mata porque el estado de Género no está por solucionar esta problemática, sino en mantenerla, porque es precisamente la sangre de tanta crédula e inocente la que mantiene y sostiene la Industria de Género, un negocio millonario en nombre del feminismo, pero a costa de las mujeres, incluso de sus vidas: 50 vidas al año con las que se cuenta, un coste sostenible, previsible y que ya constituye un dato estadístico periódico y uniforme, un dato de Género.

 

José R. Barrios