Estimado Fernando:

         Antes de nada, permíteme que me presente: Soy historiador como tú, aunque ya quisiera tener sólo la mitad de la valía humana y profesional que tú posees. Siempre que me ha sido posible, te he visto y leído con mucho interés, ya que para muchos eres un punto de referencia de la excelencia y el rigor histórico, le pese a quien le pese. Por eso han ido a por ti. No soportan que un profesional de verdad, honesto y valiente, les ponga en entredicho. Por eso han hecho recortables con tus entrevistas y con métodos rastreros que por sí mismos les descalifican, han querido manipular a la opinión pública volviendo del revés muchas de tus opiniones. No sólo se trata de turbas de Lavapiés, de la dictadura LGTBI o del feminismo criminal y de barricada. No sólo son los herederos del bermellón frentepopulista que secuestran archivos e imponen leyes sectarias de revancha histórica. Hay mucho más en contra de lo que representas con tus innegables cualidades. Porque aquí están también resortes mediáticos en prensa y televisión de primera línea en cifras de audiencia, manipulados por quienes todos conocemos. Hay, cómo no, quienes miran para otro lado, no me vaya esto a salpicar, en particular los del pajarito timorato, cuyo partido algunos ya calificamos como el PSOE pijo. Pero no me voy a extender más con lo que tú ya conoces sobradamente. Sólo quiero enviarte unas palabras de ánimo y pedirte que no abandones en tus trabajos. Es la mejor bofetada que les puedes devolver, limpia, con estilo, independientemente de las sentencias judiciales que llegarán y pondrán a cada uno en su sitio, aunque el veneno (contra VOX, supongo) ya esté derramado sin tiempo para lavar el estropicio. Saben lo que hacen, y quienes callan les avalan cobardemente. Porque ya no se trata de unas opiniones, compartidas o no, que todo el mundo debería respetar. Se trata de un fenómeno (un virus, diría yo) que muchos ya calificamos como la Inquisición Roja. Da igual que provenga de Ferraz, de Villa Coleta o de las cloacas del sorayismo, porque todos ellos forman la misma inquisición.

 

         Comprendo lo que estás pasando, qué te voy a decir. Cuando publiqué mi novela Jaque al Faisán unos energúmenos desde el parapeto del anonimato en las redes sociales me llamaron (sic) repelente escritorzuelo ultra. Como tú, no soy de ultraderecha, y hasta me hizo gracia la rebuznada (o ni eso, que mi abuela decía que hasta el saber rebuznar tiene su poquito de estudiar) que cayó en medio de un aluvión de felicitaciones. Pero hay que tomarse las cosas en serio, no rentabilizar su acoso y derribo doblando la cerviz. Yo se que tú no eres de esos y me costa que te vas a calzar los guantes de boxeo y con mucho talento y señorío seguirás dándoles en la cara y en el hígado, dicho sea metafóricamente, porque lo que más les duele son los derechazos de la razón que hacen migas sus mentiras.

 

         Seudohistoriadores son otros, incluso con título, que acudieron como mercenarios al pesebre oficialista e incluso posturearon a favor de la ley (con minúsculas) de memoria histórica, vaya usted a saber a cambio de qué. Pero claro, lo que representa esta caterva ya se lo dije en una conferencia a una pija progre, más redicha que la Soraya, e insuflada de superioridad moral, que no hacía más que recordarme que historiadores de renombre apoyaban dicha ley: Mira, bonita: Ser historiador y apoyar la ley de memoria histórica es lo mismo que hacer la carrera de medicina para luego ejercer en una clínica abortista. No hubo réplica porque el público comenzó a aplaudir y la tipa se fue de un portazo.

         Por eso te entiendo.

         Para terminar, enviarte un fuerte abrazo y una frase que sin ningún tinte político quiero recordar, pues siempre me la repito en los momentos difíciles:

         El Alcázar no se rinde.