Sr. Director:

Tras pasar dos noches en vela, con unas preciosas melodías de “Bakalao” hasta las 6,00 de la mañana y a un nivel de decibelios que roza lo criminoso, paso a exponerle algunas reflexiones, sin duda fruto del deterioro mental producido por tan magnos eventos lúdico-festivos.

-En primer lugar, creo que el dicho tradicional según el cual “todos los días no son fiesta”, debería dejarse para otros lugares y culturas, inspirados por la intolerable y protestante herejía del esfuerzo y el trabajo. Aquí casi todos los días sí que son fiesta, hasta el punto de que, en la España actual, el dinero invertido en retirar y colocar los letreros de “Felices Fiestas” que suelen jalonar los accesos a nuestros 8.000 municipios, tirando por lo “bajini”, constituye un dispendio perfectamente prescindible. Como prácticamente están más días de fiesta que sin ella, lo mejor sería darles un carácter permanente. Por citar sólo un ejemplo, yo resido en un municipio con un mes para un Cristo y casi un mes para otro (luego nos quejamos si los musulmanes nos llaman politeístas); añadiendo las cosillas de “Halloween”, más la Navidad laicista, más las cosillas de Carnaval, más la Semana Santa laica, más alguna que otra “noche loca”, el panorama deja poco lugar a la tranquilidad y al reposo.

 -Nuestro querido clero se adhiere fervorosamente a esa sacrílega adoración del Becerro de Oro donde se entremezclan, sin el menor decoro, los ritos religiosos con aquellos otros orientados a promover el alcoholismo, la lujuria sin fronteras, el culto al ruido, y el desprecio más absoluto a los derechos de los demás. Quizá pensarán que esa es la mejor forma de atraer a nuestra juventud a la Fe y de cultivar los valores cristianos, porque, al fin y al cabo, el propio Cristo dijo que no son los sanos quienes necesitan médico, sino los enfermos, impartiendo su doctrina entre las prostitutas y los publicanos. Yo, desde mi modesta Fe, me permito el atrevimiento de recordar que Cristo anduvo entre pecadores, pero sin asumir nunca sus pecados ni contribuir a su proliferación, ni mezclar su doctrina con las prácticas pecaminosas (“ve y no peques más”, le dijo a la mujer adúltera, separando nítidamente la compasión y el perdón del pecador con el rechazo de su infracción a la Ley de Dios).

-Todo este derroche de festejos varios pone de manifiesto, además, la hipocresía reinante en el seno de una sociedad que denuncia constantemente la corrupción de los políticos, mientras excusa, por no decir que exige, cuantiosas inversiones orientadas a la juerga y el divertimento del público en general. Porque es esa sociedad mayoritaria la que sancionará a aquél servidor público que se atreva a hacer cualquier recorte en el presupuesto de festejos, premiando con sus votos a quienes lo incrementen (recordemos al Alcalde de Vigo, presumiendo públicamente de su derroche energético, durante las pasadas Navidades). Por ponernos un poco demagógicos, que está de moda, debemos preguntarnos cuántos niños sudafricanos podrían comer, cuántas bibliotecas podrían instalarse (aunque nadie las visitara, como usualmente sucede), o cuántos ancianos y enfermos gozarían de la asistencia que necesitan, si la mitad, y sólo la mitad de los presupuestos dedicados a fiestas por todos los Ayuntamientos de España, se destinaran a estas últimas finalidades.

-La disculpa usualmente invocada para todo este insoportable derroche es que, en realidad, se trata de gastos de inversión; que las fiestas atraen turismo, y el turismo dinero. Porque, al parecer, nuestro país está irremediablemente condenado a ser la Gomorra de Europa, con su capacidad “industrial” reducida para siempre al sol, el vino, la guitarra y la pandereta (una vez extirpada nuestra industria siderúrgica y nuestra agricultura, en aras de nuestro acceso a la Unión Europea). En relación con este alegato podríamos diferenciar entre festejos productivos e improductivos; los primeros no deberían requerir ninguna inversión pública, siendo preferible que las correspondientes corporaciones municipales se limitaran a aliviar los impuestos de aquellas entidades privadas que se preocuparan de financiarlos, controlando los eventuales desmanes que pudieran producirse en materia de molestias causadas al vecindario. Los festejos absolutamente improductivos, carentes de tradición alguna y que son la inmensa mayoría de los financiados con fondos públicos, sólo sirven para acoger a grupos de individuos desocupados, que se desplazan de fiesta en fiesta llevando sus insanos hábitos allá donde toca, causando molestias absolutamente desproporcionadas a los habitantes del pueblo en cuestión.  

- Por concluir, y si efectivamente nuestra oferta de servicios ha de concentrarse en eso que algunos llaman “buen vivir”, mejor sería que nos ahorrásemos el presupuesto invertido en I+D, así como todo el dinero que nos cuesta esa enorme cantidad de universidades que jalonan nuestro territorio y cuyo único fin parece ser el de conceder títulos, ya que no aptitudes, a esa “juventud mejor preparada de todos los tiempos”. Una juventud supuestamente adicta a la cultura y el conocimiento, pero que, de manera curiosa y un tanto contradictoria, no suele abarrotar las bibliotecas y los museos, sino precisamente todas estas fiestas de alcohol, ruido y sexo que tanto proliferan (será porque “todo está en la red”).

 

Agradeciendo su amabilidad al leer esta carta, tanto si decide publicarla como si no, y deseándole a usted y a todos los lectores muy felices fiestas, se despide atentamente su “triste” emisor,

Luis Miguel López Fernández

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid

Máster en Derecho y Economía de la Empresa (E.L.D.E.)