Acribillado a balazos en una hacienda de Chinameca, a la que acude engañado por el Coronel Jesús Guajardo, la muerte de Marlon Brando en«¡Viva Zapata!», encarnando al mítico revolucionario mejicano, tal vez sea una de las más literarias de la historia del cine.
    Bajo un sol abrasador,Emiliano Zapata suelta las bridas de «As de oros»,su alazan blanco y después le acaricia la testuz, pero el caballo relincha inquieto, como si su instinto le advirtiera del peligro inminente que les acecha, mientras unas ancianas ataviadas de luto barbotean el rosario.
    Justo en ese instante, el Coronel Guajardo desenvaina la espada, indicando a sus soldados, emboscados en las azoteas, que abran fuego desde todos los flancos.
    -¡El caballo!-clama un oficial de Guajardo, como si fuese un mal presagio-.Que no se escape...¡Matarlo!
    Pero el corcel huye despavorido ,levantando una nube de polvo, sin que los soldados alcancen el blanco.
    Cosido a tiros,Emiliano Zapata hinca las rodillas en la tierra-la misma tierra que había defendido con uñas y dientes frente a los latifundistas-y se encoge como un ovillo.
    Nada más cesar la ráfaga de disparos, su cuerpo, contraído e inerte, aun se mueve levemente, igual que un gurruño de papel.
    -¡El tigre ha muerto!-suspira aliviado un oficial.
    -A veces un hombre muerto puede ser más peligroso que vivo-le replica el otro con desconfianza.
    Cuando las tropas de Guajardo exponen el cadáver del revolucionario de Morelos alevosamente en la plaza del pueblo, junto a una fuente, su rostro está desfigurado por el plomo, por eso, los campesinos, que lo idolatran, se niegan a creer que ese cuerpo sea el suyo, mientras el agua brota del caño a borbotones, simbolizando que la vida-su vida-todavía fluye...
    Encumbrado sobre las montañas, el caballo blanco de Zapata, aparece al final de la película, representando su espíritu libre, indomable e inmortal.
    Ya lo dijo Vargas Vila:«El odio da vida al que es odiado».En realidad, Elia Kazan y John Steinbeck-su guionista y Premio Nobel de literatura-,ambos ex comunistas, aprovecharon la película, estrenada en Estados Unidos en 1952 e inspirada en la novela de Edgcumb Pinchon,«Zapata the unconquerable»,no solo para ensalzar la figura del legendario revolucionario mejicano-un hombre excepcionalmente integro,como se aprecia en la antológica secuencia en la que abjura de sí mismo al verse reflejado en el campesino que le desafía-,sino también para alertar a la sociedad contra los cantos de sirena de los regímenes comunistas, cuyos líderes,una vez instalados en el poder, se tornan tan corruptos y totalitarios-o más-que los mandatarios a los que intentan derrocar.
    Las vidas de Emiliano Zapata, apodado «El Caudillo del Sur»,y Francisco Franco, no son precisamente paralelas, y todavía menos su muerte, aunque sí hay entre ellos una macabra semejanza:la cobardía con la que obran algunos con quien no puede defenderse.
    Sobre el sepulcro de Franco, sus odiadores han vertido en los últimos cuarenta años toneladas de cieno, sin reconocer siquiera que fue él quien restauró la Monarquía.
    A uno le parece bien que nuestro Presidente del Gobierno alardee de su sintonía con el Rey, pero no tendría que olvidar que lleva más de ocho meses tratando de sacar de su tumba a quien Felipe VI debe el trono, y Juan Carlos I también.
    De todos modos, puestos a hurgar en el pasado ,es difícil entender que aún no haya caído en la cuenta de modificar el nombre del Instituto en el que, como nos ha recordado estos días, estudiaron, con desigual rendimiento, la Reina Leticia y él.
    Ramiro de Maeztu llenó de contenido ideológico el franquismo con un célebre ensayo titulado«Defensa de la Hispanidad » y fue fusilado, sin juicio previo, en el cementerio de Aravaca, víctima de una saca, el 29 de Octubre de 1936.
    En cualquier caso, y volviendo a la analogía post mortem ,entre el«Libertador del Sur» y «El Caudillo de España»,uno no sabe qué es más ignominioso:escarnecer un cadáver aún caliente, como hizo Guajardo con Zapata; o ultrajarlo a sangre fría, como pretende Sánchez con Franco, desenterrando sus restos mortales, sin el consentimiento de sus familiares, para transportarlos en un peregrinaje fúnebre, grotesco y tal vez furtivo, rumbo a todavía no sabe qué cementerio.
    Definitivamente Marx tenía razón:«La historia se repite, primero como tragedia, después como farsa».

 

     Miguel Espinosa García de Oteyza
      Autor de la novela«El cabron»
      Y  del libro de relatos «Una noche con Amador Amado y otros cuentos de anuncios clasificados»