A las gilipolleces les pasa lo que a los ríos, que si no se encauzan a tiempo, luego se desbordan, y ya no hay solución. En España, desde hace bastante tiempo, hay un campeonato de gilipolleces, a ver quién la dice más grande, sin que pase absolutamente nada. Y así nos va.

La penúltima sandez que he escuchado fue hace unos meses, cuando una muchacha que pertenece a un partido animalista, y que, como no podía ser de otra forma, es progresista, feminista y fea, que casi siempre todas esas cualidades van juntas en el mismo lote, ha dicho que los consumidores deberíamos tener remordimiento de conciencia cuando nos bebemos un vaso de leche, pues las vacas de las que procede la leche, no gozan de libertad, y son obligadas, las criaturas, a tener relaciones sexuales con los machos, en contra de su voluntad, es decir, sin preguntarles antes si les apetece darse un homenaje con el toro.

A mí personalmente, esta concienzuda reflexión de la muchacha animalista, progresista, feminista y fea, que todo va junto en el mismo lote, me ha sumido en un debate interno que me tiene sin vida. Y es que cuando yo era pequeño, mi abuela paterna tenía en el corral una conejera, y allí metía, juntos y revueltos, conejos y conejas, que a quién se le ocurre. Y los conejos y las conejas, cuando están mezclados en una conejera, se dedican a fornicar (de ahí viene la expresión “follar como conejos”) y, como consecuencia de lo anterior, las conejas parían conejillos (de ahí viene la frase “parir como una coneja”); y luego esos conejillos crecían, y los domingos mi abuela mataba uno, y con su carne, hacía arroz con conejo, con lo que alimentaba a su amplia prole, y entre ese guiso y algo de postre, ya teníamos la comida.

Lo anteriormente dicho no es una cuestión baladí, pues en los años sesenta del siglo pasado, que es cuando transcurrió mi infancia, un generoso plato de arroz con conejo, un buen trozo de pan, y de postre lo que diera el terreno en cada época, eran palabras mayores en cuestión de gastronomía, que mis padres y mis abuelos, que conocieron la escasez del “año del hambre”, siempre valoraban en su justa medida.

Y ahora es cuando a mí me asalta una duda vital, a saber: mi pobre abuela Remedios, con lo buena que era, ¿se habrá salvado, o estará condenada en el infierno, por no haberle preguntado a las conejas si les apetecía darse un homenaje con el conejo, o si por el contrario preferían abstenerse porque les dolía la cabeza en ese momento? Más aún: el alma de mi abuela, ¿estará todavía penando en las calderas de Pedro Botero, por haber facilitado la promiscuidad sexual de los conejos?

A veces me consuelo pensando que Dios, en su infinita misericordia, habrá salvado el alma de mi abuela, pues, aunque su acción de mezclar conejos y conejas en la misma conejera, es un hecho deleznable, intrínsecamente malo, digo yo que le habrá servido a mi pobre abuela como atenuante, o eximente, el hecho de que, gracias a ello, en su casa muchos días tuvo solucionado el problema de la comida, cumpliendo así con el precepto evangélico de “dar de comer al prójimo”, y el prójimo en este caso eran sus hijos y sus nietos, entre los que me incluyo.

Pero la muchacha animalista, progresista, feminista y fea, que todo va junto en el mismo lote, ha conseguido que ahora, casi cinco décadas después, a mí me esté sentando mal el arroz con conejo que me comí entonces, cuando yo era un niño, y que con tanto afán cocinaba mi abuela en una sartén, al calor de una lumbre de palos, porque aún no había llegado a las casas la cocina de gas butano.

Para que luego digan que los partidos animalistas no sirven para nada. Y es que a las gilipolleces les pasa lo que a los ríos, que si no se encauzan a tiempo, luego se desbordan, y ya no hay solución.

 

Blas Ruiz Carmona