Salido de cientos de chiringuitos de Género que nos cuestan un riñón a nosotros y a los incautos europeos que creen que ese dinero va destinado a igualdad, antros que dan trabajo a mujeres en su mayor parte no aptas para ayudar a otras, sino más bien para meterlas en un buen lío, por su visceral fanatismo, nula preparación y absoluta dependencia económica de una paga mensual de género, el cuchicheo que en ellos va y viene ya es un clamor popular ampliamente extendido: «¡Tú denuncias a ese cabrón un viernes por la tarde, hazme caso, ya me dirás, bonita!»

 

De modo que cuando un varón es denunciado un viernes por la tarde, será detenido de modo preventivo y hasta el lunes siguiente no pasará a disposición de una Jueza de Género en un Juzgado de Género en donde se le aplicará una jurisprudencia de género y recibirá un auto o sentencia de género, ya que los Juzgados de Género o Juzgados para Mujeres, antes Juzgados de Familia, abren sus puertas exclusivamente de lunes a viernes de 9:00 a 14:00.

 

Cabe pensar que esta macabra dilación de la detención de todo varón en España, como es retenerlo hasta tres noches en un calabozo, sin diferenciar en él a un verdadero maltratador de un inofensivo y desorientado padre de familia, constituye una tortura física y psíquica, una medida a todas luces inconstitucional que antes ha sido diseñada con todo el tiempo del mundo, porque no encaja en absoluto, que un hecho tan grueso y tan grosero, de tanta bajeza moral y de tan malos instintos, pueda escapar a una jurisprudencia feminista radical redactada a mala conciencia.

 

Y así, un hombre corriente que ha sido esposado a la vista de sus desconsolados y perplejos hijos, conducido a uno de los varios coches policiales que con sus luces giratorias y estridentes sirenas alertan al vecindario y a medio barrio entero de la detención de un nuevo maltratador. Que, en dependencias policiales es fotografiado de frente y de perfil, al que por primera vez en su vida se le toman las huellas dactilares en una cartulina para delincuentes y se le conduce a un calabozo con la sola compañía de una manta cuartelera para arropar el frío de la noche, ese frío helador en sus huesos y en su alma, constituye un proceder propio de un Estado carente de las más mínima humanidad, un régimen insano, dirigido por gente resentida y fría, gente que antes ha analizado una forma concreta de detener y retener, encerrar y enclaustrar con el único objetivo de infringir de entrada, a las primeras de cambio, un castigo de máxima dureza que desgaste al reo físicamente y que a la vez le provoque un estado psíquico de vulnerabilidad. 

 

El maltratador ya está enjaulado, ha pasado tres noches en un reducido calabozo, el inocente toma un primer contacto con el régimen al que se enfrenta. Ya es lunes por la mañana, ahora demos unos sorbos de imbebible café al culpable y pongámoslo de esa guisa, sin afeitar, ojeroso, despeinado, frente a una Jueza especializada en Género que contará con varios informes de género, refritos hechos por psicólogas, peritas en Género, y demás especialistas de la mentira. Jueza que con esos informes amigos decidirá sobre su vivienda, sus hijos… y que con sólo cursar una orden de alejamiento lo enviará al destierro.

 

Esa mañana de lunes, el detenido, culpable sólo por haber nacido varón heterosexual y ser autóctono de España, pisará por primera vez en su vida, aunque no será la última, un templo sagrado plagado de feroces feministas que deambulan por doquier. Todo está previsto, atado y bien atado, pues el reo llega bajo «El síndrome de la detención ilegal», un síndrome diseñado por el mismo Estado de Género para debilitar a sus presas antes de ponerlas en presencia de Su Señoría que lo despacha en unos minutos, porque hay muchísimo trabajo ese lunes, ya que todos los lunes llegan los encerrados el viernes, el sábado y el domingo. Los hechos son incontestables y los casos de violencia machista constituyen hechos delictivos como calcados unos de otros.

 

Pero vayamos al grano, el reo, en un estado de absoluta indefensión, como drogado por altas dosis de injusticias y un trato inhumano e inconstitucional, firma lo que esperable que firme, una Sentencia de Conformidad que no tendrá recurso posterior alguno, porque es una declaración de culpabilidad firmada de puño y letra. Automáticamente su nombre pasará a un Registro Central de Maltratadores, también pagará las costas del Juicio de Género y se le bloqueará la posibilidad de toda custodia compartida.

 

Ese mismo lunes a media mañana, si tiene suerte, se le dejará entrar en su casa sólo diez minutos para recoger sus pertenencias personales. Llegará esposado, dos o tres coches patrullas bloquearán la salida del edificio y pasará a estar controlado con una pulsera electrónica para evitar que se acerque a la que ya dejó de ser su vivienda habitual. Su familia, su barrio, sus vecinos y amigos ya lo verán como un maltratador. Se siente solo, incluso ha perdido el calor de sus hijos, sus únicos afectos en este asqueroso mundo.

 

La fiera es arrojada a las calles. Deambulará días, semanas, a todas horas del día y de la noche mascullando el cúmulo de injusticias que le ha caído encima, sin ser capaz de comprender nada, porque nada es comprensible, sino una estafa, y él, el pobre de él, ¡se siente tan inocente! Su razón irá deteriorándose, el rencor, el ansia de venganza que pide con impaciencia un desenlace y una insoportable desesperación irán apoderándose de él e inundarán sus vísceras ya desprovistas de alma. El Estado de Género ya tiene un nuevo depredador, es hijo de Presidentes y de altas cargas del Estado, una criatura de su época, heredero de su tiempo.

 

Llegado ese momento, bonita, la suerte está echada.

 

José R. Barrios