Anidan las cigüeñas en las ruinosas torres, bandadas de grajos revolotean sin dejar de crascitar, las ovaladas palas de los nopales muestran al sol de otoño sus flores encarnadas…

 

En estas primeras horas de la tarde hace sol, un sol maduro y claro, tibio y perezoso, acompañado por el sutil rumor que las quemadas hojas de los árboles arrastran en su caída. Todo brilla extrañamente. Dentro del parque, me siento en un banco ocupado ya por un anciano. ¿Me habla? ¿A quién habla este hombre que, inclinado, apoya su mentón en el báculo que sostiene entre las manos?

 

El sentido de la ciudad, de la nación, en esta hora del otoño, tiene algo de pasajero. Un sentimiento de miseria, de tristeza, de enfermedad, me invade poco a poco. A pesar de que las nubes comienzan a mostrar su presencia, el cielo aún es grande. Pero me resulta inevitable comparar a la España de hoy con aquella nación a caballo de los siglos XV y XVI en que ninguna gran empresa parecía imposible, porque era precisamente lo quimérico lo que incitaba el espíritu.

 

Y recordar a aquella reina -Isabel I- que dando ocupación a todos los hombres distinguidos en cualquier ámbito de la actividad humana, devolvió a España la justicia y con ella un enérgico orden, unos celosos y eficaces funcionarios y unos ecuánimes y esforzados jueces, logrando con todo ello y con el afán unificador y solidario, que no recayera por puro azar la gloria y la responsabilidad del Descubrimiento sobre nuestra nación, en lugar de sobre cualquier otro país.

 

Tiempos aquellos en los que las universidades atraían estudiantes y letrados de toda Europa y que en nuestro suelo se hallaban la mayoría de ellas, y en ellas impartían saberes y cordura los más prestigiosos intelectuales de Occidente. España entonces era «un mercado del saber», y ahora es un mercado de corruptos porque los doctorados que se transmiten nada tienen que ver con la erudición sino con la compraventa, y son tan fraudulentos como sus beneficiarios, que son precisamente quienes ordenan y presiden la cloaca.

 

¡Qué tristeza evocar entre tanta maldad, vulgaridad y miseria, entre tanta mancilla a la palabra «democracia», los días en que todo un emperador de Europa -Carlos V- si quería ser reconocido rey de una parte de su propio país tenía que arrodillarse ante el justicia mayor de Aragón y escuchar: «Nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os hacemos nuestro rey con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no».

 

Y nadie entonces presumía de demócrata, tal estilan hoy falsariamente las menguadas izquierdas resentidas y sus cómplices, porque la democracia, como la nobleza, se lleva en la sangre y se demuestra con los hechos, no con los decretazos ni con la propaganda. Y si cada uno de nosotros lleva a cabo a lo largo de su existencia su propio sueño, resulta oportuno comparar los anhelos de aquellos antecesores nuestros que albergaban sueños de conocimiento y de gloria y que nada o poco medraban con el fruto de sus enormes esfuerzos y revelaciones, compararlas, digo, con las pretensiones de estos ventajistas coetáneos que sin arrostrar peligro alguno, sin grandeza alguna en el fondo de sus almas, conscientes de la inmunidad de sus abusos y delitos, procuran y obtienen el enriquecimiento inmediato y la propagación de su estrago y de su rencor.

 

Nada que ver estos caraduras actuales, estos ayunos de ciencia y de virtud, empeñados en desprestigiar a su propio país y en mentirnos sobre la libertad y la democracia, con aquellos españoles que salían de su patria para alcanzar la gloria, y para defender fe y principios, y que tras conquistar lo desconocido, reducían su epopeya a aquellas memorables y significativas palabras: «Nos batimos y esforzamos mucho, tanto contra los hombres como contra los elementos y, si mucho padecimos, comimos y bebimos muy poco…».

 

Este es el amplio y profundo sentido humano de la España de aquella época, en la que tantos españoles se sentían atraídos por las utopías de Europa y América, adonde iban para no regresar jamás, salvo unos pocos, con más cicatrices que riquezas, contando: «cenamos mal y tarde…». Pero, hoy, ¿qué nos queda? ¿Pueden hoy nuestros ojos hallar algo parecido a aquellos prototipos de la estirpe española? ¿Algo que se asemeje a aquel linaje de gigantes?

 

No; hoy sólo vemos un pueblo embrutecido, unas instituciones ignominiosas y unos dirigentes y funcionarios salteadores, pervertidos o venales. Y no escuchamos gestas insignes ni escribimos crónicas que permanezcan en la memoria del pueblo con la fuerza dramática de la perfección, sino flatulencias albergadas en las mentes de los psicópatas que medran a costa del erario público: «En aras de la absoluta destrucción de España vamos ya por el Tercer Frente Popular, y estamos dispuestos a seguir añadiendo nuevos Frentes hasta que los españoles entiendan que hemos conseguido el objetivo».

 

En estas palabras premonitorias que contienen toda la capacidad reflexiva, toda la filosofía moral e ideológica, de las izquierdas resentidas que adoctrinan y codirigen el país en feliz y arrogante alianza con separatistas, filoterroristas y demás cómplices, se halla la realidad española de esta lamentable hora. Y todos estos gobernantes que hemos sufrido durante la frustrada transición, acompañados de la copiosa recua de sus partidarios, que envidian la virtud y odian la excelencia, son o han sido como las arañas que de las flores sacan ponzoña, pues sólo veneno han extraído de la inigualable herencia que recibieron del franquismo.

 

Si no puede ser lícito enseñar o dejar en mano de los villanos las cosas que pertenecen o que deben manejar los nobles, porque, como gente baja que son, las menoscabarán y degradarán, es evidente que los españoles han hecho dejación de su soberanía y han permitido que la vulgaridad más asqueante y el odio más destructor les hayan impuesto sus baldones.

 

Cuando en la actualidad el pueblo español vota, demuestra que sólo dos de cada diez españoles entienden las palabras de don Quijote a Sancho: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres… ¡Venturoso aquél a quien el Cielo le dio un pedazo de pan sin que le quede la obligación de agradecérselo a otro que al mismo Cielo!».

 

Si el hombre no vale más que sus hechos, como también advertía don Quijote a Sancho, ¿qué vale esta gentuza, sino cieno? ¿Qué podemos pensar de una democracia en la que el que ha sido elegido para hacer justicia comete desafuero; una democracia en la que delinque el que está destinado a castigar el delito? Pero estas reflexiones hoy parecen inútiles dirigidas a un país de cautivos, como es España, un pueblo de esclavos voluntarios que han entregado su libertad y pundonor a la avilantez de dementes y delincuentes.

 

Salgo de mis pensamientos y dirijo la mirada al anciano que, a mi lado, permanece impenetrable. Las voces de la calle y las ruedas de los automóviles urden un entramado sonoro. ¿Qué habla, a quién habla este hombre cabizbajo que hunde su cabeza en el pecho? No, no habla con nadie; es decir, habla con su propia imagen reflejada en el cielo de España, fulgida en el tiempo de otoño; tiempo fugitivo, resbaladizo y provisional. Miré los muros de la patria mía…

 

A punto de ocultarse el sol, llamean las nubes sobre la fronda, y el rojo del ocaso se refleja en los edificios. El atardecer estira las últimas luces en un cielo repentinamente nublado que sugiere una melancólica invitación al descanso. Los últimos días de noviembre se muestran reacios a dejarse avasallar por el frío de un invierno empeñado en anticipar sus temporales políticos. Estoicamente, el otoño resiste aún las embestidas de los leviatanes y con parsimonia va desprendiéndose de hojas mustias que al arrinconarse en el jardín, susurran una letanía.

 

Es tiempo de otoño, tiempo de decadencia. De pronto, el anciano despierta de su sueño, alza la cabeza, y dice: «Este país no volverá a ser España hasta que no se ponga a cada uno en su sitio: ¡los que sean aptos para servirla, a las instituciones; y los ladrones, a la horca! ¡No quisiera morirme sin comprobar que a España han regresado, claras y vigorosas, la educación y la justicia!».

 

Jesús Aguilar Marina