En la lección de hoy vamos a tratar el tema de la corrección política que entra en nuestras casas por la antena de televisión y sale por nuestro cerebro causándole daños de difícil o imposible reparación y que, por tanto, deberían ser indemnizados por sus responsables. Pero no nos vamos a fijar en el contenido de los telediarios porque una exposición prolongada a sus efectos podría producirnos serios trastornos psicológicos  e incluso enfermedades coronarias. Vamos a centrar nuestra atención en los anuncios publicitarios donde  la estulticia, que es la madre biológica de la corrección política, siembra sus perlas de un modo verdaderamente particular porque en vez de hacernos rabiar nos hacer reír con sus extravagancias. Y porque al fin y al cabo no nos obliga a tragar sus  sapos, ya que nos permite no comprar el producto ofrecido sin que por ello nos veamos privados de alternativas.

Vamos a analizar dos ejemplos con detalle, que me servirán un día para desarrollar  una tesis doctoral sobre el desgaste neuronal por adoctrinamiento televisivo  con la que quizás pueda encontrar trabajo en una clínica psiquiátrica  cuando casi todos los españoles lo hayamos perdido. Falta poco para ello porque parece que Pedro Sánchez va a encomendar a sus amigos  comunistas las políticas de empleo. Pero volvamos al tema que nos ocupa y no nos desviemos, aunque hoy lo correcto políticamente  sea  -y valga la redundancia- desviarse del camino correcto. Estudiaremos solo dos anuncios porque no nos conviene someter nuestro cerebro a un estrés que nos impulse a lanzar un martillo contra la pantalla del televisor, lo que sería catastrófico pues nos impediría ver por las noches el debate de Intereconomía y enterarnos de lo que realmente pasa en España.

Descripción del primer anuncio: Una madre de familia  entra súbitamente en el dormitorio de su hija  lesbiana y la sorprende  en el momento en que se dispone a morrearse con otra chica. La señora  comprende que ha sido inoportuna  y, con una sonrisa benévola -¡ay, qué complacientes son las mamás de hoy…!-  se retira cerrando la puerta dejando tranquilas a las dos adolescentes. A continuación la mamá acompaña a su hija y a la novia de ésta a unos grandes almacenes del bricolaje -cuyo nombre no citaré salvo que se me escape- para comprar “un pestillo enorme” para la puerta de su habitación que le garantice en adelante su privacidad. El mensaje de esta empresa podría haber sido, por ejemplo: “vendemos cerrajería de la mejor calidad”. Pero no; no es ese el mensaje que pretende dar sino este otro: “las chicas lesbianas tienen derecho a disfrutar a sus anchas y sus padres deben aceptar con total naturalidad sus relaciones sexuales garantizándoles la total intimidad. Y en tal caso esta empresa dispone de toda clase de cerrojos e incluso de material para insonorizar las paredes de su dormitorio  si llega el caso”. El mensaje podría dar a entender también –ya que su lenguaje implícito es muy sutil- que si las dos chicas son algo retozonas y a consecuencia de sus brincos su  cama se descuajeringa la empresa dispone de una amplia gama de herramientas para repararla sin tener que tirarla a un contenedor. Pero yo voy a transcribir el mensaje primario y explícito que el anuncio lanza al mercado en el siguiente cuarteto, porque es así como mi cerebro procesa las ideas que se le suministran en prosa:

“Para no poner el ojo

donde no debes mirar

la solución es comprar

en Leroy un buen cerrojo”.

 

Ahora bien: éste solo es el mensaje superficial, el que todos percibimos a la primera sin esfuerzo. Pero el más amplio y profundo que contiene nos revela de un modo preciso la situación moral a la que nos han llevado los políticos que nos han gobernado desde hace cuarenta años, y especialmente desde que Zapatero nos puso medias suelas para que marcháramos todos con él por los caminos de la progresía y para que a España no la reconociera ni la madre que la parió, objetivo principal de su partido como ya dijera en su día Alfonso Guerra. Y este mensaje más extenso,  que consiste en que los papás deben ver con buenos ojos todas las cochinadas  que sus hijos hagan en casa yo lo traduzco en la siguiente poesía:

 

“Por delante o por detrás,

boca arriba o boca abajo,

cuando llegues del trabajo

a tus hijos los verás

tentados por Satanás

en estado de relajo

gozando con desparpajo

y no los reprenderás.

Con uno, con dos o más,

con mesura o a destajo,

            sobre la colcha o debajo…

¡de nada te asustarás!”

 

Ahora bien: todo poema subliminal que  me desagrada produce en mi cerebro un contrapoema. Y éste es el  que acaba de brotar de mi mente. No es gran cosa, pero deben disculpar sus disonancias que, sin duda, son fruto del estado de aturdimiento en el que me encuentro después de haber escuchado las últimas noticias, que auguran la  ruina inminente de mi patria. Dice así:

 

“En esta España de hoy

quien no es lesbiana es gay.

Y aunque ofensivo no soy

yo acuso al señor Rajoy

de todo este guirigay

-no porque fuera julay

pues yo seguro no estoy-

sino porque el tío… ¡ay!

hizo a la izquierda guay

yendo con ella en convoy

-bien equipado en Leroy-

de Paraguay a Bombay

haciendo escala en Alcoy.

¡Esto es todo lo que hay

y ya me callo y me voy!”

 

Sí; me voy pero me quedo, como decía el poeta. Me quedo un poco más porque me queda por analizar otro anuncio, éste salido de la mente privilegiada de un doctor en marketing por la universidad que le dio el título a Pedro Sánchez. Esta vez no meteré la pata y no mencionaré marca alguna, no sea que acabe yo triturado, cocido, rebozado y envasado como unos sabrosos doritos:

Descripción del segundo anuncio: Un negro se está comiendo el contenido de una bolsa de chuches con verdadera fruición porque al parecer están buenísimos. Se le acerca un blanco y al ver que la bolsa ya está vacía  se abalanza sobre su mano y le chupa un dedo en la confianza de que se le habrá pegado algo del sabor de los chuches, quedándose  plenamente satisfecho de su ocurrencia.

Comentario: Si en el anuncio los dos personajes fueran blancos el mensaje sería bien claro: estos chuches saben tan bien que el que llega tarde a comérselos se puede consolar chupando el dedo de quien llegó primero (aunque siempre quedaría la sospecha de contener un mensaje subliminal de naturaleza homosexual). Si el que se los come fuera blanco y el que le chupa el dedo negro, el mensaje no pasaría el filtro de la corrección política y a los pocos días de  su emisión la empresa habría quebrado o se habría salvado in extremis si su director, postrándose de rodillas ante la progresía mundial al estilo canadiense, pidiera perdón entre lloriqueos poniendo fin a esa campaña publicitaria y alegando no haber tenido ninguna mala intención al contratarla. Pero he aquí que, conforme a la corrección política al uso, quien se come toda la bolsa de chucherías es  un negro y quien se lanza, hambriento, a chupar su dedo en la esperanza de libar en él su néctar es un hombre blanco. El mensaje no puede ser más claro: “Es perfectamente posible que sea un negro el que sacie su apetito mientras un blanco pase hambre y le mire con envidia. Y que  el blanco se humille ante el negro chupándole un dedo para extraer los restos de la comida que estaba disfrutando él solito debe aceptarse como la reparación de una injusticia histórica que el  socialismo tiene el deber de corregir”. Este mensaje pretende que nuestro cerebro elabore y recite inconscientemente el presente mantra en forma de cuarteto:

“Si un blanco le chupa a un negro

hace bien y yo me alegro;

pero si es negro el que chupa

el disgusto me hace pupa”.

 

Pero mi cerebro se rebela ante tamaña estupidez y transforma ese mensaje en otro con el que termino este artículo en la esperanza de sobrevivir a mi osadía y  seguir en contacto con ustedes hasta que la muerte o el Gobierno me silencien. Aquí lo tienen:

“Te hablo para que escuches

lo que te voy a explicar:

Y es que cuando comas chuches

no tienes que tolerar

que venga un tío a chupar

los restos de tus  estuches.

Pero le puedes dejar

-para que con él no luches-

que se te acerque a libar

lo que puedas exudar

siempre que después te duches”.

 

 Alberto González Fernández de Valderrama