El siglo XX ha sido, desgraciadamente, el siglo de algunos de los mayores genocidios de la historia de la Humanidad: terribles y sistemáticos procesos de exterminio de un grupo social por motivos raciales, políticos, religiosos o de cualquier otro tipo.

Hay que empezar esta macabra lista por el más conocido, el abominable holocausto nazi, que segó la vida de unos 11 millones de personas[i], fundamentalmente judíos pero también gitanos, católicos, eslavos, homosexuales y discapacitados de todo tipo.

Siendo este el más notorio (y para algunos el único existente), hay otros que no se le quedan a la zaga en cuanto a salvajismo y crueldad. Sin ánimo de ser exhaustivo en esta lista del horror, aquí van algunos:

  • El genocidio turco sobre la población armenia, asiria, griega, cristiana maronita y kurda entre 1914 y 1918 (unos 3,0 millones de muertos).
  • La “decosaquización” llevada a cabo por los bolcheviques entre 1919 y 1920 contra los cosacos del Don, que segó la vida de unos 300.000 de ellos
  • El “Holodomor”, la terrible hambruna provocada por Stalin en Ucrania, principalmente, pero también en Kazajistan y otras regiones de la URSS en 1932-1933, que mató de hambre a unos 3,5 millones de personas.
  • Otros asesinatos en masa y deportaciones ordenadas por Stalin, incluyendo a los rusos de origen polaco en 1940 (unos 100.000), a los chechenos en 1944 (unos 700.000), a lituanos, letones y estonios (unos 100.000) en 1945-1946 y a los tártaros de Crimea (100.000) en los mismos años, sin contar con los millones de disidentes deportados por el Gulag a Siberia, donde muchos murieron, entre 1930 y 1960, calculándose del orden de 1,5 millones los fallecidos.
  • Las masacres japonesas en China entre 1937 y 1945, fundamentalmente en Manchuria, que dejaron 2,5 millones de muertos
  • La gran hambruna provocada en ciertas regiones de China al final de los años 50 por Mao Ze Dong (20 millones de fallecidos)
  • Las matanzas de tibetanos a manos del ejército de la China comunista en 1959 (1,5 millones)
  • Las matanzas de unos 100.000 harkis (musulmanes colaboracionistas con Francia) en Argelia después de su independencia en 1962.
  • Las atrocidades cometidas contra la población civil en Biafra (Nigeria), en los años 60, con más de 1 millón de muertos y varios millones de desplazados.
  • Las 50.000 personas asesinadas en Etiopia por el dictador marxista Megistu Haile Marian en 1976-77
  • Las masacres cometidas en Camboya por los Jemeres Rojos entre 1975 y 1979 (unos 2,5 millones de muertos)
  • Las matanzas de timorenses en Timor Oriental por las fuerzas armadas indonesias entre 1974 y 1999 (150.000)
  • Los 800.000 hutus asesinados por la población tutsi en Ruanda en 1994

En esta terrible lista de atrocidades, que suma casi 50 millones de víctimas, no está incluido el mayor de los genocidios, el que ocurre silenciosamente cada día, cada hora, a lo largo y ancho del mundo, no solo sin que nadie levante su voz contra él, sino disponiendo de un coro satánico que lo defiende, lo alienta y lo justifica como un gran avance de la Humanidad. Me refiero al ABORTO, lo que eufemísticamente se llama “interrupción voluntaria del embarazo” pero que realmente es el asesinato impune y sistemático de seres humanos no nacidos, tan inocentes o más que los millones de asesinados en la lista terrorífica de genocidios del siglo XX.

Según datos del Guttmacher Institute, una conocida organización criminal pro-aborto de los EE.UU., en el mundo se realizan anualmente unos 56 millones de abortos inducidos (no naturales), esto es, unos 150.000 al día (incluidos sábados, domingos y festivos), unos dos por segundo[ii]. En los cinco minutos que Ud. ha tardado en leer este artículo han sido asesinados 600 seres humanos no nacidos.

 

La docena y media de inauditas matanzas listadas al principio de este artículo, que estremecen a cualquier persona normal que las conoce, se repiten, año tras año, día tras día, contra los seres más inocentes de la creación, los no nacidos, sin que nadie diga ni haga nada para evitarlo. Un número de personas mayor que la población de toda España es asesinada, con la complacencia de casi todo el mundo, todos los años.

Para darnos una idea de la magnitud de ese genocidio silencioso, pensémoslo en comparación con los genocidios reconocidos. Así, las matanzas comunistas en China (20 millones), probablemente el mayor genocidio conocido si se mide en número de fallecidos, se repiten en forma de aborto cada 140 días; cada 72 días se asesina a un número de no nacidos equivalente a las víctimas del terrorífico holocausto nazi, que espanta a cualquiera que no sea un monstruo; las diferentes masacres cometidas por Stalin, uno de los mayores genocidas de la historia de la Humanidad, equivalen a los abortos de 41 días; las matanzas japonesas en China, similares en número a las de los Jemeres Rojos en Camboya, a los abortos de 16 días cada una de ellas; las terribles matanzas de hutus en Ruanda, las que todos tenemos más frescas en la memoria, a los abortos de ¡solo 5 días!.

 

Y no piensen Uds. que estos crímenes ocurren solo en las antípodas, en países subdesarrollados y con un nivel cultural bajo o en regímenes totalitarios como China. No, esto está ocurriendo en su ciudad, incluso puede que en su calle, donde perfectamente puede existir un abortorio, completamente legal (desgraciadamente), que se lucra con el negocio de la muerte, del asesinato impune de seres inocentes: solo en España, en 2018, fueron asesinados 94.000 niños en el seno de sus madres.

 

Hoy día nos escandalizamos por hechos históricos que demuestran una crueldad y una deshumanización para nosotros inconcebible, como los sacrificios humanos en ciertas civilizaciones o la esclavitud, pero que en su época eran perfectamente normales y aceptados por casi todos, como ahora el aborto. Las futuras generaciones, quizás dentro de muchos años o quizás dentro de no tantos, verán el aborto y a todos los que lo han apoyado o hecho la vista gorda como una atrocidad comparable, si no superior, a esas otras atrocidades cometidas en la larga historia de la Humanidad.

El aborto es un infanticidio en masa, es el mayor genocidio de la historia de la Humanidad. Es un crimen execrable. No existe una sola razón para justificar el asesinato de un ser humano inocente, cualesquiera sean las circunstancias en las que ha sido concebido o las discapacidades que pudiera llegar a tener una vez nacido incluyendo, por supuestísimo, el ‘síndrome de Down’ o cualquier otro.

El debate sobre en qué momento de la gestación el feto pasa de ser una “cosa” a ser un ser humano, si no fuera por las horrorosas consecuencias que tiene, es simplemente grotesco. El argumento de que “la mujer es dueña de su propio cuerpo” no resiste el más mínimo análisis racional, ni ético ni científico. Y, no digamos, el diabólico lema de las pro-abortistas: “nosotras parimos, nosotras decidimos” … con esa misma justificación, ¿por qué no se legaliza el infanticidio? Y ya puestos, ¿por qué no el asesinato de los hijos hasta que alcanzan la mayoría de edad?

 

Los responsables de este genocidio, evidentemente, no son las mujeres que abortan. Algunas, las menos, abortan irresponsablemente porque han mantenido relaciones sexuales sin tomar las precauciones necesarias y han quedado embarazadas sin desearlo; esas no tienen justificación de ningún tipo. La gran mayoría aborta por qué sacar adelante a ese hijo supone una dificultad, mayor o menor, o un simple sacrificio, pero sobre todo porque, por un lado, reciben machaconamente el mensaje de que abortar es algo banal, natural, irrelevante, incluso bueno, como el que se extirpa un pequeño quiste y, por otro lado, porque encuentran todas las facilidades para matar a su hijo, infinitamente más facilidades que para parirlo y criarlo, cuando no son directamente empujadas al aborto.

 

Los verdaderos responsables son, en primer lugar, los innumerables “lobbys” pro-aborto, cuyos objetivos son para mi incomprensibles excepto por influencias sobrenaturales (me refiero a Lucifer), que han creado en la opinión pública la idea no solo de que el aborto es un derecho, sino que es algo bueno, moderno, progresista, un signo de libertad; seguidos muy de cerca por los gobiernos de la gran mayoría de los países, que no se conforman con legislar para permitir el aborto, sino que utilizan los fondos públicos para financiar los infanticidios, que en caso de la más mínima duda (y a veces sin ella) empujan a las mujeres a abortar y, sobre todo, que no establecen los mecanismos necesarios para ayudar a las futuras madres con dificultades a criar a sus hijos o para facilitar la adopción de los niños no deseados por otras personas que anhelan criar a esos niños como propios.

 

Que Dios los perdone, lo van a necesitar.

 

[i]            Cifras orientativas, pues varían mucho de una a otra fuente, que pueden ser discutibles pero que solo intentan dar un orden de la magnitud de la atrocidad cometida.

[ii]            Otras fuentes elevan el número de abortos provocados anualmente en el mundo a 88 millones.