Durante bastantes años después de la transición se decía en círculos de la derecha docta, a modo de conjuro “si Franco levantara la cabeza…”. Vizcaíno Casas, talento e ingenio por igual, proclamaba el “viva Franco, con perdón” señal inequívoca de que lo políticamente correcto, impuesto por la izquierda y que la derecha asume sin rubor, comportaba la admonición y condena de cuanto tuviera que ver con Francisco Franco y su incontestable, hasta su muerte, caudillaje. Hoy, ya sólo queda un resignado “esto con Franco no pasaba”, que pudiera despertar a las generaciones posteriores a 1975, cuya idiocia inducida en la enseñanza les otorga una ignorancia supina en lo ocurrido con la II República y el llamado franquismo, pues tal comparación resultaría odiosa para los actuales regidores de la mal entendida democracia.

 

Al no creer en las “afinidades colectivas” que impuso Goethe, aún dentro de un mismo espectro ideológico, sentimental o político, y considerar que el franquismo resulta imprescindible conocerlo, enseñarlo y vertebrarlo en el contexto actual, resulta imprescindible el análisis de como era Francisco Franco y su comportamiento, coherente, como gobernante y en su vida privada. De ahí sacaríamos la conclusión de que algunos que se dicen franquistas, de buena fe, serían rechazados por Franco por extremistas, exaltados, inadaptados, poco dotados o incongruentes.

 

Conozco algún historiador que sostiene que la mala defensa que se hizo de Franco y su obra, por parte de quienes se consideraban sus herederos, a su muerte es “lo más difícil de defender, razón por la cual fue tan fácilmente desmontado. Aunque nadie duda de la rectitud de las intenciones y la buena fe de los protagonistas, el resultado así parece evidenciarlo. Hay quien no se ha dado cuenta y se ha convertido en “estatua de sal”.

 

Cuando la defensa de Franco, en la batalla de la profanación de su tumba, se está llevando con absoluta seriedad y rigor, confrontando el estado de derecho con la arbitrariedad del poder, el despotismo frente a los derechos fundamentales, por parte de la familia, de la Fundación Francisco Franco, de la Comunidad Benedictina y de la Asociación para la Defensa del Valle, surge la “trivialización de lo sagrado” y una iluminati, a la que los enemigos del franquismo prestan sus altavoces para la caricatura, el sarcasmo y lo grotesco, se cree con capacidad de convocar a una fiesta revival, trasladando, a lo que se ve, el Pardo a su casa. ¡Si Franco levantara la cabeza!.

 

Nadie debería, por imperativo moral y mandato de su fundador, asumir un innecesario protagonismo o mira personal “ante los supremos intereses de la patria y del pueblo español”, entre los que Franco ocupa un lugar preeminente en la historia. Imitar a Demócrito de Abdera, transcurridos mas de dos mil quinientos años, no parece lo más sensato tratándose de un estadista de la dimensión de Franco.

 

Convengo con Erasmo de Rotterdam, en su “elogio de la locura”, en detestar “al convidado con memoria”, y también en que la locura es mujer, en ciertos aspectos y comportamientos vitales. Recuerdo aquel proverbio griego que dice “a menudo un loco razona bien”, a menos que no penséis que esto no incluye a las mujeres.

 

Dejemos que la historia cumpla su función cognoscitiva y aleccionadora y en nuestra pequeña dimensión temporal, no hagamos baladí lo fundamental.