En pocos días, una le ha cortado la cabeza al marido, la ha cocido en una olla para que no oliese y se la ha enviado en una caja a una amiga a fin de que se la guardase; otra ha estrangulado a su hijo de siete años con el cinturón de un albornoz y le ha llevado el cadáver a su suegra, para que se jodan la vieja y el hijo de la vieja, la darán por loca, pero para coger el coche y llevar a un niño recién estrangulado, aún caliente, para eso no está loca; otra dice que su ex marido quería atropellarla y lo denuncia en vísperas de un juicio en el que se juega cantidad de pasta gansa; otra se ha encerrado en una embajada para no entregar a su hijo a su padre al que le han dado la guarda y custodia plena; otra ha acuchillado a su novio; otra ha visto cómo la ministra española de Justicia, una tal Dolores Delgado, ha escrito una carta a su homólogo, el ministro de Justicia italiano, sobre su caso, el caso Juana Rivas, el de una señora ya condenada por secuestro de dos menores, ministro italiano que ante hecho tan insólito le ha enviado una respuesta dándole largas al objeto de no mezclar el Poder Ejecutivo con el Poder Judicial, aunque aquí, en España, el Poder judicial está sometido al Poder Ejecutivo que es quien nombra a sus magistrados y además los teledirige desde el Consejo General de Poder Judicial (CGPJ) vía Guías de recomendaciones o Catecismos Inquisitoriales de Género al objeto de que cada juez o jueza cumpla la doctrina oficial, máxime si saben de antemano que van a revisarse sus sentencias para comprobar si él o ella está debidamente  formado –léase deformado– en Género.

Lo que pasa aquí, en Femiespañistán, es que gran número de mujeres, por no decir todas, se ven con tantos derechos y con tantas leyes inconstitucionales y abusivas a su favor que se creen que pueden hacer, literalmente, lo que les dé la gana con su ex maridos, no digamos ya con sus hijos, piezas de segundo o tercer orden, los más maltratados por un Estado español a la deriva que se desentiende de la Infancia y en manos de Zapateros, Sánches, De las Vegas, Calvos, Carmonas, Leires, Bibianas, Delgados, Robles y demás chusma de socios y socias listos, padres y madres de la abortiva y abortable Ley Integral de Violencia de Género (2004) y del Pacto de Estado contra la Violencia de Género (2017), altos y altas cargas del Estado con los que hemos tenido la mala suerte de toparnos, pues van camino de cargarse tres generaciones seguidas de españolitos de Género: la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos.

La violencia, hay que decirle a tanto y tanta vividora, aunque lo saben de sobra porque viven de esa mentira, no tiene Género y, si acaso lo tiene, entonces tiene dos, el masculino y el femenino.

¿Que qué pasa aquí?, pues lo que está pasando es que quienes tienen ventaja, las mujeres, abusan y reabusan de ella. Nadie que se vea ganador se deja perder, aunque sea de forma inmerecida. Claro que entonces, porque siempre ganen unas usando atajos, trampas de una ley ilegal, perdemos todos, pierde toda la sociedad española en su conjunto, varada en un enfrentamiento entre sexos provocado por políticos y políticas de baja estofa que medran en los bajos fondos de la capital del país, Madrid, entre despacho y despacho de abogada feminista sectaria subvencionada desde tiempos de Felipe González, las redactoras de la jurisprudencia feminista radical que hace añicos la nación, porque ni las ministras ni los presidentes vienen siendo capaces de redactar dos líneas seguidas, ya que únicamente saben hablar y repetir lo mismo una y otra vez alrededor de una única mentira con distintos disfraces: igualdad que es extrema desigualdad.

           

            José R. Barrios