Aristóteles dice que “la verdad es una”, significando que toda realidad verdadera, ha de integrarse y compenetrarse en el conjunto de realidades como parte de ese conjunto armónico de la creación. Toda multitud se deriva de la unidad. La obra de arte es tanto mejor cuanto más se asemeja a lo que es natural.

El mejor régimen en la sociedad es el monárquico (monos-arjes, un solo principio). La experiencia habla de las disensiones que trae la duplicidad de gobernantes. El Señor se lamenta por boca del profeta Jeremías (12, 10): “Muchos pastores han entrado a saco en mi viña”. La desintegración proviene de la deficiencia de su ser. En conclusión, “la multitud es mejor gobernada por uno que por muchos” (IV, C. G. cap. 76, n. 4, 105, ed. cit.). Y así su contrario es el peor de todos al no ser justo. Aristóteles dice que: “la injusticia es tanto más cruel cuantas más armas tiene para hacer el mal. Al humano le interesa por naturaleza la prudencia y fortaleza ordenadas de suyo al bien. El hombre carente de virtud resulta más criminal debido a su capacidad inteligente para el mal”.

El mal gobierno es más soportable dividido. El axioma metafísico “bonum ex integra causa, malum, ex quocumque defectu”, tiene aplicación al caso. El bien es integral porque es integrador. El mal es el origen plural de lo disgregativo…

Santo Tomás dice que “el bien es más fuerte que el mal porque este, no tiene poder propio sino por ser débil su deficiencia interna; de forma que alardear de poder, es alardear de impotencia para el mal. El mal, no tiene causa eficiente, sino deficiente”. Y si el régimen degenera en injusticia, es preferible que esté en manos de muchos que se entorpezcan mutuamente. De ahí que entre todos los regímenes injustos la democracia sea la más tolerable y la tiranía la peor de todas”.

Pero esto tampoco es solución.

Salomón (Eclesi. 9, 18) dice: “Apártate del hombre que tiene poder de matar” (no en defensa de la justicia, sino a placer de su voluntad). En la obra “De regimine principium” de Santo Tomás (lib. I, cap. 15), el Santo explica que “la sociedad civil o política es como una nave que tiene dos aspectos: surcar el mar y llevar a los pasajeros a puerto”.

Ese bien común tiene doble cometido: inmanente (navegar) y transcendente (llegar al Cielo). Del fin inmediato hay que llegar al fin último que estriba en el Bien Sumo. En cierto sentido, ambos bienes llegan a coincidir (Santo Tomás, I-II, q. 21, a. 4, ad. 3), y dice que: “la política es una virtud, no un vicio” (a diferencia de lo que pretenden los falsos místicos o espiritualistas desencarnados o el sea el individualismo religioso o catolicismo liberal que rechaza el Reinado Social de Cristo y der su Iglesia sobre la universalidad del cristianismo romano, que se distingue por esta nota de todas las “iglesias” nacionales).

Así sucede, por ejemplo, con el libro de Maritain, en 1936, “El humanismo integral”, en el que proponía la libertad como fin último y absoluto; la nueva cristiandad laicista y aconfesional, y se alineaba con los rojos españoles contra la reacción del General Franco y el Ejército Nacional.

 “Resulta evidente que la belleza añade al bien cierto orden a la potencia cognoscitiva, de modo que se llama bien a todo lo que agrada en absoluto al apetito, y bello a aquella cuya misma aprehensión nos complace” (Santo Tomás, I-II, 27, 1). ¿Para qué contribuir a la Hacienda Pública si la Administración malgasta y oprime, sino se hace justicia y si la Autoridad consiente la avalancha del vicio…?

La esencia de toda revolución pública-atea (otra cosa es la contra revolución teista), es una rebelión de lo inferior  contra lo superior, para hacer prevalecer lo inferior. La dictadura del proletariado marxista, que tantos millones de víctimas ha causado a la humanidad, animaliza al humano, convirtiéndole en una herramienta de producción, esclavizado por el Estado y caminando a la deificación de la realidad, que tiende a la nada. Es la materia prima de Aristóteles: “aquella materia que de sí misma no es esencia ni calidad ni ninguna otra cosa por las cuales el ser se determina”.

El comunismo tiende a la nada, a lo puramente informe y convierte al hombre en engranaje de una maquinaria colosal, perdiendo la condición de hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza; se le usa o se tira según la exigencia de esa maquinaria. Decía Platón que “la anarquía conducía a la tiranía”.

¿Y la oligarquía? Es, en esencia, la misma tiranía pero repartida entre unos pocos. Peligro de la aristocracia de los mejores y más capacitados, pero pervertidos en tiranos, abusando de sus cargos.

 Veamos las grandezas de la verdadera monarquía: porque ama a Dios sobre todas las cosas, cumple con su sagrado deber de amar a la Patria a la que sirve como virtud patriótica (derivada del 4º. Mandamiento) en su triple función:

  • Piedad, como respeto a los símbolos y enseñas que la representan, y a sus glorias históricas.
  • Justicia social, que defiende primero a sus compatriotas antes que a los extranjeros, en igualdad de condiciones, y
  • Gratitud a la misma por todo el patrimonio material, cultural y moral por ella transmitido.

 

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ejemplarísimos en la Historia Universal, lograron la unidad de la fe y de progreso integral con la expulsión de los moros y judíos. La unidad de fuerzas patrias, religiosas y civiles, trajeron a España el largo Siglo de Oro, un Imperio donde no se ponía nunca el Sol.

Llevaron la cristianización a medio mundo, florecieron la literatura, la mística y el derecho en aquella potencia en la que la Iglesia y el Estado se inspiraban y protegían en un ideal común de progreso y humanismo.

 

(Continuará).

 

Padre Jesús Calvo Pérez

Párroco de Villamuñio, León.