Resulta esclarecedor cómo todas las dictaduras que en el mundo ha sido –y la española de género no iba a ser menos– achacan los males que padece el pueblo a un ente intangible que se remonta a tiempos remotos.

 

Amparo Rubiales, Diario de Cádiz (15/01/2019), una voz antigua y quebrada cuya andadura está íntimamente ligada a los orígenes del feminismo español puro y duro, lo aclara:«Desde que el mundo es mundo hay violencia contra las mujeres sólo por el hecho de serlo; es una consecuencia del patriarcado, que existe desde Adán y Eva. Hemos nacido de la costilla de un hombre y somos, pues, un derivado masculino».

Esta curiosísima afirmación, la de una ex alta carga de un partido político, merece, al menos, los siguientes comentarios:

-Tal ocurrencia no se puede comprobar o demostrar, porque el patriarcado se trata de algo etéreo, sin substanciación material. Más bien refiere éste un ente espiritual, uno de esos que tanto abomina la progresía clásica, la de pana y tortilla en arboleda.

 

-Al patriarcado se le puede achacar una lista arbitraria de innumerables injusticias y calamidades humanas.

-Puede remontarse en el tiempo tanto como se quiera, siendo lo ideal asociarlo a los albores de la civilización humana, ya que cuanto más tiempo haya estado causando determinadas lesiones de derechos, más se reclamará después para restituir los mismos con sus intereses.

 

-En la actualidad, al heteropatriarcado se le dota de cuasi existencia real y convive materializado entre nosotros, dado el uso abusivo que se hace al nombrarlo constantemente, siendo en realidad un ente incorpóreo.

A decir verdad, el palabro «patriarcado», como otros tantos más, en esencia componen una estrategia o artimaña política mediática con la que intoxicar a la sociedad a fin de utilizarlo como justificación que permita mangonear la jurisprudencia y beneficiar a un colectivo social en perjuicio de otro, también de cara a crear un modo de vida a quienes se dedican con fingido fanatismo a mantener vivo esos fantasmas, porque carecen de titulación o cualificación mínima alguna, yendo por el mundo con menos papeles que una liebre.

 

Una de las grandes enseñanzas que podemos extraer de historia de los pueblos es cómo la condición humana repite periódicamente unos esquemas calcados, máxime cuando hablamos de regímenes totalitarios que de por sí presentan rasgos definitorios comunes aun en dispar época histórica o distinta localización geográfica en que ocurren.

El 17 de enero de 1918, el régimen soviético al mando de Lenin fusiló a Dios. El partido comunista entendía que la religión era un medio para someter al pueblo y en esas, el comisario de Instrucción Pública, Anatoli Lunacharski, fue el encargado de organizar un proceso contra el Ser Supremo, sentando en el banquillo a Dios por crímenes contra la humanidad. Para ello designaron jueces, fiscales y abogados defensores. En un juicio de cinco horas, Dios fue condenado a pena de muerte. Aquel 17 de enero, un pelotón militar disparó en Moscú media docena de ráfagas de ametralladora contra el cielo para cumplir la sentencia que acababa de dictar un tribunal revolucionario.

Claro que si en algo han avanzado las dictaduras es en lo que hace referencia a su capacidad para el disfraz, ahora es empleando el indiscutible poder de seducción que tienen los medios de comunicación al objeto de moldear la opinión pública y orientarla según convenga.

Son tantas y tan variadas las técnicas audiovisuales, y está tan perfeccionado su empleo, que resulta imposible sustraerse al poder hipnotizador y embaucador que despliegan. Ya no hace falta fusilar a Dios, sino que el partido que gobierna, un nuevo mecenas, subvenciona generosamente campañas institucionales machaconas que ponen en marcha variados medios de comunicación y recuerdan a diario aquello de «teléfono 061», «¡tolerancia cero!», «¡no es no!», «¡ni un paso atrás!»…

 

A su vez, una ciencia moderna de reciente creación y que mucho bien está haciendo por el régimen es la llamada «arqueología de género». Se trata de una especialidad universitaria que ya está dando sus «frutos de género» desde subvencionados y rigurosísimos estudios sobre el pasado de la Península Ibérica que demuestran cómo allá en el Neolítico, el heteropatriarcado inició su senda de sometimiento a la mujer, manteniéndose inflexible a lo largo de miles de años hasta llegar a nuestros días pleno de poder.

José R. Barrios