Resulta cada vez más irritante asistir como espectador a un debate televisivo. Lejos quedan programas tan entrañables como “La clave” - cuya contribución al desarrollo del pensamiento crítico, aprendizaje en la argumentación y respeto al otro fue extraordinaria en esos primeros y esperanzadores momentos de la llamada Transición, luego truncados en el devenir corrupto del hace mucho tiempo putrefacto régimen del 78 - en aquella muy meritoria televisión pública todavía en blanco y negro que se realizó hasta la llegada aquí de unas cadenas privadas que, lejos de ampliar las libertades y subir el nivel por mor de la competencia, nos han traído por el contrario unos grados de cutrezy bochorno inenarrables.

 

En la actualidad, la inmensa mayoría de debates catódicos se han ido transformando en algarabías cuasi tabernarias donde sus acalorados participantes nos obsequian permanentemente con obscenas exhibiciones de ignorancia supina cuando no con burdos ejercicios de adoctrinamiento y manipulación. Unos tertulianos paniaguados que, salvo honrosas excepciones, tienen mucha opinión - no olvidemos que la desinformación consiste básicamente en transmitir opinión disfrazada de información- pero casi nada original, profundo ni interesante que decir.

 

Así, dichos “opinadores” profesionales (autoproclamados intelectuales, en el fondo y salvo gloriosas excepciones “la voz de su amo”, sofistas de tercera, mamporreros indocumentados, estómagos agradecidos, guardianes ideológicos del sistema que, encima, son casi siempre los mismos) van de tertulia en tertulia (España debe ser el país con mayor número de tertulianos por metro cuadrado del mundo) opinando sobre todo sin tener en la mayoría de las veces ni repajolera idea de nada. Normal, ya que el objetivo de estos impostores no es ni mucho menos el intercambio riguroso de pareceres en un afán común por buscar la verdad, sino imponer sus partidistas opiniones carentes del más mínimo aval argumental a los demás, pues cada uno de ellos, en un ejercicio de impresentable narcisismo, cree ya estar en posesión de dicha verdad, su verdad naturalmente. Al final, no importa lo que se dice, el contenido, sino quién lo dice, cómo y con qué torticera e interesada intención, lo cual no deja de constituir una gravísima falta de respeto tanto a la inteligencia de los espectadores como a la cosa en sí o tema de turno sobre el que se esté debatiendo.

 

El resultado: falsos debates ejecutados bajo una artera apariencia de pluralidad y precocinados (administración de tiempos, secuencia de intervenciones, etc.) dentro de los límites de la conveniencia mediática de turno y sus inconfesos intereses, cuyas conclusiones raras veces resisten el más mínimo análisis.

 

En efecto, al igual que el verdadero pensamiento no se construye mediante creencias, el genuino debate no podrá erigirse jamás sobre opiniones (pues ya se sabe que éstas son, en memorables palabras de Clint Eastwood, “como los culos, pues cada uno tiene el suyo”), sino sobre argumentos, lo cual es muy diferente (es deber ciudadano no seguir opiniones, sino desarrollar pensamiento crítico).

 

Unos argumentos expresados por medio de opiniones, claro está, pero honestas, sólidas, coherentes y basadas siempre en el conocimiento, las convicciones, la experiencia o la información. Ahí le duele. Y por favor, con respeto, algo que no está reñido con la vehemencia y sí (mucho) con el ruido.

 

Claro que…argumentar tampoco sirve de nada ante contrincantes dialécticos sectarios y semi analfabetos que ni siquiera saben dialogar y que lo único que tienen claro es que tú eres su enemigo y quieren destruirte.

 

Afortunadamente, Sócrates, Platón o Aristóteles no pueden ver hoy a estos trileros de la palabra.

 

Ricardo Herreras