Entre las fuerzas políticas con representación parlamentaria, aquellas que no comulgan con el separatismo gustan de llamarse a sí mismas “bloque constitucional”.

Podrían haber elegido otro adjetivo que les calificase de acuerdo con la idea que pretenden defender: nacional, patriótico, unionista o, simplemente, español. Pero han preferido siempre la referencia al marco legal vigente sólo desde hace 41 años y obviar la realidad bimilenaria a la que la Constitución debería servir: la nación española.

Un error que se arrastra desde hace décadas y que explica, en buena medida, la profunda crisis de identidad nacional y el descarnado conflicto territorial al que dicha crisis nos ha abocado.

Los partidos “nacionales”, abjurando de tal denominación, cedieron la exclusividad del término precisamente a quienes, en el mejor de los casos, no pretenden representar a toda la nación sino sólo a una parte de esta, su región. En el peor de los casos, dicha cesión se ha hecho en favor precisamente de quienes quieren liquidar a la nación, los secesionistas.

En las Cortes, entre los partidos con representación, tres llevan en sus siglas una alusión nacional: el Partido Nacionalista Vasco, el Bloque Nacionalista Gallego y el Partido Nacionalista Canario. Otros seis hacen referencia a sus regiones: Esquerra Republicana de Cataluña, Juntos por Cataluña, Euskal Herría Bildu, Navarra suma, el Partido Regionalista de Cantabria y Teruel existe. Pero no hay ningún partido que utilice el adjetivo nacional haciendo referencia a España y sólo uno -el PSOE- incorpora el adjetivo español a su denominación. Es sintomático.

Pero el error del bloque constitucional, con ser importante, va más allá de una mera cesión en la batalla por la hegemonía política en el lenguaje. Es un error conceptual. Es trasladar el mensaje de que la Constitución vigente es la solución cuando, en realidad, es el problema. Al menos una parte importante del problema.

Porque, si algunas comunidades autónomas pueden hoy definirse como naciones distintas a la común nación española es porque en el texto constitucional se coló -con toda la intencionalidad- el equívoco término “nacionalidades” para referirse a las mismas.

Si hoy la izquierda utiliza el cuento de la “nación de naciones” para sus pasteleos con los separatistas, es porque la Constitución se lo pone en bandeja con su rompecabezas autonómico.

Y, si varios gobiernos autonómicos utilizan la educación, los medios de comunicación públicos y a las fuerzas del orden para conspirar a favor de la secesión es porque esos traspasos de competencias estaban previstos en la Constitución.

Algunos, en su desesperación, se aferran a la Constitución como el náufrago se abraza a los trozos de madera del casco roto de la embarcación defectuosa que lo llevó a pique. Pero España necesita una embarcación nueva. Un armazón robusto que no haga aguas y que la permita seguir navegando por el curso de la historia.

España necesita nervio en su defensa. Urge imprimir una fibra patriótica a la tarea de reconstrucción política. Es hora, por tanto, de que el bloque constitucional dé paso al bloque patriótico, al bloque nacional.