El dos de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se alzó en armas contra el invasor.

Un usurpador, José Napoleón Bonaparte, con malas artes había conseguido desalojar del trono al legítimo titular. Lo había tenido fácil, por los yerros y la cobardía de quien lo ocupaba. Y por las disensiones internas de quienes debían sostenerlo.

El Intruso trataba de borrar la memoria histórica de los españoles, como paso previo a sustituirla por otra hecha a su medida que le permitiera perpetuarse. Para ello, tras los reyes, pretendió sacar de España hasta el último vestigio de la corona, que eran los infantes. Y es precisamente en ese instante, cuando en la Plaza de la Armería, frente al Palacio Real, sale la última carroza con el más pequeño de los vástagos, cuando el pueblo de Madrid se amotina. Comprende de pronto el significado de la infame, e infamante acción que supone llevarse el último vestigio de una historia de España que se quiere borrar.

La situación es de tensión contenida… y en ese momento una mujer grita ¡¡¡que se llevan al infante!!! Y como suele suceder en esta vieja piel de toro, los hombres, los verdaderamente hombres, reaccionan llevados por la vergüenza que les produce el que sea una mujer quien les echa en cara su mansedumbre. Y como ya pasara siglos atrás con María Pita en La Coruña…. o sucederá posteriormente con Agustina de Aragón en la Inmortal Zaragoza, la indignación tanto tiempo contenida ante el vil atropello, estalla. Y los hombres, desbordando la escolta francesa, cortan con sus navajas los tiros del carruaje dejándolo así inmovilizado en el centro de la plaza.

La escolta francesa abre fuego y se producen las primeras víctimas. Pronto corre la voz de lo sucedido por calles y plazas, dando lugar a una rebelión generalizada de los patriotas españoles que se oponen a la ignominiosa pretensión de eliminar el último vestigio de que España había sido una nación grande y libre. Y Continúan las escaramuzas. La represión y las bajas.

Es entonces cuando tres héroes -los capitanes Daoíz y Velarde y el teniente Ruíz- comprenden que “por encima de la disciplina está el honor” y que el sagrado juramento a la Patria les obliga. Por ello, desatendiendo lo dispuesto por el capitán general de Madrid, que ha ordenado a la guarnición obediencia (sumisión y mansedumbre) a la autoridad del Intruso, se dirigen al parque de Monteleón para recabar armas y uniéndose a los paisanos, hacer frente al ejército invasor.

Continúan durante todo el día los enfrentamientos y las bajas. Y al día siguiente, tres de mayo, al tiempo que arrecian los fusilamientos y la represión, el alcalde de Móstoles redacta su famoso manifiesto que en aquella ocasión no puede ser firmado por los seiscientos o setecientos militares que en indignado silencio contemplan los hechos. Y en menos de cuarenta y ocho horas el manifiiesto llega a los más recónditos rincones de España:

¡¡¡Españoles!!! Madrid sucumbe ante la perfidia de de los invasores franceses… ¡¡¡Acudid a salvarlo!!!

Es la chispa que inflama un barril de pólvora, ya muy recalentado con las mil bellaquerías cometidas por el poder intruso al que ha accedido con malas artes. Ha comenzado una gloriosa gesta de la muy gloriosa historia de España: La Guerra de la Independencia. Serían necesarios seis años de “sangre, sudor y lágrimas” hasta poder sacudirse el yugo del Intruso.

Así pues vemos que el intento de borrar la historia de España sacando al último infante, para que el pueblo español olvide su reciente pasado como nación grande y libre, ese en definitiva “casus Belli”

TRECE DE JULIO DE 1936

En 1931, mediante el fraude de unas simples elecciones municipales, sin capacidad legal por ello para alterar el sistema político imperante, y sin esperar a que concluyera el escrutinio -jamás se hicieron públicas las actas- se proclamó la república por la vía de los hechos consumados. Un golpe de estado en toda regla, que aún siendo “golpe de estado civil” y no militar, no fue ajeno a la presión de las armas. Pues las milicias armadas y entrenadas de los partidos de izquierda (especialmente las del PSOE, los llamados “Batallones de Chíviris” así llamados por una de sus obscenas canciones cuando se dirigían a realizar instrucción de combate en la madrileña Casa de Campo) propiciaron que el gobierno legítimo, haciendo dejación de autoridad, entregara el poder.

Pero es que además, a esta “ilegitimidad de origen” se unió la de “ejercicio” pues sin haber transcurrido un mes de la fraudulenta proclamación republicana el 14 de abril, tuvo lugar el 11 de mayo la primera “quema de conventos” poniéndose de manifiesto, tanto el inicio de un proceso netamente revolucionario, como que este era auspiciado y promovido por las logias.

La farsa democrática de esa “idílica república” que ahora sus heredero políticos quieren ocultar, queda al descubierto cuando el PSOE no admite la victoria de las derechas en las urnas y promueve un estallido revolucionario que, aunque solamente consiga subvertir el orden Constitucional en Asturias y Cataluña, tiene lugar en muchas otras ciudades de España, produciéndose multitud de asesinatos con un balance final de más de 1500 muertos y la destrucción de cuantioso patrimonio artístico.

El gobierno de la República logra sofocar la sublevación, que ha durado desde el día 5 al 19 de octubre de 1934. El mes elegido para la insurrección armada es octubre. No es casual, desde un primer intento en 1917 el PSOE ha procurado subvertir el Orden Institucional. Primero el de la Monarquía, luego el de la propia República.

En 1917 (el año de la revolución rusa) lo había intentado mediante una “huelga general revolucionaria” cuyo objetivo declarado era acabar con la monarquía. Y lo intenta de nuevo, ahora contra la república, mediante un golpe de estado en octubre de 1934. En ambos casos trata de reproducir en España la revolución bolchevique.

El Gobierno de la República consigue sofocar la rebelión, merced a la eficacia militar de Franco -el que luego sería el Caudillo- quien dirige y coordina las operaciones desde Madrid, a las órdenes directas del presidente del Gobierno

Pero el gobierno de “derechas” acomplejado y timorato -en lo que es una constante histórica- pronto indulta a los responsables del golpe de estado para “ganarse” a los que son sus declarados y mortales enemigos. Obviamente no lo consigue. Por el contrario, su debilidad los envalentona.

Y entre el 16 y el 23 de febrero de 1936 mediante un nuevo “pucherazo” recientemente documentado en el libro “1936 FRAUDE Y VIOLENCIA en las elecciones del FRENTE POPULAR” (Manuel Álvarez Tardío y Roberto villa García, editorial ESPASA) el “Frente popular” accede al poder iniciándose desde ese momento una imparable deriva revolucionaria cuyo fin no era otro que alzarse con el poder y destruir la “República burguesa”  

En la madrugada del 13 de julio de 1936, dentro de ese proceso revolucionario, agentes del gobierno intruso surgido en febrero, asesinan con un tiro en la nuca a José Calvo Sotelo, uno de los jefes de la oposición. Intentan también asesinar a otros dos parlamentarios de derechas, Gil Robles y Antonio Goicoechea. Se salvan ambos porque no dormían en sus domicilios cuando van a buscarlos. Prevención acertada, pues estaban en el punto de mira de los dirigentes del “Frente Popular” cuyos líderes los habían amenazado de muerte. De forma explícita y en sede parlamentaria, a Calvo Sotelo, de lo que este era tan consciente, que al salir con las fuerzas de orden público que habían ido a buscarlo (mostrando su documentación para que los policías de su escolta les franquearan el paso) de despidió de su mujer diciéndole: mañana volveré… si estos señores no me matan.

El asesinato de Calvo Sotelo fue otro casus belli y así lo entendieron y dijeron notables republicanos. El Alzamiento Nacional se adelantó semanas o días a un estallido revolucionario que hubiera instaurado en España una “dictadura del proletariado” Verdadera dictadura, a imagen y semejanza de la soviética, que hubiera asesinado a más de esa mitad de media España que se resistió a morir sumándose al Alzamiento.

Esa Dictadura del Proletariado “a la española” hubiera sido mucho más salvaje, sangrienta y cruel que la bolchevique. Hubiera durado, por lo menos hasta 1991-como el régimen soviético- y a cuyo fin, no es que a España no la conocería ni la madre que la parió, sino que simple y llanamente España habría dejado de existir. Posiblemente también hubiera desaparecido la “Europa libre y democrática” si Franco no hubiera ganado la guerra.

VEINTICUATRO DE AGOSTO DE 2018

Otro usurpador, Pedro Sánchez, con malas artes, ha conseguido desalojar del Gobierno de España a su presidente. Le ha sido fácil, por los yerros y cobardía de su antecesor.

El nuevo intruso, como hiciera Pepe Botella, también trata de borrar la verdadera memoria histórica de los españoles como paso previo para sustituirla por la suya y la de sus correligionarios. Memoria histórica falsa, sectaria e interesada. Trata de que los españoles no puedan tener una referencia de buen gobierno. De justicia social y de progreso. En definitiva, que no puedan comparar el actual desastre, con aquella España unida, grande y libre que él y los suyos han dinamitado.

Para lograr su objetivo considera indispensable sacar de su sepultura los restos del hombre que hizo posible el resurgir de España. Y profanar también el monumento que materializa el deseo de reconciliar a España con esa anti-España, que él y sus acólitos representan. Reconciliación en la que no creen, que nunca quisieron, y que por todos los medios han tratado de evitar. Y ahora han logrado eficazmente, con la infame ley 52/2007 y su proyectada ampliación que desentierra los viejos odios fratricidas.

Igual que pretendió y por idénticos motivos, el intruso José Napoleón Bonaparte sacar de palacio al último infante como vestigio de la corona que pretendía usurpar (porque ese infante representaba en el imaginario popular la encarnación de la historia, la soberanía y la dignidad nacional del pueblo español) pretende ahora el nuevo intruso Pedro Sánchez sacar a Franco del Valle de los Caídos.

La ocasión del Dos de Mayo fue la chispa que inflamó un barril de pólvora, ya recalentado desde que El Intruso dominó los resortes del Estado. ¿Se repetirá la historia con el nuevo Intruso y su proyecto de exhumar los restos de Franco?

Obviamente la respuesta pertenece al futuro. Y la historia está por escribir. Pero si nos atenemos a la máxima latina “historia magister vitae” podemos conjeturar las consecuencias.

Imaginemos al pueblo español amotinado ante el Valle de los Caídos…. como antaño sucediera frente a palacio. Y de pronto, cuando se procede a sacar los restos de Franco alguien grita:

¡¡¡Se llevan al Caudillo!!! ¡¡¡Están profanando su tumba!!!

Y se produce el milagro. Salta la chispa sobre un barril de pólvora, ya recalentado por las mil bellaquerías e ignominias sufridas en silencio.

Tal vez se pueden repetir los hechos que glosan los versos sobre la heroica defensa de Zaragoza durante la Guerra de la Independencia al hacer frente a las fuerzas de aquel otro Intruso:

Roto el débil paredón

se abalanzan a la brecha

mas no hay quien prenda la mecha

del mortífero cañón

en aquella confusión

corre una mujer, se inclina

y el duro bronce fulmina

sin que la muerte le asombre

que aquí, cuando falta un hombre

siempre sobra una heroína.

 

Siempre sobra una heroína…   ¿Pilar Gutiérrez Vallejo y su Movimiento por España?

Y es el caso de que, de producirse la bellaquería de la exhumación de los restos del Caudillo, se puede repetir la historia: El intento de evitar por la fuerza la profanación, la subsiguiente represión y la espontánea aparición de héroes que antepongan el honor a la obediencia a los “sin honor”

Y un nuevo bando recorrerá España de norte a sur y de este a oeste. Ahora no en cuarenta y ocho horas, como en 1808, sino a la velocidad del WhatsApp

¡¡¡Españoles!!! La sepultura de Franco está siendo profanada por orden de un nefando gobierno intruso ¡¡¡Acudid a evitarlo!!!

Y como final del posible desenlace, una reflexión.

Las canalladas históricas no siempre producen consecuencias inmediatas… a veces son diferidas o con retardo.

Pero nunca dejan de tenerlas.

 

                                 Lorenzo Fernández-Navarro de los Paños Álvarez de Miranda