Volvemos a encontrarnos en una jornada de reflexión. Volvemos a estar en la duda de a quién votar y porque votarles. Estamos en la tesitura de analizar los meritos de los candidatos, sus programas y sus logros.

 

El problema surge cuando nada de esto lo tenemos claro, entre otras cosas porque son pocos los logros y los meritos a analizar. Nuestro sentido del voto suele ir en la dirección de apoyar al que creemos menos malo, al que consideramos que menos nos perjudicara. Damos por hecho que ningún candidato o partido nos representa por completo y deseamos la victoria al individuo, a la organización que aun reconociendo que no es del todo bueno, no tenemos más remedio que votar.

 

Es una situación triste. Nos conformamos con aquello que no nos llena, que no nos satisface plenamente. Caemos en la perversión de la democracia, de la utilización de nuestros sentimientos. Caemos en la trampa del voto útil.

 

A lo largo de estos últimos años llevo sosteniendo que el argumento del voto útil es engañoso, es una trampa en la que caemos con facilidad. El voto útil es solo útil para el que lo recibe, nunca para el que lo emite.

 

Solemos ser muy manejables “emocionalmente”. Bastan argumentos sencillos e incluso me atrevería a decir que hasta pueriles para infundirnos temor y conseguir que nuestro voto se decante en uno u otro sentido.

 

Las campañas carecen de imaginación y pocas veces nos fijamos en los mensajes, en el fondo. Nos quedamos en la superficie, en las formas. “Que si tal candidato suda y tiene pintas de sucio o guarro”, “que otro no para de jugar con un lápiz entre sus dedos o no para de moverse, “A otro se le ve muy nervioso o bien pareciera un muñeco o muñeca, un robocop”. Me apena que no se contrasten programas, opiniones, ideas. Quizá sea porque la mayoría de las veces se carece de tales cosas, se carece de inteligencia, o quizá precisamente por lo contrario, son demasiado inteligentes y consideran que es mejor que no sepamos lo que en verdad son, lo que en verdad piensan, lo que en verdad representan.

 

La democracia no solo esta secuestrada por partidos políticos, también lo está por algunos grupos o medios de comunicación que ejercen autentica presión para ensalzar a determinadas organizaciones o movimientos según sus intereses. En muchas ocasiones, con su actitud y comportamiento, nos manejan, somos títeres hipnotizados por la “caja tonta”. Existe la creencia muy extendida que nos dice que todo aquello que no aparece en televisión, no existe, no sucedió jamás. Era lo mismo que cuando alguien se fallecía y su esquela no estaba publicada en el diario ABC, había serias dudas de que el fallecimiento fuera real, de que el deceso se hubiera producido. Cuando se desea que una organización, partido político o sujeto desaparezca, simplemente no se le nombra, se le obvia, se le ignora hasta que cae en el olvido. De igual forma, si estos medios desean ensalzar o poner de moda algo, incluidos candidatos, pondrán toda su maquinaria en marcha. Solo así se explica que en breves periodos de tiempo nos familiaricemos con sujetos que hasta hace bien poco eran auténticos desconocidos y no sabíamos de su existencia. En sentido contrario sucede lo mismo. Son capaces de hacer desaparecer de la vida pública todo aquello que un día apoyaron y dieron a conocer.

 

Este es el gran peligro de la democracia, la gran perversión. No se juega en igualdad de condiciones. Nosotros solo somos autómatas. No decidimos por nosotros mismos. Nos introducen sutilmente publicidad subliminal hasta que acabamos comprando “el producto” que ellos desean.

Reflexionemos, pero tampoco en exceso, corremos el riesgo de que al final de esa reflexión, no nos guste lo que encontremos, corremos el riesgo de quedarnos en casa.