Siendo aún joven, hace más de dos décadas, una noche de verano emprendí un viaje desde Sevilla hasta Benasque (Huesca). Salimos a las diez de la noche con la intención de pisar las primeras faldas del Pirineo oscense con las primeras luces del día, tal como así ocurrió. Sin antes conocer el aspecto nocturno de carreteras y autovías por las que pasaría, mi primera grata impresión fue ver desde un alto Córdoba iluminada en la serenidad de la noche bajo una negra bóveda estrellada y de atmósfera transparente. No obstante a esta imborrable imagen por su singular belleza, me llamó la atención que a lo largo de todo el recorrido, a las afueras de numerosos pueblos  y en los polígonos industriales en la periferia de cada ciudad aparecían casas y locales de distinto porte iluminados con bombillas de colores, se trataba de prostíbulos. Desde entonces tomé conciencia de la colosal dimensión que tiene esta problemática.

 

Hace unos días (23/09/2019), a eso de las 22h, escuchando la radio en la cocina, agradable hábito plenamente adquirido mientras avío ajos, cebollas…la Cadena Cope informaba que España ocupa el 1er lugar de Europa en prostitución y el 3º en el mundo. La prostitución mueve en España unos 5 millones de euros al día y afecta sobremanera a la población femenina inmigrante en manos de mafias que las explotan bajo pena de muerte a sus hijos, familia o a ellas mismas.

 

A día de hoy, en España no existe ninguna Ley Integral contra la Prostitución. Cabe preguntarse, pues, ¿si tanto importa la mujer al feminismo, por qué no se pone coto a estas mafias de la prostitución? La respuesta, para los que a diario estamos sumergidos en esta atmósfera tóxica e irrespirable de la política feminista española, tan de baja estofa ella, es bien simple: No interesa abordar el tema de la prostitución porque la mujer no interesa al feminismo, siendo bien un mero escaparate bien un medio para alcanzar otros fines que, como es de suponer, nada tendrán que ver con las mismas.

 

En este contexto, pues, el nacionalfeminismo español se ha convertido en el freno más poderoso del avance de la mujer, precisamente porque un hipotético avance social y económico de la mujer la separaría de la tutela de ese rancio feminismo hasta llegar éste a ser incompatible con una mujer libre, formada e independiente.

Un feminismo moderno, igualitario y constitucional comenzaría restaurando la justicia vía jurisprudencia sin distinción de sexos, la crispación social se rebajaría considerablemente y los recursos ahora destinados a vivir del montaje del maltrato y del machismo se destinarían a capacitar a las mujeres, ayudar a las parejas en vías de separación con subvención al alquiler, los hijos pasarían a tener el derecho a estar con sus padre y con su madre.

 

En este clima social de restauración del tejido social, la mujer comenzaría una nueva senda de independencia sin depender del Macho o Papá Estado, antes de su ex marido, aunque el caladero de votos feministas vía negocio clientelar se resentiría entre un poco y un mucho. Este es el riesgo que nunca correrán los políticos que ahora viven como Dios en la capital de lo que queda de país, Madrid

José R. Barrios.