Hace algún tiempo, llegué a la conclusión de que, para hablar con Dios, no me hacen falta intermediarios. Como es obvio, me refiero a que, para establecer un contacto íntimo con quien yo considero mi Creador, no necesito a los sacerdotes. Esto pasa, lógicamente, por prescindir del sacramento de la Penitencia (o dejarlo para muy contadas ocasiones, y según con quién), pues yo no le voy a contar “mis cosas” a un cura, que hasta ahí podríamos llegar.

He llegado a esta situación tras un proceso largo y doloroso, que incluye desengaños personales, que no voy a relatar aquí, porque pertenecen a la esfera de mi intimidad, pero, sobre todo, tras constatar la incoherencia del clero (y también de muchos laicos que dicen ser parte de la Iglesia, que esa es otra), a los que bien se les puede aplicar el conocido dicho que afirma “haced lo que yo os diga, pero no hagáis lo que yo haga”.

No estoy diciendo que no haya sacerdotes buenos, no. Ahí está el padre Santiago Cantera Montenegro para demostrarnos a todos que sí, que es posible encontrarse con curas dignos, coherentes, capaces de vivir su vocación religiosa con fidelidad evangélica. Pero el padre Cantera es la excepción, no la regla.

Yo me he encontrado con muchos sacerdotes que, en el mejor de los casos, son simples funcionarios de la fe, personas sin compasión que administran sacramentos con la misma frialdad con la que en un organismo oficial nos ponen un sello en el registro de entrada cuando entregamos nosotros un documento. También los he visto soberbios, que tratan a los feligreses como menores de edad, lo cual, en los tiempos que corren, se vuelve inmediatamente contra ellos. Y me los he encontrado, en fin, que llevaban una doble vida, predicando en el púlpito una cosa, y haciendo justo la contraria cuando salían por la puerta de la sacristía; he conocido algún caso de estos últimos verdaderamente flagrante, capaz de quitar la fe hasta al más tozudo de los creyentes.

Pero donde verdaderamente se ha retratado la Iglesia (y aquí, cuando digo Iglesia, me refiero a la jerarquía), ha sido con su proceder para con el triste hecho de la exhumación de los restos mortales del Caudillo de España. No hablo ya del Papa Francisco, que desde el principio sabemos todos de qué lado está y a qué juega. Me refiero a la jerarquía de la Iglesia en España: ni un solo obispo ha levantado su voz para oponerse a la profanación de un templo católico, que además tiene el rango de basílica; ni un solo obispo ha pronunciado en público unas palabras de aliento para con la Comunidad Benedictina del Valle de los Caídos, que, hasta el final, con su prior al frente, han dado la cara, ofreciéndonos a todos una lección de dignidad, de coherencia, de sensatez, de valentía, de saber estar y de fidelidad a los principios del Evangelio.

Los obispos han estado (siempre lo están), más pendientes de hacer campañas para que quienes aún (y a pesar de ellos), seguimos siendo católicos, pongamos la cruz (y aquí lo de cruz viene que ni pintiparado), en nuestra declaración de la renta en la casilla que especifica que nuestros euros vayan destinados a la Iglesia Católica, porque a ellos, a los obispos (y a muchos de sus sacerdotes, por extensión), sólo le interesa el dinero, estar cerca del poder y, cuando les apetece y pueden, llevar una doble vida, como aquél sacerdote que yo conocí, que después de decir misa, se iba a lo otro.

A veces me he preguntado a mí mismo cómo he conseguido mantener viva la llama de la fe a través del tiempo, y a pesar de tanto desengaño: la respuesta ha sido que la fe es un don que Dios me ha dado, y que todavía me conserva, a pesar de los obispos españoles.

Unos obispos que ven cómo cada vez hay menos vocaciones y cómo sus seminarios se quedan vacíos; unos prelados que ven cómo las órdenes religiosas van cerrando casas, a la que vez que reagrupan sus provincias de forma que causa sonrojo (una “provincia” puede abarcar ya varios países y de diferentes continentes), y así sucesivamente. Unos obispos que ven cómo las iglesias se les quedan vacías, y yo me alegro de ello, porque en el pecado, llevan la penitencia.

 

Por Blas Ruiz Carmona