Sin duda, la Información es uno de los problemas pendientes de la democracia española. Si bien es cierto que lo más apropiado sería decir que es el espíritu democrático, la democracia en sí, la gran cuestión pendiente. Para comprenderlo no hay más que presenciar la reciente Sesión Constitutiva del Congreso en donde -salvo el grupo de VOX- la falta de respeto de los congresistas a la democracia y a sí mismos es evidente. Mas como la prensa crítica ha sido paulatinamente eliminada por la partidocracia a lo largo de la nefasta Transición, nada de esta Babel, ni de esta descortesía e irreverencia hacia nuestros símbolos representativos se aireará como denuncia por los medios de comunicación venales.

Durante este largo proceso de deterioro social y político, los engañabobos de memoria histórica sesgada se han hartado de abrir debates superfluos, de cariz exclusivamente doctrinario, con el propósito de desviar cuestiones esenciales como la corrupción omnipresente, el enfrentamiento entre españoles y el desmantelamiento absoluto de cualquier atisbo democrático, sin dejar no obstante de arrogarse ilusoriamente el título de demócratas, ese falso remedio curativo al que recurren para tapar su falacia e instalarse y permanecer en el poder.

Todas las voces críticas que aún resisten, dispersas por los minoritarios medios alternativos, están a punto de ser sentadas en el banquillo, junto a Franco, mientras que los corruptos, los parásitos, los dementes y los subsidiados, sin responder ante nadie de sus crímenes, engrasan las guillotinas para dejar a España huérfana de probidad y recto criterio, y abundantemente poblada de salteadores.

Y si para ello hay que cumplir algún trámite legal antes de proceder a la prevista ejecución, se echa mano del Poder Judicial para dictar la pena, y de la Iglesia para bendecirla, como se hizo al profanar los restos del Caudillo, aprobar las leyes de la Memoria Histórica y LGTBI o silenciar la podredumbre de los ERES, las oenegés o el turbio negocio migratorio y similares.

Y para que el proceso a lo alternativo y levantisco cuente con todas las garantías, los supremos informadores de prestigio que imponen el modo de pensar, prestarán su pluma o se ofrecerán al fiscal como testigos -como vienen haciendo- para completar el atropello de lo que tratan de fingir como causa democrática contraria a la esencia democrática. Es decir, en nombre de la democracia, ejecutan a la democracia.

Este desastre de informadores, ufanos instrumentos de los no menos desastrosos políticos, ya son uno y lo mismo, forman un único cuerpo. La depravación es lo que tiene, iguala a todos sus miembros en la vileza y, por encima de sus peculiaridades, les unifica en lo que puede llamarse encarnación del espanto. Ni ellos mismos saben ya quienes escenifican el rol político y quienes el informativo, tal es la dimensión de su abuso y de su deslealtad.

 

Ya no saben quién de ellos existe para cubrir las apariencias y quién para divulgar la propaganda autocrática, so capa muy a menudo de liberalismo. Ambos rostros de Jano, con su venal equipo de gestores, redactores, técnicos y funcionarios, han apuntalado un proyecto liberticida a medias oficial y a medias oficioso, cuya ambición primordial radica en ser útiles al poder para utilizarlo en su provecho personal. Para seguir disfrutando -añadiríamos- de las ayudas millonarias del Estado a cambio del uso y abuso del monopolio de la uniformidad informativa y doctrinal, del impostado monólogo que nos habla de libertad, progresismo y modernidad, y que nos narra su inmunda verdad histórica.

La identidad entre los sectores políticos e informativos es, pues, absoluta, como se ve continuamente a la hora de propiciar su papel de censores, de ocultar o resaltar según qué sucesos, comentarios y noticias, con lo que se comprueba el gusto con que se han tomado el cometido de gendarmes de la información. De manera que ya nadie cuestiona ni protesta las discriminaciones informativas y publicitarias con las que se ceba el Gobierno de turno contra el residual -pero aguerrido- periodismo crítico; al contrario, tanto los oficiales como los oficiosos se dedican a asignar carnets de demócratas o de fascistas, de subsidiados o de damnificados.

Y esta simbiosis entre información «de prestigio» y Gobierno ha adquirido tal seguridad en el desprecio hacia principios y ciudadanía que, en el intercambio de papeles, prescinden de matices y se despreocupan de paliar el descaro con que ejercen o sufragan la sumisión. Gobernantes y periodistas -o patronos de la comunicación- que con sus cómplices suelen coincidir en negocios y empresas, en planes financieros de envergadura, en perversiones ideológicas y sexuales, todo ello con el fin de aunar poder público y privado, y con la excusa lenitiva de la libertad.

Poder político, informativo, financiero y judicial -y hasta eclesiástico- para entorpecer toda alternancia, toda memoria histórica fidedigna, toda regeneración. O lo que es lo mismo, para impedir que la masa sacuda su embrutecimiento a la llamada de los indóciles y una revolución de los valores desmantele su sombrajo. Y así tenemos periódicos, cadenas de radio y televisión, instituciones temporales y eclesiásticas, mundo financiero, Gobierno, partidos…, conformando el ariete de una mayoría parlamentaria transformada en nuevo régimen y dedicada a golpear a VOX con todas las artes imaginables de la infamia, con el fin de vencer la resistencia del único estorbo que se opone a su designio.

Malos tiempos, pues, para la lírica democrática, secuestrada como está la deontología por la manipulación permanente de la realidad, herida por frases acuñadas para grabarse en la mente de los borregos esquilados, por dogmas informativos inmediatos y universales como medio para obtener el beneplácito o la pasividad de los españoles zombis que, de momento, son ocho de cada diez. Tiempos para echarse a temblar ante el espectáculo de unos guías pervertidos, sin otra meta que saciar su rencor y su codicia, y unos no muertos que les siguen gustosos o abducidos en el descarrío.

La amplia y heterogénea amalgama de intereses ajenos o contrarios al verdadero bienestar y progreso de la ciudadanía se ha redondeado tras cuatro décadas largas de construcción. Que el nuevo régimen no es un espejismo, sino algo bien real, lo manifiestan bien claro los silencios o sordinas con que se despilfarran los impuestos que el sistema impone implacablemente a unos pecheros que, en Babia, consumen vorazmente lo que no tienen, y que algún día tendrán que despertar, entre escombros y crujir de dientes, para pagar la inquietante deuda, mental y económica, contraída.

Silencios o sordinas con las sectarias subvenciones de todo tipo, clientelares y celulares; con las corruptelas económicas y doctrinales de la antiespaña; con los prevaricatos judiciales; con los escándalos migratorios; con la flatulencia intelectual, educativa y cultural; con los doctorados de la casta política; con los histerismos e hipocresías feministas; con las abominables perversiones que se ocultan tras las leyes de género; con la estratégica degradación del ámbito familiar que se viene llevando a cabo desde el poder; con las irregularidades electorales; con las conexiones intersistema; con los millonarios incrementos patrimoniales de numerosas individualidades políticas y financieras a lo largo de estas cuatro décadas…

Más de cuarenta años de podredumbre, felonía, doble moral y manipulación no podrían traer sino algo tenebroso. La traición, la codicia y la inquina de la casta partidocrática y de sus mentores y esbirros han completado este monumento a la abyección que hoy es el nuevo régimen, además de conseguir enfrentar de nuevo a los españoles. ¿Qué podría traer tanta depravación y tanto fraude sino el horror frentepopulista trufado de financieros sórdidos? Con el reinado del resentimiento, del parasitismo y del saqueo, la libertad está en ruinas. Por las cloacas del poder, los devotos de la tiranía se afanan en pergeñar las nuevas leyes filosas con las que amputar manos, guadañar cabezas y rebanar lenguas, para que ni se escriba, ni se piense, ni se diga aquello que puede desenmascarar su odio y su traición. 

 

Jesús Aguilar Marina