Cuando escucho a Pedro Sánchez allá en la ONU, un antro de corruptelas, decir eso de que España es una democracia me viene a la memoria aquella frase ya pasada de moda de los años setenta en Triana (Sevilla): ¡Ja, ja, poleá!

Si bien citada expresión nos remite a lo barriobajero, su expresividad tiene un indudable peso específico que retrata a la perfección el caso y personaje que aquí nos ocupa.

 Una vez más, el Poder Judicial, representado por uno de nuestros más altos tribunales, el Tribunal Supremo, vuelve a meter la pata y se auto desprestigia innecesariamente por incitar y arropar al Poder Ejecutivo a cometer una ilegalidad palmaria como es inhumar unos restos mortales sin el correspondiente trámite administrativo de la archiconocida licencia de obra.

Reforme usted el baño de su casa y hágalo sin solicitar la preceptiva licencia, rece entonces porque no se persone por allí el policía local de zona tras el chivatazo del que usted venía considerando como su mejor vecino y ya verá la multa que le endosa su Ayuntamiento, ¿no tendrá más trascendencia en todos los sentidos eso de abrir una tumba, máxime con quien se supone yace allí? Pues parece que no, oiga.

En España, los poderes Legislativo y Judicial están subordinados al Poder Ejecutivo: uno porque los apoyos de los grupos minoritarios a la ley que convenga aprobar se pagan con euros contantes y sonantes, otro porque sus magistrados son nombrados por el Gobierno y el resto de partidos mayoritarios.

En estos días, por rendir pleitesía y acceder a que los restos de Franco se inhumen en plena campaña electoral, el Tribunal Supremo incluso anula los trámites administrativos para que un Presidente en funciones tenga una baza electoral con la que lleva soñando hace años.

Si barriobajera es la expresión con la que comenzamos este escrito, no menos barriobajera es esta maniobra de Pedro Sánchez “El Moncloador”, la de remover unos restos humanos en plena campaña electoral. Acto que supone, por haber tenido que arrodillar al Poder Judicial, instrumentalizando a su Tribunal Supremo, una prueba fehaciente de la ausencia de democracia en España. Sólo hubiera faltado que el Supremo hubiera puesto manos a la obra dos o tres magistrados con su palaustre, pico y pala.

Asistimos, españoles, a una nueva Victoria de El Caudillo que será recordada los próximos cien años: ¡Un tal Pedro Sánchez, lo sacó sin papeles, cierto es, pero para ello tuvo que intervenir el Tribunal Supremo arropando esta ilegalidad del Ejecutivo que incluso estaba en funciones, aunque en una feroz campaña electoral en la que Franco volvió a sus días de Gloria por ser el protagonista de tal farsa callejera demostrando que de democracia aquí, aún, nanai de la China, porque estamos en una Pedrocracia!

 

José R. Barrios