El director de este periódico digital, utiliza mucho la expresión “cruzar el Rubicón”. Mi admirado Eduardo García Serrano, suele referirse a ella para expresar lo que supuso para el general Francisco Franco atravesar el estrecho de Gibraltar, en los albores del Alzamiento Nacional, que no fue otra cosa sino embarcarse en una empresa de arriesgadas consecuencias, una aventura que cambiaría la historia de España, y lo hizo (el Caudillo), con plena conciencia de lo que hacía y asumiendo el riesgo que ello podía conllevar.

Es por lo dicho anteriormente por lo que a la citada frase yo le tengo un cariño especial, y la he utilizado con frecuencia, pues no en vano, casi todos nosotros hemos decidido alguna vez pasar el Rubicón, es decir, hemos tomado una decisión importante, en cualquier faceta de nuestra vida (profesional, sentimental, familiar, etc.), a sabiendas de que con ella asumíamos un riesgo importante, pero decidimos hacerlo, y por eso nuestra vida es hoy como es.

Hago la introducción anterior porque, hace ya algún tiempo, en un centro educativo en el que estuve destinado, se me ocurrió utilizar esta frase, cruzar el Rubicón, y fue entonces cuando una maestra, progresista, feminista y poco agraciada físicamente (es curioso que con frecuencia van todas esas cosas juntas en el mismo lote), me interrumpió y me dijo: ¿cruzar el qué?

Intenté explicárselo, pero mi esfuerzo fue en vano, pues antes que atender a mis palabras, la maestra se precipitó sobre su teléfono móvil, y con sus rápidos dedos (sus manos tenían la agilidad que le faltaba a su mente), empezó a teclear la frase. No obstante, como quiera que ni teniéndolo escrito en su teléfono móvil, la muchacha entendía el asunto (sin duda, la chica padecía los efectos devastadores de la LOGSE, pero en un grado muy severo), fue por lo que yo me esforcé por explicarle que una cosa es el sentido literal de una frase, y otra distinta el sentido figurado, pero no hubo forma humana de que la mujer me entendiera.

En esto que sonó el timbre para entrar en clase, y yo me fui en busca de mis alumnos, para cumplir con mi deber; entonces, conforme yo me alejaba, la escuché cómo me preguntaba, a grito limpio: “oye, ¿dónde desemboca el río ese que dices tú?”.

A lo que yo respondí: “Aquí mismo, hija mía, en el patio, ¿no ves cómo estamos todos chorreando?”

 

Por Blas Ruiz Carmona