No me reconozco: ni en mis peores pesadillas se me ha pasado nunca por la cabeza recomendar a nadie que facilite la investidura de un indeseable como Sánchez. Es difícil que haya alguien al que le repugne, le repatee y le enerven más que a mi Sánchez, su ideología, su partido y todo lo que le rodea, pero así están las cosas. Que Dios me perdone.

 

Creo que es absolutamente obvio, no haría falta decirlo, que nos enfrentamos a dos únicos escenarios posibles: (1) investidura de Sánchez, con cualquiera de las varias combinaciones posibles de apoyos y abstenciones o (2) nuevas elecciones.

 

Si algo sabemos de Sánchez es que carece completamente de escrúpulos, que su único objetivo es mantenerse todo lo que pueda en la Moncloa y que para conseguirlo hará lo que más le convenga a él, y solo a él, sin importarle lo más mínimo las consecuencias e implicaciones de sus actos para España, para los ciudadanos e, incluso, para su propio partido. Es difícil adivinar los razonamientos de una mente enferma como la de Sánchez, pero mi impresión es que no va a optar por forzar nuevas elecciones sino que hará, prometerá y cederá en todo lo que haga falta para ser investido ahora en segunda votación, cueste lo que cueste.

 

Intentemos ponernos en el lugar de Sánchez.

Forzar unas nuevas elecciones le supone, de entrada, alargar seis meses su mandato actual, bueno para él, aunque en ese tiempo un irresponsable como el que nos ocupa puede dejar esquilmadas las arcas públicas regalando dinero a diestro y siniestro para comprar todos los votos que pueda (recuerden los “viernes sociales”); además, si se repitieran hoy las elecciones, es muy probable que el PSOE mejorara en sus resultados, aunque sin llegar a la mayoría absoluta, a costa de Potemos y, en menor medida, de Cs, dos partidos en descomposición, pues al ciudadano común, el que no tiene convicciones ideológicas firmes, le molesta la incertidumbre y la inestabilidad y tiende a votar al que más posibilidades tiene. Hasta aquí todo a favor de Sánchez para forzar una repetición electoral. Sin embargo, en seis meses puede pasar de todo: la economía continuará desacelerándose (¿cuánto?), el desempleo probablemente suba (¿cuánto?), puede estallar cualquier nuevo escándalo de corrupción, habrá sentencia en el juicio contra los golpistas catalanes, llegará el aniversario del intento de golpe de estado del 1 de Octubre y la situación en Cataluña seguirá pudriéndose, el ‘brexit’ puede ocasionar un ‘tsunami’ en Europa, etc, etc. Demasiados riesgos para Sanchez pudiendo dejar el tema resuelto ahora. Sanchez hará lo que haga falta para ser investido ya.

 

En segunda votación Sanchez solo necesita que los votos a favor sean más que los votos en contra; en un caso extremo, le valdría con un solo voto a favor y 349 abstenciones. Los votos que por el momento parece que tiene inevitablemente en contra son los de PP, Cs, Vox y –quizás– Navarra +, que totalizan 149 escaños. El PSOE tiene 123, de modo que necesita un mínimo de 27 votos a favor y que el resto (51 escaños) se abstengan.

 

Para ello tiene diversas combinaciones, es solo una cuestión de ceder y de poner dinero sobre la mesa. Veamos un ejemplo. Para conseguir el voto afirmativo de Potemos (con sus colegas de Compromís), 43 escaños, basta probablemente con que le dé un ministerio al “coletas” (¿Trabajo?) y unos cuantos puestos bien remunerados más (secretarias de Estado, direcciones generales, altos cargos de empresas públicas) a sus adláteres, aderezado con unas jugosas subvenciones a los múltiples chiringuitos de los chavistas. Ya tiene 166 a favor, basta con que también voten a favor o se abstengan otros 19 diputados para que consiga la investidura. A PNV, Coalición Canaria y PRC (9 votos) se los compra con dinero (para su región o para ellos), más baratos si solo se tienen que abstener y algo más caros si tienen que votar a favor. Una nimiedad para Sánchez que, ya puesto, pagará lo necesario (del dinero de todos los españoles, incluido el de Ud. que está leyendo esto) para asegurarse su voto a favor. Está en 175. Para ser investido le basta con conseguir un solo voto a favor más o dos abstenciones entre los 26 votos restantes (ERC, JxCat y Bildu/ETA), independientemente de lo que haga el resto, ¡una minucia para Sanchez!: desde trasladar a los presos de ETA a Vascongadas o regalarle Navarra a los vascos (4 diputados de Bildu/ETA) hasta trasladar a los golpistas catalanes a cárceles catalanas, con la garantía de un confortable tercer grado inmediato (ahí está Oriol Pujol riéndose de todos los españoles teniendo que ir a la cárcel solo a dormir, y probablemente ni eso) y la promesa del indulto cuando se hayan calmado algo las cosas.

 

En definitiva, Sanchez va a ser Presidente del Gobierno si o si, o ahora o dentro de seis meses, tras unas nuevas elecciones. No nos libra nadie. La cuestión, simplemente, es cuanto le va a costar a España que Sanchez sea Presidente (y no solo en términos de dinero): cuantos más apoyos tenga que conseguir de los Potemos, PNV, ERC y demás chusma, más caro será para España y los españoles incluidos, en primer lugar, los votantes del PP.

 

Si PP y Cs (123 diputados) se abstuvieran, incluso a cambio de nada (y mejor si consiguen alguna contrapartida), Sanchez sería presidente solo con los votos del PSOE, sin necesidad de pagar ningún peaje al resto de la chusma.

Cs es imprevisible, pues hará lo que le diga Macrón y los “sumo pontífices” del Nuevo Orden Mundial. Si Macrón dice a Rivera que apoye a Sánchez en la investidura, votando que sí, lo hará. En ese caso Sánchez no necesita más, y el PP se ahorrará el trago de tener que facilitar la investidura. En el extremo contrario, si Macrón le dice a Rivera que vote que no, no hay nada que hacer: aunque el PP se abstuviera, Sánchez necesitaría negociar con la chusma para conseguir 20 votos a favor más o 39 abstenciones más, con el correspondiente peaje. No merece la pena que el PP se gaste absteniéndose. Pero si Cs/Macrón deciden abstenerse, el PP debe abstenerse, aunque sea a cambio de nada. Es lo mejor para España y para los españoles (lo menos malo es, por definición, lo mejor, aunque no deje de ser malo).

¿Qué podría llevar al PP a no abstenerse si se abstiene Cs, y forzar por tanto a Sánchez a pactar con los “anti España”?

 

Aparte de que no sean capaces de entender el razonamiento (lo que podría ser) o de que adopten la postura irresponsable, irracional e infantil de intentar fastidiar a Sánchez por todos los medios (pegándole una patada en el culo de España y de los españoles, por cierto), solo se me ocurren dos razones para que el PP no actúe responsablemente: (1) que sean partidarios del “cuanto peor, mejor” y que piensen que para recuperar el poder dentro de cuatro años es mejor que Sánchez deje a España como una piltrafa, con la colaboración de los “anti España”, demostrando así el PP que nos le importe lo más mínimo el progreso ni el bienestar de los españoles; o (2) que prefieran ir a unas nuevas elecciones en las que, sabiendo que tampoco van a gobernar, tendrán posibilidades de aumentar su número de escaños, donde podrán colocar a unos cuantos militantes y cuadros más (diputados, secretarias, asesores, mamporreros, etc, etc) asegurándoles un sueldo público y el resto de prebendas.

 

Cualquiera de esas razones son ilegítimas, pero como en la estrategia del PP sigan mandando los herederos del incompetente y nefasto Arriola y la cretina de su señora, Celia Villalobos -un submarino neocomunista en el PP-, me temo que estamos fastidiados, por no utilizar una palabra más gruesa.

 

Nos jugamos mucho. Según lo que salga de las negociaciones de estos días puede que la España que conocemos, la España por la que han luchado y se han sacrificado decenas de generaciones de españoles, desaparezca para siempre. Ojalá que, por una vez en su ya larga historia, el PP esté a la altura de las circunstancias.

Lo dicho, que Dios me perdone.

 

Tomás García Madrid
19 de junio de 2019