El diario ABC de fecha 02/04/2019 destapaba el caso María Sevilla, presidenta de la asociación «Infancia Libre» y asesora en la Comisión de Derechos de la Infancia y de la Adolescencia (Congreso de los Diputados) a instancias de Ni Juntas Podemos, un partido político anticustodia compartida. María Sevilla, en sus días de gloria, tuvo el honor de impartir lo más granado del fundamentalismo de género en tres sedes parlamentarias: Asamblea de Madrid (5/12/2016), Parlamento de Andalucía (8/02/2017) y Congreso de los Diputados (14/03/2017).

El Mundo (5/04/2019) también se hacía eco de este caso en una noticia firmada por los periodistas Quico Alsedo y Pablo Herraiz quienes la titulaban de este modo: «María Sevilla, experta en Infancia, denunció tres veces en falso a su ex por abusos sexuales a su hijo». Las denuncias, sucesivamente archivadas, lograron no obstante su objetivo: ayudar a la madre en su decisión de no permitir al padre ver al niño e impedirle, valiéndose de trucos procesales, toda relación paterno filial, de manera que el padre no pudo ver a su hijo desde noviembre de 2011 hasta mayo de 2014, y después le vio intermitentemente hasta que en 2017 María Sevilla desapareció con su hijo y fue puesta en busca y captura. Tras una larga y compleja investigación, según aclara Carlos Hidalgo, en la noticia recogida por ABC, ya que se habían rastreado sin éxito las bases de datos y el menor ni estaba escolarizado ni había sido asistido en ningún centro sanitario del país. A los dos años de búsqueda fue localizado en una apartada finca en Villar de Cañas (Zamora) y cuando un policía procedió a su detención María Sevilla espetó al agente: «He secuestrado a mi hijo porque su padre es el diablo». De seguido, viendo que otros agentes sacaban al menor del habitáculo en que estuvo retenido, advirtió al pequeño que «se llevara la Biblia y dijera que su padre era el diablo».

Desconocemos si tan pintorescas manifestaciones de la Sra. Sevilla son síntoma de un cierto estado mental anómalo o más bien un estudiado ardid para mostrar alteración psicopatológica  al objeto de evadir el peso de justicia en vistas a un próximo juicio en que alegar trastorno mental. Que todo lector, pues, proponga su hipótesis. Sea cual sea ésta, se evidencia que cualquier iniciativa sobre el seguimiento y supervisión periódica de la idoneidad mental de las madres en España en las custodias exclusivas a su cargo es un tema tabú al que nadie se atreve poner el cascabel, dándose por equilibrada al cien por cien de ellas, cuando esto es estadísticamente falso.

Siguiendo con el caso que nos ocupa y, por más señas, la primera de las denuncias fue presentada por María Sevilla en 2012, mismamente coincidiendo con el procedimiento en que se dirimía la custodia del menor, un proceder feminista «de libro», máxime en una alta carga tan asidua en divulgar estos atajos en cónclaves de aquelarre. Sevilla, además, mencionó que «la abuela del menor le había dicho que éste había asegurado que su padre le había introducido un dedo en el ano», otro truquito «de manual»: meter de por medio a la ancianita de turno que tanto adora a su nieto. Esta adobada denuncia consiguió su objetivo: detuvo en seco el juicio en que se dirimía la custodia del menor y provocó una orden de alejamiento instantánea contra el padre. Pero la misma fue archivada rápidamente por incoherencias constantes en los testimonios de Sevilla, de su madre (la abuelita) y del propio niño que «declaró como si se le hubiera hecho aprender un relato». El resultado de las tres denuncias encadenadas fue que el padre estuvo alejado de su hijo casi ocho años, soportando estoicamente una serie interminable de acusaciones de abuso hasta necesitar tratamiento psicoanalítico porque, con sus propias palabras, «ya no sabía ni quién era yo», según ha contado éste al diario El Mundo.

José R. Barrios