¿Quién no es consciente todavía de ese Gran Hermano que nos rodea, que nos vigila y condiciona hasta el milímetro de nuestra existencia, la dictadura del control  a la que ya se adelantó a contarnos Orwell en su “1984"?

 

Orwell, cuyo nombre real era Eric Arthur Blair, acertó en su pesadilla futurista, no en vano intentó combatir siempre cualquier tipo de totalitarismo. A pesar de ser socialista repudió siempre los regímenes comunistas de su tiempo. Rebelión en la Granja(1945) es una buena muestra de ello, donde queda caricaturizada la revolución rusa.

 

Eric formó parte de la policía Imperial India en tiempos del colonialismo inglés, hecho que le conduciría a una completa repulsión del colonialismo, y que plasmará en su obra “Los días de Birmania” y en distintos ensayos.

 

Fue un hombre siempre al borde de la pobreza, un idealista que afirmaba que había que morir luchando, comprometido con las causas sociales, aunque nunca llegó a formar parte de ninguna asociación o partido político en tiempos de paz.

 

En diciembre de 1936 llegó a Barcelona, movido por sus ideales, para combatir en la Guerra Civil Española contra el fascismo. 

 

Afirmaba que había que combatir por el socialismo y contra el fascismo, y se refería a combatirlo físicamente, con las armas en la mano. 

 

Así se alistó y fue asignado como miliciano al POUM, aunque más tarde escribiría que de haber comprendido mejor la situación política de España se habría unido como miliciano a la CNT. 

 

Combatió en Huesca y en Barcelona, en las Jornadas de Mayo de 1937, y tras volver al frente una bala le atravesó el cuello, lo que no bastó para que se rindiera, más bien al contrario, se alegró de ello: "Me alegro de haber recibido un balazo porque creo que a todos nos ocurrirá en un futuro cercano y me gusta saber que no es doloroso".

 

Sobrevivió de milagro a la guerra y pasó a la II Guerra Mundial en Inglaterra, esta vez contra los nazis.

 

Murió a los 46 años de tuberculosis, pasando los tres últimos en diversos hospitales.

 

Sus cartas y diarios confirman una gran lección de Orwell: la honradez, coherencia e inteligencia combativa que le impulsó a remar siempre contracorriente, aunque le fuera la vida en ello.