En este 12 de Octubre adquiere un sentido especial el término Hispanidad.

El patriotismo es algo más que un sentimiento. Es un deber. Nadie dudaría sobre la obligación de un padre a defender a sus hijos si la supervivencia de éstos estuviera amenazada, poniendo, incluso, en juego su propia vida. Eso es el patriotismo. El deber de asegurar a nuestra descendencia la conservación del patrimonio común, del legado histórico y cultural, y de nuestras formas de vida, de nuestra cosmovisión y costumbres; y, por tanto, así posibilitar nuestra convivencia en paz y libertad. Y, para ello, el patriotismo exige concordia, reconciliación y perdón, la superación de servilismos ideológicos y de enfrentamientos cainitas.

 

Recuerdo a mi padre y a mi abuelo materno. Mi padre tenía una visión conservadora de la vida. Había combatido en la Guerra Civil en el bando ganador. Mi abuelo era republicano, agnóstico, aunque de una bondad incuestionable. A mi abuelo, que no participó en la guerra, le fueron a buscar a su casa en el pueblo donde nací para darle “el paseo”. Le salvó la intermediación del entonces alcalde, falangista, que dio la cara por él y previamente le había avisado de que se fugara a la sierra hasta ver cómo se desarrollaban las cosas. Gracias a esa intermediación de un hombre bueno -el falangista- sobre otro hombre bueno -mi abuelo-, salvó la vida y nadie después le molestó. Murió de muerte natural. Pues bien, mi padre, guardia civil a mucha honra, y mi abuelo tuvieron una relación intensa, de gran compenetración, sin que su diferente manera de concebir la existencia interfiriera en el afecto mutuo que se profesaban.

Yo, a finales de los años setenta, empecé a militar en la Unión General de Trabajadores, y después en el Partido Socialista. En ambas organizaciones tuve, a nivel provincial, responsabilidades orgánicas y de representación política. Mi padre jamás puso una objeción ni se opuso a esta forma de ver las cosas que yo tenía en aquellos tiempos. Y nunca quiso contarme las vicisitudes de la guerra, aunque, bien es verdad, que yo nunca me interesé por ello. Lo mismo ocurrió con mi suegro, que, como mi padre, estuvieron en la parte que ganó la guerra y fue herido en el frente del Ebro. Yo veía como ellos conversaban sobre sus experiencias en aquel enfrentamiento fraticida, pero lo hacían casi cuchicheando, como intentando que aquellas confidencias se quedaran enclaustradas en esa relación y pasara a ser un episodio que había que olvidar y cerrar así el desván de los recuerdos luctuosos, dolorosos, desgarradores.

Décadas más tarde, una vez desaparecidos todos estos protagonistas familiares, empecé a asimilar todos estos detalles que en su día se me pasaron desapercibidos, rememorándolos. Y las sensaciones eran dicotómicas, contradictorias. Por un lado, yo tenía una impresión de frustración por no haberles sondeado sobre sus vivencias, experiencias y visión de aquellas épocas con olor a pólvora. Por otro, una satisfacción profunda por tener en mi familia a personas que supieron superar odios y enfrentamientos y encontrar un ámbito de reconciliación y empatía, una aceptación de un proceso que llevaría a una transición propiciada por el propio Régimen hacia un sistema democrático, de libertades y de convivencia. Jamás le oí a mi padre una expresión contraria a aquel proceso. Todo lo contrario. El lo deseó pues no le oí ni un solo lamento ni objeción a mi implicación a favor de aquel proceso. Lo mismo puedo decir de mi suegro. Y posiblemente ambos tendrían en su fuero interno algún tipo de resquemor sobre mi identificación ideológica.

 

Aunque hoy veo las cosas de diferente manera a entonces, me duele en el alma, en lo más profundo, que unos inconscientes, o irresponsables, o revanchistas, que no tienen ni idea de la realidad de las cosas o bien sí la tienen pero manipulan esa realidad con fines inconfesables, traten de confundir a la población profanando una tumba, levantando un cadáver sin respeto a la familia del muerto, y, también, ultrajando un recinto sagrado para los creyentes en la religión católica. Yo no entiendo la postura de la jerarquía católica, y a decir verdad pocas veces he logrado entenderla, pues actúa de forma camaleónica. Si comprendo la actitud del abad de la Basílica del Valle de los Caídos que hace lo que debe, tal como lo refleja en el escrito que me ha llegado remitido a la vicepresidente del Gobierno.

El espíritu revanchista, frentepopulista, que nos devuelve a las dos Españas, del Secretario General del Partido Socialista, me produce una fuerte convulsión interior, porque es todo menos responsable y nos devuelve al enfrentamiento entre españoles que ya había sido superado, y que posibilitó una Constitución que no nos gustaba a muchos pero que todos la aceptamos como marco de convivencia.

Las consecuencias de esto no pueden ser buenas.