Estimado Señor Director:

Últimamente parece haber cobrado interés el tema de la tenencia de armas y su relación eventual con la rigurosa exigencia, por nuestros jueces y tribunales, del requisito relativo a la necesidad racional del medio empleado para impedir o repeler una agresión, cuando se trata de estimar la concurrencia de legítima defensa como eximente completa de responsabilidad penal. Dejando para otro momento el análisis de esta última cuestión, por no tratarse de materia apta para todos los públicos, me gustaría destacar algunos aspectos relevantes sobre las cuestiones implicadas en el hecho de que los ciudadanos puedan tener o portar armas de fuego.

 

1.- La primera cuestión, ineludible, consiste en la necesidad de distinguir entre la tenencia de un arma de fuego y su porte o llevanza, cuestión en la cual los medios de comunicación que abordan el tema no han hecho demasiado hincapié; prefiero pensar que se debe a simple descuido, y no a la deliberada intención de confundir a la opinión pública. Como tirador federado, sólo puedo transportar mi arma de casa a la armería, o a una galería de tiro autorizada, en vehículo particular y descargada. Si la dejo en el coche para tomar un café, constituye abandono de arma; si la llevo conmigo, aún guardada en su caja y vacía, mientras tomo ese café, es tenencia en lugar público; en ambos casos, estaré sometido a las responsabilidades administrativas, y eventualmente penales, previstas para tales hechos y de cuya narración prescindo por motivos de espacio. Obviamente es ese porte o llevanza en lugares públicos lo que mayor peligrosidad puede revestir para la comunidad, y de ahí la trascendental necesidad de diferenciar su tratamiento.

 

2.- También he observado que, en el ideario colectivo, las escopetas de caza parecen considerarse menos peligrosas que las pistolas semiautomáticas. En caso de porte o llevanza efectivamente lo son, tanto por su facilidad de ocultamiento como por el mayor alcance de una bala respecto a las postas proyectadas por las escopetas. Sin embargo, tratándose de tenencia en el propio domicilio y de su eventual uso ante el allanamiento de un delincuente, la escopeta es un arma infinitamente más eficaz, al tiempo que mucho menos indicada para detener al intruso sin alcanzarle en una zona vital. La razón es evidente: lo que sale del cañón de una escopeta es una densa y veloz lluvia de perdigones, con la forma de un cono que se va ampliando a medida que aumenta la distancia; de este modo, y situados a menos de 10-12 metros, ni tan siquiera es preciso apuntar para alcanzar el objetivo; lo difícil será limitar ese alcance a una pierna, sin seccionar la femoral, o bien a un hombro, sin que parte de las postas perforen también el pecho.

 

3.- Varios representantes políticos se han apresurado a criticar unas tergiversadas declaraciones, para utilizar como coartada a las fuerzas de seguridad del Estado con la curiosa afirmación de que todos los ciudadanos, y ellos los primeros, confían en dichos cuerpos; de este modo parecen insinuar que los ciudadanos partidarios de regular más favorablemente la tenencia de armas de fuego, como medio para defender a su familia y en su domicilio, desconfían de aquellos, cosa que no tiene por qué ser cierta. Lo más curioso es que ninguno de los periodistas presentes, cuando se hacen afirmaciones semejantes, se aventure a preguntar al político de turno cuántos guardaespaldas, armados hasta los dientes, les están protegiendo exclusivamente a ellos, con los impuestos que pagan quienes han de conformarse con unas fuerzas de orden público espléndidas, sí, pero claramente insuficientes.

 

4.- La inmensa mayoría de nosotros confiamos en las fuerzas de orden público, ciertamente; incluso esos políticos que monopolizan parte de esas fuerzas para su protección personal y la de su familia. Pero si confiáramos también en la suficiencia cuantitativa de sus efectivos, y no sólo en su probada eficacia cualitativa, no proliferarían tanto las compañías privadas de seguridad. Porque aquí también, como en la enseñanza, la sanidad y tantos otros sectores, el ciudadano paga sus impuestos para luego tener que costearse la complementación de unos servicios que la Administración le presta de manera deficiente.

 

5.- Si todos confiamos en la suficiencia cuantitativa de los efectivos integrantes de las fuerzas de orden público, no se entiende bien que, ante la limitación de la tenencia de armas de fuego, los ciudadanos estén acudiendo a medios mucho más peligrosos para los demás y para ellos mismos, como esas especies especialmente agresivas de perros que tantos “accidentes” vienen produciendo. Personalmente vivo en una zona rural y practico carrera pedestre todos los días, habiendo tenido que dejar de ir con mi perra, de raza mestiza, después de varios incidentes con perros guardianes de fincas mal cerradas y de que un “Akita” casi la matara a mordiscos.

 

6.- Personalmente creo que la regulación actual de la tenencia de armas debería flexibilizarse para quienes las usamos en actividades deportivas, asegurándose al propio tiempo de que esa sea la finalidad realmente perseguida por el usuario. En cuanto a la eventual regulación de su tenencia (no llevanza), como medio para proteger a nuestra familia en nuestro domicilio, prefiero no manifestarme. Sin embargo me gustaría advertir que, como dicen en Estados Unidos, ”si la tenencia de armas es delito, sólo los delincuentes tendrán armas”, y que las estadísticas sobre muertes por arma de fuego son siempre tendencialmente engañosas: se incluyen los suicidios, como si el suicida no fuera a obtener idéntico resultado utilizando otros medios (de hecho, en los países nórdicos es donde mayores índices se alcanzan); también se incluyen las muertes causadas por las fuerzas de orden público en el legítimo cumplimiento de su deber. Lo que desde luego no se cuantifica son las muertes evitadas como consecuencia de allanamientos que no se llevan efectivamente a cabo, ante el temor de sus eventuales autores de que el anciano y físicamente desvalido ocupante esté armado.

Luis Miguel López Fernández