Se van... los llaman desde los luceros los viejos soldados de hierro. Quedan aún huecos en las filas y en las escuadras, aunque la lógica inexorable del tiempo casi las haya completado.

Se ha ido dulcemente, soñando, durmiendo... su vida se había ido apagando. En la noche, cuando brillan los luceros de la canción, Darío, César, Felipe, Serapio... debieron decidir bajar por él... a buscar al entrañable camarada. De la mayoría se despidió, entre la nieve, el lodo, el fuego y la sangre, hace casi 80 años.

-Te estábamos esperando, Luis. Nos faltaba el monaguillo.

Y es que fue improvisado monaguillo en el campamento alemán, en la Misa de la jura que le abrió la mayor aventura de su vida:

“No me marcho por las chicas
que las chicas guapas son
me marcho porque me llama
la Falange de las JONS”

 

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-¡Cómo impresionó a los alemanes el momento en que toda la División hizo rodilla en tierra en la Consagración!

Se ha marchado un buen amigo de tardes de charla en el Casino de Murcia, de rememorar el pasado viendo viejas fotografías, de encadenar anécdotas, de emocionarse con los recuerdos.

-Este chico de pelo ensortijado, Miralles, se mató en Orcha. A Darío le acertó una bala a mi lado... Este es Ramos, fui a comprarle una chaqueta cuando llegamos a Murcia desde Barcelona, desde el Semíramis.

Se ha ido Luis Romero Arenaza, profesor, jurista, presidente por estos lares de la Federación Española de Fútbol, casi vecino, Don Luis de la calle de atrás, Vieja Guardia de Falange, afiliado a ella desde los Estudiantes Católicos y, sobre todo, voluntario en la División Azul. Timbre de honor y de orgullo.
Tan voluntario que, al no entrar en el cupo, se tomó la comida en casa y dijo:

-Papá, voy a la estación a despedir a los camaradas...

Y en traje, sin camisa azul y sin cesta, se subió al tren para ir a combatir camuflado entre tantos amigos. Siempre hay hueco para los valientes. Y Luis partía con el recuerdo de su tío asesinado por los republicanos.
A la 2ª del 263. La compañía de asalto del Batallón. De Murcia a Valencia y de allí al infierno de Possad:

-Cómo dolían los pies. Andando hasta el frente desde Polonia. Encima iba a retaguardia, en plan vigilante y era el que menos paraba. Los de delante tan ricamente. Descansaban más mientras se reagrupaba la unidad y llegaban despistados y excursionistas.

Uno de los 30 ilesos de Posaad que se quedaron con García Rebull para cubrir la salida; pero alcanzado en las cercanías de Chevelevo.

-Un tiro me alcanzó en mi retaguardia... je, je, je. La de bromitas que aguanté. Salimos vivos de milagro, por eso todos los 7-8 de Diciembre acudíamos a una Misa y dejábamos unas flores a los pies de la Inmaculada.

Me acompañó cuando presentamos Soldados de Hierro, que es su historia y la de tantos de sus amigos y camaradas que recobraban la vida en sus páginas. Estaba su familia porque sabían que le iban a entregar su última condecoración, la del 70 aniversario de la División Azul. Cuando la tenía prendida se la quitó:

-Para que veáis lo que me importa...

Se la impuso a su nieto.

Luis Romero Arenaza era un hombre vital, enamorado de la vida, gran conversador. La última vez que le vi fue hace unos meses. A pesar de los achaques seguía siendo un jovenzuelo de corazón y mente. Aquel día fue su última misión. Me tenía que firmar una foto para alguien que en Rusia facilita los trabajos para recuperar los restos de nuestros caídos.

-Faltaría más... si eso ayuda.

Solo me queda ahora rezar, dejar cinco rosas simbólicas y gritar como una letanía:
¡Luis Romero Arenaza!
¡Presente!