El método que se está usando en España para liquidar el modelo natural de familia es cocinar una jurisprudencia según sexo, ningunear las políticas de ayuda a la familia, prohibir la mediación y cortocircuitar todo aquello que huela remotamente a conciliación.

Una vez en marcha una justicia injusta al albur de palmarias políticas de desigualdad según sexo, ello deriva inevitablemente en el enfrentamiento, en una creciente enemistad hombre-mujer. Si no lleva, en determinados casos, a la agresión física extrema. Ocurre que al transformar los sexos en enemigos irreconciliables, la tasa de natalidad cae en picado y la cultura de nuestro país, su misma idiosincrasia, comienza a ser fagocitada por otras culturas que llegan a modo de mano de obra, pero que también pronto entran en la rueda de las subvenciones y del voto amigo o «voto de género». Culturas cuya característica esencial es su firme determinación de conquista pacífica tan sólo en unos decenios y que paradójicamente están subvencionadas por la cultura que acabarán eliminando, la nuestra. Es como si pagásemos nuestro propio suicidio como nación. Sea como sea, de este modo van imponiendo su modelo de sociedad, una civilización absolutamente ajena a la nuestra, sobre todo por su fanatismo, crueldad, primitivismo y anacrónico papel de la mujer. De ahí que, una sociedad como la española, que ni tiene sentido de identidad, ni ve en la familia su modo de existencia y perpetuación, acosada además por trasnochados y mercantilistas nacionalismos que sólo persiguen el tanto por ciento de turno en comisiones de obra y servicios públicos sin que nadie les ponga coto, sin duda está condenada a desaparecer.

La tasa de natalidad (nacidos por cada mil habitantes) en España, durante el año 2016, según la nacionalidad de la madre, fue del 7,9 para madres españolas, y de un 16,8 en caso de madres extranjeras, esto es, el índice de natalidad de las madres no españolas es de un 212,6% más respecto a las nacionales (datos del INE). Por otra parte, la tasa de crecimiento demográfico del 2,5 constituye una frontera: por encima de ésta el crecimiento demográfico está garantizado, mientras que por debajo cualquier cultura está condenada a desaparecer. En España, dicha tasa se sitúa en el 1,1. Más de un millón de abortos al año, nulas políticas dirigidas a proteger la familia, encaminadas a favorecer la conciliación de la vida familiar y laboral, garantizan esta cifra. Por el contrario, los musulmanes que viven en España crecen al 8,1. En una generación, como mucho en dos, España se habrá musulmanizado. Los mismos pasos sigue Europa Occidental.

El Mundo (19/06/2019) apunta a una caída del 40,7 % de nacimientos en España en los últimos 10 años. Según datos del INE, España continúa perdiendo población año tras año debido a la reducción del número de nacimientos. La tasa bruta de natalidad también desciende y en 2018 se situó en 7,9 nacimientos por cada mil habitantes (5 décimas menos que el año anterior) debido, en parte, a la disminución del número de hijos por mujer y a la reducción del número de mujeres en edad de ser madres. Las cifras del INE muestran, además, que el número medio de hijos por mujer en 2018 fue del 1,25 – el valor más bajo desde 2002 y 6 centésimas menos que el año anterior–.

¿Quién mueve los hilos de la Ideología de Género? Esta es una pregunta con una respuesta clara y directa: altos poderes económicos de una cultura concreta que, empleando como arma estratégica las soflamas de un feminismo sectario revestido de populismo, están empeñados en provocar una transformación social a escala planetaria.

Tales poderes económicos nos conducen sin remedio a una sociedad sin familia, eliminarán las categorías hombre-mujer, como también, desde una sexualidad homogénea y residual, nos transformarán en seres asexuados, las necesidades de micro vivienda se multiplicarán para albergar una sociedad de autómatas con un pensamiento único, políticamente correcto. Trabajadores sin tiempo para el ocio que vivirán en colmenas, habitáculos sólo para dormir. Parece ciencia ficción, pero desgraciadamente estamos más cerca de eso que de retornar a la no tan lejana época de nuestras abuelas.

José R. Barrios