Uno de los puntos clave en el programa presentado por el candidato a la Presidencia del Gobierno Pedro Sánchez es el de la necesidad de acabar con la judicialización de la política. Eso, en su neolenguaje, significa hacer política al margen de la ley. Y ese tipo de política al margen de la ley consiste lisa y llanamente en eliminar todas las trabas que el Estado de Derecho pueda suponer para llevar a cabo el despedazamiento de España por los carroñeros secesionistas, en forma de "diálogo", esto es, de vergonzantes concesiones.
 
La politización de la justicia, desafortunadamente, es el verdadero problema, y el último paso que se requiere desde el poder ejecutivo y legislativo para consagrarla es recurrir a la retórica de que no es la justicia la que está politizada, como sucede desde muy atrás, sino que es la política la que está judicializada: inversión de los términos que revela la inversión de los valores.
 
Desde el PSOE ya se dijo una vez que Montesquieu estaba en nuestro país muerto y sepultado. Recordemos a Montesquieu, aquel francés, padre de la idea de la división del Poder en Legislativo (derivado del voto de los ciudadanos y que legisla, esto es, hace las leyes), Ejecutivo (encargado de ejecutar las políticas públicas acorde al mandato de las leyes) y Judicial (que juzga de acuerdo con las leyes, pero es, asimismo, responsable de velar por la responsabilidad, valga la redundancia, de los otros poderes de ceñirse a su papel dentro del marco jurídico vertebrador del Estado, que en nuestro caso es la Constitución de 1978, y que da sentido a la denominación del Estado como Estado de Derecho).
 
Siempre se ha incidido en la importancia fundamental de la independencia del poder judicial, pues para los otros dos poderes, a través de mayorías en el Legislativo formadas por los mismos partidos que toman las riendas del Ejecutivo, es factible actuar al unísono y establecer una tiranía.
 
Sólo el Poder Judicial puede hacer de parapeto frente a los excesos de la conjunción de los otros dos poderes. Tomando este último bastión, el del Derecho, desaparece todo freno a la voluntad del gobernante. 
 
Sánchez ha hablado algo y claro, pero tenemos que saber leer entre las líneas de su discurso inclusivo y neolingüístico honoris causa por la Universidad de la Agitación y Propaganda: el espíritu de las leyes de Montesquieu, ése que según el propio Montesquieu debía ser correctamente interpretado según la intención recta del legislador, no ha sobrevivido a Montesquieu en nuestro país; ha muerto con él, con Montesquieu....y con nuestro país.
 
Esperemos que, en esta nuestra Patria Católica, resucite al tercer día, y envíe a latigazos a los traidores lejos del Templo de la Justicia.