El consenso mundialista -ese acuerdo tácito entre los contravalores de la izquierda y el modelo económico de la derecha- suele plantear sus luchas ideológicas desde el maniqueísmo.

Si suscribes sus tesis sin rechistar, eres de los buenos. Pero, si osas a contradecir alguno de sus dogmas. Incluso si te limitas a plantear alguna objeción leve a sus tesis, eres de los malos.

Una técnica muy útil para descalificar al rival, arrinconarlo como a un indeseable y deslegitimarlo políticamente.

Lo hacen constantemente. Si crees que la familia es una célula básica para la sociedad y defiendes que sólo la unión de un hombre y una mujer debe ser aceptada como matrimonio, eres tildado de homófobo, odias a los homosexuales y eres responsable de las agresiones que algún miembro de este colectivo pueda sufrir.

Si deslizas que las leyes contra la violencia de género se han demostrado ineficaces para combatir la violencia doméstica y denuncias el carácter ideológico y sectario que las inspira, eres un machista, un misógino, un retrógrado y, cómo no, responsable de cualquier agresión que sufra una mujer con cualquier motivo.

Y, si te niegas a aceptar la tesis del globalismo de que las fronteras deben estar abiertas a la inmigración descontrolada, eres un racista inhumano, incapaz de sentir compasión por las personas que mueren en su afán por alcanzar una vida mejor.

Hoy conocíamos la tragedia -una más- de un grupo numeroso de inmigrantes que ha muerto en su intento de alcanzar las costas de Canarias desde Mauritania. El consenso mundialista tratará de hacernos creer que su muerte es culpa de quienes queremos que se controle la inmigración. Aprovecharán esta noticia horrible para señalarnos como a bestias egoístas que disfrutan con el sufrimiento ajeno.

No lo aceptéis. Es justo al revés. Si a alguien se le puede imputar la responsabilidad de estas muertes es precisamente a quienes invitan a estos inmigrantes a jugarse la vida en una patera. Con la solidaridad como eslogan, sí; pero con el objetivo evidente de incorporar mano de obra barata al mercado laboral europeo.

Algunos de los dirigentes políticos que tratarán de descalificarnos aprovechando esta tragedia impulsaron en su día las intervenciones militares y las políticas económicas de rapiña que han hecho de amplias zonas del mundo lugares inhabitables. Ellos son los culpables de estas muertes. No nosotros. 

Nada ayuda a los países del tercer mundo el que sus jóvenes abandonen por millares el lugar donde nacieron. No les ayuda a ellos y genera no pocos conflictos en los países de destino. Las ayudas deben darse en origen, precisamente para que no se vean obligados a emigrar y miles de ellos sean víctimas de las mafias, mueran en el mar o hacinados en camiones. Ayudas cuya efectividad debe ser controlada rigurosamente por las organizaciones y los países donantes para evitar que se pierda por el camino.

La izquierda y las ONGs abanderaron en los años 90 intensas campañas y movilizaciones para que los gobiernos de los países desarrollados destinasen el 0’7 % de sus presupuestos a ayuda al tercer mundo. Aquello tenía todo el sentido. Desde luego mucho más que la actual invitación a trasladarse masivamente desde los países del tercer mundo a los países ricos.

La izquierda abandonó esa lucha, como tantas otras, para sumarse al consenso mundialista. Las élites económicas sonríen y les agradecen la colaboración mientras demonizan a quienes lo denunciamos.

No te dejes avasallar. Mienten. Ellos no tienen el monopolio de la solidaridad y los buenos sentimientos.