Anteayer domingo sufrimos los españoles las cuartas Elecciones Generales en cuatro años y aunque los resultados vuelven a ser desoladores (el PSOE vuelve a ser el partido más votado y casi con certeza volverá a formar gobierno –aunque no se sabe cómo–; los partidos marxistas han obtenido el 48,9% de los votos; los partidos independentistas y terroristas todavía reciben 2,4 millones de votos, etc) hay un par de buenas noticias y, sobre todo, motivos fundados para la esperanza.

La primera gran noticia, muy por encima de todas las demás, es la consolidación definitiva de Vox, el único partido que de verdad defiende a España y a la totalidad de los españoles. Más de tres millones y medio de electores, prácticamente uno de cada seis, a los que nos han insultado, difamado y vilipendiado (fascistas, racistas, homófobos, misóginos, populistas, mentirosos, eurofobos, etc.), hemos tenido el coraje de votar en conciencia y decir basta a la tiranía progre, al pensamiento único, a la corrección política y a toda la basura que nos han estado embutiendo en el cerebro durante los últimos cuarenta años. Y habríamos sido muchos más, seguro, si no fuera por la campaña del “voto útil” del PP, por el voto del miedo, que probablemente ha vuelto a funcionar –aunque ya poco, afortunadamente, y seguro que por última vez– entre los votantes más mayores, con mayor aversión al riesgo, y entre los votantes más cobardes y más egoístas que votan solo y exclusivamente con la cartera y, como no, por el bombardeo de mentiras y tergiversaciones por parte de los medios de difamación abundantemente pagados por las fuerzas del mal.

En las tres comunidades autónomas en las que se gobierna con el apoyo de Vox (Andalucía, Madrid y Murcia), en las que por lo tanto conocen de primera mano para qué sirve Vox, el aumento ha sido espectacular: Vox ha obtenido en la suma de esas tres CC.AA. el 20,2% de los votos (uno de cada cinco) frente al 14,0% de abril, lo que supone un aumento del 44,3%. De igual modo, si nos fijamos en la España no carcomida por el nacionalismo (esto es, excluyendo Cataluña, Vascongadas, Galicia y Navarra), en la que hoy por hoy es la “verdadera España”, Vox ha obtenido el 18,5% de los votos frente al 12,7% que obtuvo en abril, un 45,7% de aumento.

Pero no solo es una cuestión de números, la imparable irrupción de Vox es mucho más trascendental que los simples porcentajes, pues Vox se ha convertido, probablemente, en el único partido verdaderamente ‘transversal’ (palabra que tanto gusta ahora): tiene afiliados y simpatizantes en el medio urbano y en el rural, en la “España vaciada” y en las grandes ciudades, entre los jóvenes (muchísimos) y entre los mayores, entre los ricos y entre los que no lo son, entre los obreros y entre los patronos, entre los creyentes y entre los agnósticos. Vox no es un partido de clase, por supuesto, pero ni siquiera es un partido de un grupo concreto. Es algo nuevo, que no se ha conocido en los 40 años de cleptocracia, y por lo tanto ilusionante y sumamente esperanzador. Con sus 52 diputados y 3 senadores (incluido el que ya tenía por designación autonómica) está en condiciones de parar ante el Tribunal Constitucional cualquiera de las leyes liberticidas, totalitarias y anticonstitucionales que tanto le gustan a Sánchez, empezando por la Ley de Mentira Histórica, por lo que se ha convertido en un dique imprescindible para contener la dictadura progre que nos tiene esclavizados.

La otra buena noticia es el mayor peso de los partidos conservadores, los que el lenguaje convencional califica “de derechas” (mucho me cuesta llamar al PP “de derechas” con sus posiciones en cuanto a la defensa de la Vida, de la Familia, de la libertad religiosa, de la ideología de género y tantas otras). Sin considerar a la extinta Cs (que no se sabía lo que era -ahora ya se sabe: no es nada-, y que como el pez Payaso -Amphiprion ocellari- cambia de sexo a voluntad) la suma de “las derechas” (PP+Vox) ha pasado de 7,1 millones de votos (27,1%) a 8,8 millones (35,9%) y de 92 diputados a 142, mucho más cerca de los partidos marxistas de ámbito nacional (PSOE, Unidas Potamos y Más Pis), que han bajado de 166 a 162 diputados, reduciéndose significativamente la diferencia, aunque todavía nos queda la lacra de los 34 escaños (10% del total) entregados por la maldita Ley Electoral que padecemos a independentistas y terroristas que solo los usan para hacer daño a España y destruir la convivencia y que, como se ha comprobado una y otra vez, siempre están a disposición de la izquierda cuando los necesitan.

¿Y ahora qué?

En España existen dos únicas experiencias de “nuevos partidos” (Potemos y Cs) que hayan aparecido para amenazar, o al menos perturbar, el demoledor sistema bipartidista que con su placentera alternancia en el poder nos han mangoneado (y mangado) a discreción en las últimas décadas y que nos ha llevado a la deplorable situación en que nos encontramos. Las dos han sido experiencias fallidas: de los 71 diputados de Potemos en 2016 a los 35 de Unidas Potamos hoy (y bajando de modo continuado y sostenido) y de los 57 diputados de Cs en abril a los 10 de hoy (y probablemente cero si se repitieran las elecciones mañana). A Vox no le debe pasar eso, por el bien de España, de nuestros hijos y de nuestros nietos, pero si no hacen las cosas bien les pasará. Y, probablemente, esta sea la última oportunidad para tener en España una fuerza política patriótica, éticamente solvente y que defienda la verdadera libertad de la persona y la justicia social. Si Vox no hace las cosas como es debido, y fracasa, me temo que España se dirige irremediablemente al abismo, en uno de esos episodios de autodestrucción colectiva que desgraciadamente ya hemos vivido (1898, 1931, etc) y que hemos salvado ‘in extremis’.

Vox debe mantenerse anclado en sus ‘puntos fijos’, los que no tienen matices ni admiten negociación, en la propuesta recogida en los “100 principios para una España Viva”, trabajando para convencer a más y más españoles de que eso, y no otra cosa, es lo que necesita España para progresar en libertad y en concordia, defendiendo la herencia que nos dejaron nuestros antepasados y ofreciendo a nuestros descendientes una nación mejor que la que nos hemos encontrado (lo que por otra parte no es muy difícil). Si entra en la dinámica perversa y falaz de modificar su discurso en función de los sondeos de opinión, para conseguir más votos, con esa fórmula diabólica resumida en la conocida frase de “estos son mis principios y si no le gustan tengo otros” acabará, como todos, engullidos por el sistema y desaparecido. Debemos seguir siendo valientes y carecer de vergüenza para seguir defendiendo lo que pensamos y lo que queremos para España digan lo que digan los voceros del pensamiento único y sea cual sea el resultado de las futuras citas electorales. Vox ofrece un menú, el que contiene los ingredientes que sirven para recuperar la España que durante largos periodos de la historia (y alguno no tan lejano) ha sido luz del mundo y modelo a imitar para muchos; al que no le guste que no lo compre, y a seguir insistiendo hasta que lo compre. Únicamente, y es un pequeño matiz en la amplia panoplia de medidas que propone, debe profundizar en el aspecto social de su política económica (“ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan”) alejándose de liberalismos radicales en lo económico que, aunque algunos no se han enterado, están obsoletos por ser socialmente injustos.

A la vez, debe construir una organización que soporte con eficacia el peso que ha adquirido y que, en su momento, le sirva para gobernar. Debe aumentar su implantación territorial, entrando en áreas geográficas en las que todavía su presencia es testimonial (Galicia, Vascongadas, Cataluña, Navarra, Rioja, etc); debe reforzar la cabeza de la organización, que ahora descansa en no más de media docena de personas, muy brillantes y muy meritorias pero que no pueden soportar solas toda la carga; debe “auditar” a todos y cada uno de sus cuadros y de sus cargos electos, para asegurarse que verdaderamente comparten los principios de la formación, que son íntegros y honestos hasta la médula y que han venido a servir, no a servirse; debe preparar un banquillo solvente de futuros candidatos, altos cargos y, por supuesto, ministros; debe formar a todas esas personas, no en técnicas de mercadotecnia o de comunicación, sino en los principios que conforman la visión de España y de la sociedad que defiende Vox, de modo que no sean solo un grupo, más o menos grande, de personas hartas de lo que está pasando con nuestra Patria; debe ganarse a las “fuerzas vivas” de la sociedad civil (organizaciones empresariales, grandes empresarios, Iglesia, sindicatos, asociaciones profesionales, etc.) que todavía les miran con recelo y han comprado la mentira de que son una especie de monstruos fascistas y reaccionarios; debe crear un mecanismo sólido de control interno (equivalente a lo que en las empresas se llama auditoría interna y departamentos de cumplimiento) para detectar y erradicar cualquier comportamiento fraudulento o no ético; y, lo más importante, debe trabajar para conseguir disponer de una plataforma de medios de comunicación (incluyendo TV y radio, no solo medios digitales y redes sociales) potente que, si no los apoya, al menos no los insulta y no tergiversa sus mensajes.

Vox no debe tener urgencia por entrar en los gobiernos, al nivel que sea. El día que entre a gobernar debe ser con la autoridad suficiente para poner en marcha las medidas de su programa, no simplemente para figurar, aparecer en la foto y repartir entre algunos de sus militantes unas cuantas poltronas. Hasta entonces, y como está haciendo, debe ser firme con los que gobiernan con su apoyo, no regalar nada y defender a capa y espada el mandato de sus votantes. Tampoco debe recrearse en el éxito, pensando que con 3,6 millones de votos ya les conoce toda España, deben seguir haciendo kilómetros, visitando pueblos y ciudades, escuchando a los españoles y transmitiendo su mensaje. Se ha avanzado mucho, pero también queda mucho por hacer.

No creo que el gobierno que salga de estas elecciones, sea cual sea la fórmula que elija Sánchez para ser investido, aguante más de un par de años, y menos con el horizonte económico que estamos viendo. No es mucho tiempo, hay que actuar con diligencia, pero si se hace lo correcto se estará en condiciones de formar gobierno en dos, cuatro o seis años y entonces si podremos decir que EN ESPAÑA EMPIEZA A AMANECER.