A veces yo también quiero morir con dignidad. Cuando observo a los políticos manipular groseramente los sentimientos de personas a las que abandonaron al cuidado de sus exhaustos familiares, para aprobar una “Ley de punto final”.

Cuando veo que somos un país rico, cuya sociedad exige ayuda económica para cualquiera que tenga la capacidad física suficiente para saltar por encima de las leyes y de las concertinas, pero carente de los medios necesarios para evitar que un enfermo sufra menos por su propia afección que por sentirse una terrible carga para sus seres más queridos.

Cuando veo que la decisión sobre la vida o la muerte de los pacientes cuya capacidad de entender y querer ha sido gravemente afectada por su enfermedad, van a quedar en manos de quienes tienen esa capacidad igualmente afectada, por el tiempo que llevan soportando esa carga en solitario.

Cuando me doy cuenta de que eliminar a un enfermo crónico es infinitamente más barato que proporcionarle estímulos para seguir viviendo. Cuando veo que Stephen Hawking, gravísimamente incapacitado, no quería morir, y que Christopher Reeve tampoco pidió la muerte, pero Ramón San Pedro, sí lo hizo; y cuando percibo las sutiles diferencias entre esos casos: atención social y capacidad económica, frente a olvido, abandono y pobreza.

Cuando veo que la película sobre el pobre San Pedro se hizo después, y no antes de que se produjera su muerte; y que se hizo para enfatizar el derecho a que sea auxiliado para morir aquél a quien no ayudamos a desear la vida.

Cuando veo cómo se anestesian las conciencias aceptando que se denomine “interrupción del embarazo” o “derecho a la muerte digna”, a realidades que en tiempos mejores recibirían otras denominaciones. Cuando percibo que, a este paso, los afectados de depresión ya pueden ir eligiendo entre gas o aguja, ya que el sufrimiento psicológico ha de merecer la misma dignidad que el físico.

Cuando tomo conciencia de que los ancianos comenzarán a sentir terror ante el ingreso en un centro hospitalario, al saber que si pierden el conocimiento pueden quedar a merced de una decisión de sus familiares, que a su vez se verá determinada por el informe del médico (los médicos, como los curas, pueden ser buenos o malos, y ya está bien de corrección política).

Cuando observo que, como escribió García Serrano el otro día, yo también soy una persona nacida en un tiempo con cuyos valores no me identifico, sin posibilidad alguna de cambiar de tiempo a costa del contribuyente. Algunos dirán: ¡pues muérete ya y deja de molestar!, y lo comprendo; pero que se consuelen pensando que una parte muy importante de mí ya murió durante los dos últimos años de mi madre, afectada por el Alzheimer; siendo yo hijo único, trabajando, y tratando de terminar mi tesis doctoral; sin dar la murga a nadie sobre las dificultades que tuve que vencer para conciliar esas facetas, pero también sin obtener ninguna ayuda pública (era ya el año 93, no tuvo la culpa Franco).

Fallé muchas veces, pero en líneas muy generales cumplí; en muy menor medida de la que ella lo hizo conmigo, y por eso me arrepiento. Pero creo que me sentiría mucho peor si, cuando no me conocía, no controlaba sus esfínteres y ni siquiera recordaba cómo tragar la comida, yo hubiera consentido la “interrupción de su existencia”.

La muerte sólo es digna cuando nos acomete después de haber vivido con dignidad, y para eso hay que ofrecerla muchas veces en beneficio de otros; mi madre lo hizo por mí, y por eso murió dignamente.

Luis Miguel López Fernández