Observen ustedes cómo siempre que el Mare Nostrum y los telediarios se llenan de inmigrantes ilegales, los gacetilleros de la corrección política y demás tontos de la pomada progre le hurtan el adjetivo “ilegal” para matizar la narración de la cotidiana invasión con ese humanismo laico, tan propio de la ganadería del Padre Ángel y de sus cómplices bien cebados de la farándula, del periodismo analfabeto, del bobo “biempensante”, del político zángano, del sindicalista más preocupado por los trabajadores de Mongolia Exterior que por sus compatriotas, y de todos los gremios que se flagelan con el autoodio a nuestro modus vivendi desde la mullida comodidad, eso sí, de sus plácidas, ordenadas y rentables vidas de europeos occidentales.

No son los inmigrantes ilegales los que navegan a la deriva en el Mediterráneo, es la vieja y estúpida Europa la que va a la deriva desde que se quedó varada y sin Misión (sí, con mayúscula) desde que allá por 1945 regaló su primogenitura política y cultural entregándose, como las esclavas de Atila, a USA y a la URSS. Y en la derrota de esa deriva europea en la que no hay ni timón ni timonel, en la que no hay brújula ni cuaderno de bitácora, y en la que en el puente de mando no hay almirantes, sino furrieles sin objetivos estratégicos ni planteamientos tácticos, es en la que navegan los barcos de la invasión con sus tripulaciones piratas, asistidas por la flota corsaria de George Soros que, al cobijo de una falsa piedad y al amparo de un “humanismo” sensiblero y superficial, vulneran todas las leyes y violan todas las fronteras para borrar la identidad y el equilibrio demográfico de las agonizantes naciones europeas. Esa es la misión del Open Arms, y la cumplen a velas y banderas desplegadas y a plena luz del día, porque la vieja, decadente y estúpida Europa tiró por la borda su Misión como se arroja lastre al mar en medio de la galerna.