Una mujer a la que conozco, reconocida izquierdista, me dijo que, de convocarse nuevas elecciones, no iría a votar. Indagué un poco más, ilusionado con que su afirmación fuera cierta, pero finalmente admitió que votaría, para frenar el auge de la derecha. Jamás traté de convencerla de que sus ideas estaban profundamente enraizadas en sus sentimientos y emociones viscerales más que en un análisis sosegado de las cuestiones políticas, económicas y sociales. Intentarlo hubiera supuesto una confrontación que no me convenía, y que a ella no le convencería. Pero continuando la conversación, al sonsacarle porque creía que las abstenciones se atribuían más a la izquierda que a la derecha, me dijo algo que debí haber previsto: la gente de izquierdas es más crítica, de ahí que haya en sus seno más divergencia de opiniones y valores, mientras que las personas de derechas son de algún modo predecibles intelectualmente, agarrados a dogmas, y que por ello votan a su opción política sin previa reflexión, como hooligans borregos.

Pero mi conocida erraba el tiro. Añadió a la supuesta "superioridad moral" de la izquierda una supuesta "superioridad intelectual".  Impermeable a las realidades, movida por emociones, creía además que su intelecto era más fino. Pero creo que podemos muy bien explicar en qué se basa para creer en su superioridad moral e intelectual y, francamente, eso no deja en buen lugar a la izquierda en ninguna de las dos esferas.  

El buenismo está en la base de la supuesta superioridad moral, ese buenismo que ignora por completo nuestra naturaleza social, que no es ni buena ni mala, sino simplemente egoísta y grupal. Cuando uno forma parte de un grupo los demás son los rivales, esto es, los malos, simplemente por competir con nuestro grupo. Y dentro de nuestro grupo buscamos nuestro interés, si bien lo podemos siempre disfrazar de bien común. Así que la blandenguería derivada del buenismo hace a la sociedad más débil, más caótica, menos segura y, por supuesto, menos fiable para poder realizar en ella transacciones e intercambios de toda índole. La desconfianza total es el resultado práctico de la aplicación del buenismo ateórico a las políticas.

Y la crítica, sí, la crítica, es verdaderamente uno de los fundamentos de la izquierda. El mundo está muy mal, pero ellos lo van a arreglar. Se critica todo lo que se quiere derribar para empezar de cero, se critica hipertrofiando el objeto de su crítica para mejor atacarlo, para promover todo tipo de revoluciones y revueltas, o de "cambios" y "avances". Dista mucho esta crítica de lo que podría considerarse "pensamiento crítico", pues es más un lamento, a veces plañidero, para la toma del poder y la destrucción radical. El pensamiento crítico no bebe de las mismas fuentes que la crítica de izquierdas: esta bebe de las que mana el llanto real o impostado de los grupos que pugnan por hacerse con el poder. El pensamiento crítico, en cambio, bebe de la fuente de la sabiduría, que es, como cabría esperar, aquella de la que mana el conocimiento humano, tanto el representado por milenios de pensamiento racional y científico, como el  que tienen en su seno las instituciones, religiosas o populares, pero también milenarias, cuyos ritos y costumbres constituyen una cultura (entendida en un sentido antropológico y existencial) sobre la que se puede construir una identidad y de la que se puede extraer un sentido.

No se puede negar que tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político hay emociones y sentimientos que son cimiento de las actitudes, creencias, opiniones, ideas y comportamientos de las personas. Pero la piedra de toque debe de ser siempre la realidad. Sin ella todo razonamiento que uno haga es pura racionalización a posteriori de un dogma asumido acríticamente.

Demóstenes